Capítulo 10
La ola de calor había llegado a Sevilla a finales de abril y decidió quedarse a vivir.
A las once de la mañana ya hacía temperatura de freír croquetas en el capó de un coche y hasta mi padre, que llevaba media vida diciendo que “el calor sevillano se exagera mucho”, empezó a quejarse mientras regaba las plantas del jardín.
El club abrió la piscina unas semanas antes de lo previsto porque media urbanización estaba a punto de entrar en combustión espontánea. Aquello provocó una alegría colectiva bastante vergonzosa entre los vecinos, que se lanzaron a las hamacas como si acabaran de descubrir el agua.
Yo llevaba toda la mañana tumbada al sol junto a Rubén y Quique, con gafas oscuras, bikini negro y una botella de agua helada pegada a la frente.
—No puedo más —murmuró Rubén desde la hamaca de al lado—. Estoy sudando zonas que ni sabía que existían.
—Eso es porque llevas veinte minutos dramatizando en vez de meterte en la piscina.
—El agua está fría.
—Estamos a cuarenta grados.
—A cualquier cosa le llaman un tío —suspiró Quique.
—Ya saltó Rambo…
Rubén soltó una carcajada antes de girarse hacia mí.
—Por cierto, viene Samuel ahora.
—Perfecto.
—Y Gonzalo también.
Me quité las gafas despacio.
—Qué ilusión.
—Compórtate.
—Yo siempre me comporto.
Los dos me miraron exactamente igual.
—Vale —admití—. Casi siempre.
Quique seguía tumbado boca arriba con un brazo sobre la cara.
—Marina, por favor, hoy no le tires nada encima a nadie. Bastante tengo yo con sobrevivir al calor y a mi vida sentimental.
—Tu vida sentimental empezó hace doce minutos.
—Y ya estoy sufriendo.
Rubén empezó a reírse otra vez.
Porque sí, después de la Feria, Quique y Álvaro llevaban unos días escribiéndose y aquello tenía a nuestro amigo completamente trastornado. El hombre que llevaba años vacilando a todo ser humano con pulso ahora tardaba media hora en responder mensajes porque no quería parecer intenso.
Patético.
Maravilloso también.
Los vimos llegar pocos minutos después.
Samuel apareció cargado con una bolsa térmica y Gonzalo detrás, con bañador azul oscuro, camiseta blanca y gafas de sol.
Y madre mía.
El calor no estaba ayudando nada a mi estabilidad emocional.
Porque Gonzalo tenía el pelo todavía húmedo de la ducha, los hombros marcados bajo la camiseta y esa cara de hombre descansado que debería estar prohibida por ley en Andalucía durante los meses de verano.
Qué barbaridad de tío bueno.
Samuel vino directo hacia Rubén para besarlo sin vergüenza ninguna antes de dejar las cosas sobre una mesa.
—Traemos hielo, cerveza y sandía. Somos prácticamente héroes.
—Yo ya era feliz solo con la sandía —contestó Quique incorporándose por fin.
Gonzalo me saludó con un gesto de cabeza mientras dejaba una toalla junto a la hamaca libre.
—Marina.
—Gonzalo.
Y ahí se quedó el asunto.
Más o menos.
Porque cinco minutos después ya lo tenía delante, de pie junto a mi hamaca.
—¿Qué tal la rodilla?
Rubén levantó la cabeza al instante.
—¿Qué rodilla?
Maldita sea.
Yo miré a Gonzalo con ganas de estrangularlo mentalmente.
Él carraspeó un poco.
Traidor.
Quique se quitó las gafas.
—¿Qué ha pasado con tu rodilla? Quítate la toalla de encima.
—Nada.
—Y una mierda que nada.
—De verdad, no fue nada.
Rubén ya estaba incorporándose.
—¿Qué ocurrió esa noche cuando te perdimos de vista? ¿Te caíste?
Fantástico.
No quería contar aquello porque sabía perfectamente cómo iban a ponerse los tres. Sobre todo Quique. Pero también entendía que esconderlo era absurdo porque llevaba dos días caminando raro y tenía el raspón medio tapado con maquillaje corporal.
Así que terminé suspirando.
—Me separé del grupo, perdí de vista a todo el mundo y me fui hacia la salida para buscar un taxi.
—¿Sola? —saltó Quique.
—Pues sí, hijo, porque alguien estaba muy ocupado ligando con un fotógrafo.
—¡No estaba ligando!
Todos lo miramos.
—Vale —corrigió—. Igual un poco sí.
Samuel empezó a reírse mientras Gonzalo se sentaba en el borde de la hamaca vecina.
Yo seguí hablando.
—Total, que me metí por una calle nada transitada y dos tíos empezaron a seguirme.
Las caras cambiaron de golpe.
Rubén dejó la cerveza sobre la mesa.
—¿Cómo que a seguirte?
—No pasó nada grave —me apresuré a decir—. Bueno, sí pasó, pero al final no pasó.
—Marina, estás explicando fatal esto —protestó Quique.
—Porque sigo viva, relájate.
—No me voy a relajar.
—Pues hidrátate, entonces.
Gonzalo volvió a carraspear justo ahí.
Samuel giró la cabeza despacio hacia su hermano.
—Un momento.
Rubén también lo pilló al vuelo.
—¿Tú estabas allí?
Yo miré al agua de la piscina.
Traición absoluta.
Gonzalo apoyó los antebrazos sobre las rodillas.
—La vi salir sola de la Feria y fui detrás porque iba perdida. Después aparecieron esos dos.
Quique se quedó blanco.
Literalmente blanco.
—¿La siguieron de verdad? Cielo santo…
—Sí.
—¿Y pudiste intervenir?
—Sí, gritando y corriendo hacia ellos. Tampoco dio para mucho más. Se dieron a la fuga.
Durante unos segundos nadie dijo nada.
No porque quedara dramático.
Porque los cuatro imaginamos exactamente lo mal que podría haber terminado aquello.
Quique fue el primero en reaccionar. Se pasó una mano por la cara y negó con la cabeza varias veces.
—Joder.
—Quique… —empecé.
—No, no. Joder, Marina. ¿Cómo te perdimos de vista?
—Porque íbamos todos hasta arriba de rebujito.
—Me da igual. Yo tendría que haber estado pendiente.
—Tío, estabas pendiente de Álvaro y de tu despertar emocional —dijo Rubén.
—Rubén, esto no tiene gracia.
—Ya, a ver si te crees que no me siento culpable, pero tendremos que quitarle algo de hierro para que no nos hierva la sangre en las venas.
Les miré a todos con cariño.
—Estáis fatal.
—Sobre todo yo. Soy militar. Esto es humillante.
—Quique, esto es que te gustaba un niño y te distrajiste —opiné lanzándole un beso.
—Un hombre —protestó—. Álvaro es un hombre hecho y derecho.
Rubén empezó a picarle hasta sacarle la risa.
Incluso Gonzalo terminó sonriendo.
Y ahí fue cuando Quique se giró hacia él.
—Oye, tú —le dijo con seriedad.
Gonzalo levantó la vista.
—¿Me vas a disparar o algo?
—No, que gracias.
Lo dijo sin bromas esta vez.
De verdad.
—No tienes que darme las gracias —contestó Gonzalo.
—Sí tengo. Porque yo tendría que haber estado pendiente y no lo estuve.
—Quique, ya está bien…
—Déjame terminar, Marina.
Se incorporó del todo y señaló a Gonzalo con una seriedad bastante rara en él.
—Gracias por no dejarla sola.
Gonzalo sostuvo la mirada un segundo antes de asentir.
—No iba a hacerlo.
Pues nada.
Estupendo.
Mi estabilidad emocional derritiéndose otra vez junto a la piscina.
Perfecto todo.
Rubén se percató y enseguida se levantó de golpe.
—Bueno. Basta ya de dramas. Hace un calor infernal y tengo una piscina delante.
Y dicho eso, me agarró por los tobillos y me arrastró hacia el borde antes de tirarme al agua vestida solo con mi dignidad.
El grito que pegué se escuchó probablemente en media Sevilla.
—¡Rubén!
Él se moría de risa desde fuera mientras yo salía empapada intentando ahogarlo.
Samuel terminó saltando detrás, Quique hizo lo mismo para “restablecer el orden militar” y, pocos segundos después, Gonzalo también acabó dentro porque Rubén decidió que nadie merecía permanecer seco.
Y así terminó todo.
Con agua por todas partes, gritos, calor, Quique intentando hundir a Álvaro en cuanto apareció por el club y yo mirando a Gonzalo desde el borde de la piscina mientras él se apartaba el pelo mojado hacia atrás.
Y maldita fuera mi suerte.
Porque seguía pareciéndome guapísimo incluso después de salvarme la vida y de acabar empapado por culpa de mi primo.