Un error de lo más adictivo Capítulo 9
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Capítulo 9

Al salir de los cacharritos, todo empezó a mezclarse un poco.

No porque estuviera mal. Al contrario. Me lo estaba pasando tan bien que me dejé llevar de caseta en caseta, de risa en risa, de canción en canción, hasta que perdí de vista a Rubén, a Samuel, a Quique, a Álvaro y a todo el grupo sin darme cuenta.

Al principio pensé que estarían apenas unos metros más allá, en la barra o en la puerta, pero cuando me giré con el vestido rojo recogido en una mano y la flor algo suelta en el pelo, solo vi gente.

Muchísima gente. Trajes de flamenca, sombreros, vasos de plástico, grupos que entraban y salían, música que llegaba de todas partes y ese cansancio de madrugada que empezaba a pesarme en las ojos.

Busqué mi bolsito por puro reflejo.

Y entonces recordé que no lo llevaba.

Se lo había dado a Quique antes de subir al barco vikingo porque me molestaba con los volantes del vestido y él, con esa seriedad suya de teniente responsable durante cuatro segundos, me aseguró que lo guardaba “con su vida”.

Mi móvil, las llaves, la tarjeta, el dinero.

Todo estaba en aquel bolso diminuto que ahora debía de seguir con Quique, salvo que Quique estuviera ya declarando amor eterno a Álvaro junto a una barra y hubiera perdido hasta el nombre.

Miré alrededor otra vez.

Nada.

—Genial, Marina —murmuré—. Maravilloso todo.

Lo lógico era pedir ayuda a alguien. Pero llevaba demasiado rebujito, los pies me dolían una barbaridad y la idea de atravesar otra vez aquel río de gente me pareció una penitencia.

Pensé en salir hacia la zona de taxis, encontrar uno y plantarme en casa.

Ya llamaría a Rubén desde el móvil de mi madre. Ya mataría a Quique al día siguiente.

O esa misma noche, según el humor con el que llegara.

Eché a andar hacia una salida lateral del real, siguiendo a un grupo que parecía saber adónde iba.

Durante unos minutos todo fue normal: luces, casetas, parejas discutiendo con cariño, gente sentada en bordillos y olor a churros y chocolate.

Luego el ruido empezó a quedar atrás. La calle se hizo más estrecha, peor iluminada, con menos movimiento.

A un lado quedaban unas vallas y al otro varias fachadas cerradas.

No era un callejón oscuro de película, pero tampoco el sitio ideal para ir sola, vestida de flamenca, algo bebida y sin móvil.

Me arrepentí a mitad de la calle.

Apreté el paso.

Entonces escuché voces detrás.

Dos chicos.

No los vi bien al principio. Solo noté que venían demasiado cerca, que sus risas no sonaban de esas que una ignora sin más y que uno de ellos dijo algo que no entendí del todo, pero sí lo suficiente para que el cuerpo se me pusiera alerta.

Seguí andando.

Más rápido.

Los tacones no ayudaban nada y el vestido se me enredaba entre los pies. Me recogí los volantes con una mano y crucé hacia otra calle pensando que quizás al girar encontraría más gente, un taxi, una avenida, algo. Pero la zona seguía casi vacía.

Las voces se acercaron.

—Guapa, ¿te has perdido?

No contesté.

—Eh, que te estamos hablando.

El pulso se me disparó de golpe. No quería correr porque correr era admitir que tenía miedo, pero ya lo tenía. Muchísimo. Giré otra esquina sin saber adónde iba y entonces uno de ellos aceleró. Lo escuché justo detrás, una carrera corta, dos pasos fuertes, y una mano me rozó el brazo.

Ahí sí corrí.

O lo intenté.

El tacón se enganchó en un desnivel del suelo y caí hacia delante, con las palmas contra el pavimento y la rodilla golpeando antes de poder protegerme. El dolor subió seco por la pierna. Me quedé un segundo aturdida, intentando levantarme, mientras oía a los dos acercarse.

Y entonces llegó una voz desde atrás.

—¡Eh!

Fue un grito grave, duro, lleno de rabia.

Los dos chicos se frenaron.

—¿Qué coño hacéis?

Reconocí la voz antes de levantar la cabeza.

Gonzalo.

No sé qué vieron en su cara ni cómo se acercó ni si venía solo o parecía capaz de partirles la boca allí mismo, pero los dos dieron media vuelta casi al mismo tiempo. Uno soltó una protesta floja, más por orgullo que por ganas, y salieron corriendo calle arriba.

Gonzalo llegó hasta mí en dos zancadas.

—Marina.

Se agachó delante de mí, con la chaqueta abierta, el pelo revuelto y la cara desencajada.

—¿Estás bien? ¿Te han tocado? ¿Te han hecho algo?

Yo quise contestar con resolución.

De verdad que quise.

Pero me temblaban las manos, me dolía la rodilla y el susto seguía dentro, enorme, ocupándolo todo. Así que hice lo primero que me salió: me lancé a sus brazos.

Gonzalo me rodeó con fuerza, sin apretarme de más, y me mantuvo pegada a él mientras yo intentaba no echarme a llorar allí mismo, en mitad de una calle cualquiera, con el vestido rojo lleno de polvo y la flor colgando casi sobre la oreja.

—Ya está —murmuró junto a mi pelo—. Ya está, Marina. Se han ido.

Tardé varios segundos en recuperar aire. Cuando por fin me aparté, me limpié la cara con el dorso de la mano y me puse seria de una manera muy poco creíble.

—Tampoco ha sido para tanto.

Gonzalo me miró.

—Te estaban siguiendo.

—Sí, bueno, pero yo lo tenía controlado.

—Estabas en el suelo.

—Era parte del plan.

—¿Caerte?

—Despistarlos.

Gonzalo cerró los ojos un segundo, seguramente para no perder la paciencia.

—Marina, por favor.

—No empieces con voz de salvador, que tampoco hace falta que te vengas arriba.

—No me estoy viniendo arriba.

—Pues te veo con cara de Superman.

—Estoy con cara de que casi me da algo al verte correr sola por aquí.

Aquello me dejó sin réplica durante un instante, y eso me molestó bastante. Me miré la rodilla. Tenía un raspón y la tela del vestido se había manchado un poco de albero y polvo.

—Mi madre me mata por el vestido.

—Tu madre me mata a mí si no te llevo a casa.

—Eso también.

Gonzalo se levantó y me tendió la mano. Dudé un segundo, por orgullo puro, pero al apoyar el pie noté la rodilla floja y terminé aceptándola. Él no hizo ningún comentario. Bien por él. Le quedaba algo de instinto de supervivencia.

—¿Dónde tienes el móvil?

—Con Quique.

—¿Y las llaves?

—Con Quique.

—¿Todo con Quique?

—Me pareció buena idea antes de subirme a una atracción que intentaba recolocarme los órganos.

Él apretó la boca para no reírse.

—No te rías.

—No me río.

—Te estás riendo por dentro.

—Pero muy por dentro…

Le di un golpe flojo en el brazo.

—Pues menos. Acabas de hacer algo medianamente en condiciones, no te estropees ahora.

—Vamos a buscar un taxi.

Caminamos despacio hacia una calle con más luz.

Gonzalo iba a mi lado, atento sin invadirme, dejando que marcara el ritmo aunque se notaba que quería cogerme en brazos y sacarme de allí a toda prisa.

Yo sujetaba el vestido con una mano y con la otra intentaba arreglarme la flor, sin demasiado éxito.

—Estás hecha polvo —dijo.

—Estoy estupenda.

—Tienes una rodilla sangrando.

—Eso es un detalle flamenco.

—Claro.

—Y no te hagas ilusiones, ¿eh? Que me hayas salvado de dos idiotas no significa que ahora vayas a subir puntos.

—No pensaba pedir valoración.

—Mejor. Porque te doy un seis.

—¿Un seis?

—Un siete si no cuentas lo de Madrid.

—Entonces un dos.

—Mira, vas aprendiendo.

Por fin llegamos a una zona con taxis. Gonzalo abrió la puerta de uno y me ayudó a entrar antes de dar la dirección de mi casa.

Durante el trayecto no hablamos mucho. Yo apoyé la cabeza en el respaldo, agotada, con la adrenalina bajando de golpe y el cuerpo pidiéndome cama, agua y no volver a ver unos tacones en cuarenta y ocho horas.

Al llegar a Los Remedios, Gonzalo pagó. Me acompañó hasta la puerta de casa y esperó a que encontrara una copia de las llaves bajo una maceta, viejo truco familiar que mi madre juraba que nadie conocía y que conocía media urbanización.

—Ya estoy —dije, metiendo la llave en la cerradura.

—Mándame un mensaje cuando estés en la cama, para saber que sigues bien.

—No tengo móvil, Superman.

—Pues mañana.

Me giré hacia él con una sonrisa cansada.

—Buenas noches, Gonzalo.

—Buenas noches, Marina.

Entré en casa con el vestido rojo medio derrotado, la rodilla ardiendo y la certeza irritante de que, por mucho que quisiera odiarlo, aquella noche iba a costarme bastante más trabajo.