Un error de lo más adictivo Capítulo 8
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Capítulo 8

La despedida de solteros de Rubén y Samuel no podía ser una despedida normal.

Eso lo supe desde el momento en que Rubén anunció, con una copa en la mano y la cara de quien acababa de resolver un problema de Estado, que la celebrarían en la Feria de Abril.

—Una despedida en Sevilla, en Feria, con caseta, cena, rebujito, baile y cacharritos. Si alguien quiere tranquilidad, que se vaya a un balneario.

Samuel negó con la cabeza mientras sonreía.

—Yo solo dije algo pequeño.

—Y yo te quiero mucho, pero no pienso empezar nuestro matrimonio mintiéndote.

Así que allí estaba yo unos días después, delante del espejo de mi habitación, vestida de flamenca y con mi madre dando vueltas a mi alrededor mientras intentaba decidir si la flor iba mejor un centímetro más arriba o más abajo.

El vestido era rojo.

Pero rojo de verdad.

Nada discreto. Nada tímido.

Se ajustaba hasta las caderas antes de abrirse en varios volantes preciosos que se movían al andar con una caída espectacular.

Las mangas llegaban al codo, el escote dejaba los hombros bastante despejados y la espalda terminaba en un pico elegante que conseguía justo el equilibrio entre clásico y provocación.

El lunar era diminuto, casi fundido con la tela, y el mantoncillo color marfil marcaba todavía más la cintura.

Cuando terminé de arreglarme y me miré en el espejo, entendí por qué mi madre llevaba diez minutos sonriendo sola.

—Bueno —dijo al fin—. Hoy vas a dar muchísimo trabajo.

—Mamá…

—No me mires así. Es la verdad.

Yo me reí mientras me colocaba un pendiente.

Y, sinceramente, me veía increíble.

Quizás demasiado.

Pero después de las últimas semanas, aquello sentaba bien.

Muy bien.

Rubén y Quique vinieron a recogerme un rato después y la reacción de ambos al verme fue tan exagerada que terminé doblándome de risa antes siquiera de subir al coche.

—Marina Cifuentes —soltó Quique llevándose una mano al pecho—, tú hoy vienes a provocar divorcios.

—No exageres.

—No puedo evitarlo. Estoy viendo futuros problemas matrimoniales por todas partes.

Rubén apareció detrás vestido de corto y se quedó mirándome con orgullo absoluto.

—Vale, sí. Hoy Gonzalo va a sufrir.

—¿Podéis dejar de hablar de Gonzalo?

—No —contestaron los dos a la vez.

La caseta estaba llena cuando llegamos.

Amigos de Rubén, compañeros de Samuel, gente del estudio de arquitectura, diseñadores, militares amigos de Quique y suficientes personas guapas juntas como para que aquello pareciera el casting de una agencia de modelos.

La música sonaba alta, los camareros iban cargados de platos y rebujito y el ambiente tenía esa mezcla de caos y alegría que solo existe en Sevilla en abril.

Y entonces apareció Gonzalo.

Entró con otros amigos de Samuel, vestido de corto también, moreno, impecable y con esa cara que seguía pareciéndome un prodigio.

Me vio enseguida.

Y ahí sí se frenó un segundo.

Sus ojos bajaron despacio desde la flor del pelo hasta el vestido rojo antes de volver a subir.

Eso me gustó bastante más de lo que pensaba reconocer.

Levanté la barbilla y seguí caminando hacia la barra como si nada.

Aunque por dentro acabara de acordarme perfectamente de todas las veces que aquel hombre me quitó la ropa en Madrid.

Qué alegría.

La cena fue un espectáculo desde el principio. Jamón, gambas, tortilla, pescaíto , vino, rebujito y ruido suficiente para que nadie pudiera hablar sin gritar. Quique se sentó a mi lado y Álvaro, el fotógrafo amigo de Samuel, terminó justo enfrente.

Y ahí empezó otro show distinto.

Porque Quique perdía capacidad intelectual cada vez que Álvaro le sonreía.

—¿Te encuentras bien? —le pregunté después de verlo echarse a pecho una copa de rebujito.

—Perfectamente.

—Estás nervioso.

—Hace calor.

—Estamos en abril.

—Marina, déjame vivir.

Álvaro empezó a reírse.

—¿Siempre te habla así?

—Peor. Ella disfruta humillándome.

—Porque te lo ganas.

Rubén, desde el otro lado de la mesa, señaló a Quique con la copa.

—No disimulas nada.

—¿Quién?

—Tú, principalmente.

Samuel terminó riéndose también mientras Quique intentaba cambiar de tema con la dignidad justa para seguir siendo persona.

Yo bebía rebujito y me reía mucho más de lo esperado. Gonzalo no se acercaba demasiado, pero lo notaba pendiente de mí continuamente. Cuando comía. Cuando hablaba con alguien. Cuando algún amigo de los chicos venía a coquetear conmigo.

Y cuanto más lo notaba, más ganas me daban de fastidiarlo.

Así que eso hice.

Bailé con medio mundo.

Con Quique.

Con varios amigos de Samuel.

Con un arquitecto bastante guapo que me pidió el teléfono antes de la segunda canción.

Y también sola.

Porque el vestido rojo se movía a su aire y aquella noche me sentía demasiado empoderada para quedarme quieta.

A mitad de la fiesta empezó a sonar ¿Qué Es Lo Que Tienen Las Guapas? Y la voz de Alejandro Sanz me dio subidón.

Y ahí ya perdí completamente la vergüenza.

—No, no, no —dijo Quique muerto de risa al escuchar los primeros acordes—. Marina, esa canción no está hecha para otra. Quien la escribió pensaba en ti.

—Pues que suene más fuerte.

Porque encima Gonzalo estaba apoyado junto a la barra mirándome otra vez.

Así que hice exactamente lo que cualquier mujer despechada y un poco bebida haría en mi lugar.

Pavonearme.

Le di una vuelta a los chicos en mitad de la pista mientras cantaba el estribillo, levanté los brazos riéndome con unas amigas de Samuel y terminé bailando frente a Quique mientras él fingía abanicarme con una servilleta.

—¡Basta ya! —gritaba entre carcajadas.

—¡Que sufra!

—¡Está sufriendo tela!

Y sí.

Lo sabía perfectamente.

Porque cada vez que miraba hacia la barra, Gonzalo seguía allí.

Callado.

Observándome.

Con una expresión entre frustración y ganas de acercarse que empezaba a resultarme parecida a satisfactoria.

Después llegaron los cacharritos y todos nos desmelenamos.

Rubén quiso empezar por los coches de choque porque le iban las emociones fuertes. Samuel aceptó resignado y Quique acabó montado con Álvaro mientras intentaba impresionarlo conduciendo fatal.

—¿Puedes mirar hacia delante? —le pregunté.

—No. Tengo sentimientos.

—Pues que conduzcan ellos.

Yo terminé en otro coche con Gonzalo porque Rubén me empujó dentro antes de salir corriendo.

—¡Disfrutad!

—¡Rubén!

Demasiado tarde.

La barra bajó y me quedé encerrada junto al hombre que llevaba semanas arruinándome la paciencia.

Fantástico.

Gonzalo me miró de reojo mientras arrancábamos.

—¿Se supone que vas a llevarlo tú?

—Eso parece. Y prepárate, porque no te quedará un hueso sano.

Eso consiguió que se riera.

Y maldita sea.

Entonces giré el volante de golpe y estampé el coche contra el borde de la pista.

Él salió despedido hacia un lado.

—¡Marina!

—Uy.

—¿Uy?

—Ha sido el rebujito.

—Ha sido un intento de homicidio.

Volví a arrancar justo cuando otro coche venía directo hacia nosotros. Gonzalo consiguió agarrar el volante un segundo antes del impacto y terminamos girando en mitad de la pista mientras yo me reía tanto que apenas veía.

—No puedes conducir así.

—Claro que puedo. Mira qué bien vamos.

—Vamos hacia atrás.

—Detalles.

Otro golpe nos sacudió desde un lateral y Gonzalo soltó una maldición mientras intentaba evitar que nos chocaran de nuevo. Rubén y Samuel estaban pasándoselo genial. Quique, por supuesto, gritaba instrucciones inútiles desde su coche mientras Álvaro parecía arrepentirse de haberse montado con él.

—¡Dale al rubio! —gritó Quique señalando a un desconocido.

—¡Quique, no conozco a ese hombre!

—¡Pues mejor! ¡No te podrá denunciar!

Aproveché un descuido de Gonzalo para girar el volante hacia un grupo de chavales que venían embalados. Uno de ellos frenó tarde y terminó chocando contra nosotros con bastante fuerza.

—¡Eh, cuidado! —protestó el chico.

—Perdón —contesté sin arrepentimiento ninguno.

—Tu novia conduce fatal —soltó otro desde detrás.

Y ahí Gonzalo cambió la cara.

No muchísimo.

Pero lo justo.

—No es mi novia.

—Pues peor para ti —contestó el muchacho antes de irse riendo.

Yo me giré hacia Gonzalo despacio.

—Qué rapidez desmintiendo, ¿eh?

—Marina…

—Nada, nada. Prioridades claras.

La atracción terminó entre empujones, carcajadas y Quique jurando que Álvaro era mejor al volante que Fernando Alonso y que, para su gusto, también estaba más bueno.

Después nos movimos por el Real todos juntos, ya sin demasiada organización. La Feria a esas horas lucía especial: luces por todas partes, música mezclándose desde distintas casetas, olor a fino y rebujito, y gente arreglada caminando sin rumbo fijo con la sola intención de pasárselo de lujo.

Entramos en otra caseta donde sonaba reguetón y Rubén decidió que necesitaba bailar encima de una silla hasta que Samuel lo bajó agarrándolo de la cintura.

—Te vas a matar antes de la boda.

—Pero con arte.

—Con una escayola.

Yo terminé bailando con unas chicas mientras Quique desaparecía sospechosamente con Álvaro hacia el baño.

—Mira qué rápido se enamora —murmuré.

Rubén siguió mi mirada y sonrió.

—Está perdido.

—Muchísimo.

—Y el otro también lo está.

—¿Álvaro?

—No. Gonzalo.

Le lancé una mirada de advertencia.

—No empecemos.

—Solo digo que lleva toda la noche con cara de querer arrancarle la cabeza a cualquier hombre que se te acerque.

—Pues que vaya al psicólogo.

Rubén soltó una carcajada.

—Ay, Marina. Qué poco te dura el rencor cuando te mira.

—Perdona, sigo enfadadísima.

—Ya. Se te nota regular mientras te pavoneas con Alejandro Sanz de fondo.

—Eso era terapia.

—Eso era provocación sevillana de categoría.

No respondí porque, sinceramente, llevaba razón.

Y porque en ese momento Gonzalo acababa de acercarse a la barra justo detrás de mí.

Otra vez.

Aquello empezaba a parecer una maldición.

Pedí una copa intentando ignorarlo y el camarero me sonrió.

—¿La señorita quiere algo más?

—Sí. Que os llevéis a este tío.

—Ese servicio no lo prestamos.

—Pues es una pena…

Gonzalo soltó una risa por detrás.

Ay, de verdad.

Me giré despacio.

—¿Tú no tienes amigos?

—Sí. Pero tú eres más divertida.

—Pues vete a un circo.

—Ahora mismo estoy en uno.

Antes de que pudiera responder, apareció un chico bastante guapo junto a mí preguntándome si quería bailar. Alto, de pelo castaño, acento cordobés y sonrisa de anuncio.

Acepté solo por ver la cara de Gonzalo.

Funcionó estupendamente.

Bailé dos canciones con él, me reí, dejé que me diera vueltas y hasta acepté otra copa mientras notaba los ojos de Gonzalo puestos en mí.

Cuando volví con el grupo, Samuel levantó una ceja.

—Bueno.

—¿Bueno qué?

—Nada. Que la noche está siendo fabulosa.

—Y mejor que se va a poner. Queda mucha por delante todavía.

—Eso, eso, que de aquí no nos largamos hasta los churros —intervino Quique.

Más tarde terminamos en la noria.

Porque Rubén aseguró que necesitaba una foto romántica con Sevilla detrás y nadie tuvo energía para discutirle ya nada.

Subimos repartidos en varias cabinas. Yo iba con Quique, Álvaro, Gonzalo y dos amigos más de Samuel que discutían sobre cuál era la peor resaca de la historia reciente.

Quique se sentó pegado a Álvaro con una naturalidad sospechosa mientras yo miraba las luces de la ciudad extendiéndose abajo.

Sevilla desde arriba en Feria parecía otra cosa.

Más brillante.

Más viva.

Si es que era posible.

Y lo era.

Más peligrosa para gente con poca estabilidad emocional y acceso a rebujito.

—Te estás quedando dormida —me dijo Gonzalo.

—Estoy descansando los ojos, idiota.

—Con la boca abierta.

—Eso es mentira.

—Un poco sí.

Le di una patada en el zapato.

—Entrometido.

Él sonrió mirándome de lado y tuve que apartar la vista hacia fuera porque, sinceramente, seguía teniendo una sonrisa muy difícil de ignorar.

Muchísimo.

Cuando bajamos de la noria, Quique anunció que necesitaba emociones fuertes y nos arrastró al barco vikingo.

Aquello fue para verlo.

A los tres minutos Rubén estaba abrazado a Samuel jurando que veía su vida pasar delante de sus ojos, Álvaro se reía de Quique porque había dejado de hacerse el valiente y yo intentaba mantener el mantoncillo en su sitio mientras Gonzalo disfrutaba demasiado viéndome sufrir.

—Te estás riendo muchísimo para alguien que decía quererme.

—Yo nunca dije eso.

—Menos mal. Imagínate si me odiaras.

La siguiente parada fue la montaña rusa.

Y ahí sí que perdimos completamente la poca dignidad que nos quedaba.

Rubén gritaba.

Samuel gritaba más fuerte.

Quique insultaba a la ingeniería moderna.

Y yo terminé agarrada al brazo de Gonzalo en una curva porque aquello iba demasiado rápido para mantener el orgullo intacto. Y la flor menos.

Cuando terminó el recorrido, me aparté enseguida.

—No digas nada.

—No iba a decir nada.

—Perfecto.

—Aunque has intentado arrancarme el brazo.

—Pues no haberte sentado ahí.

Bajamos entre risas y mareos, caminando otra vez hacia las casetas mientras la noche seguía fluyendo alrededor nuestra.

La música se mezclaba con las voces, las luces se reflejaban sobre el albero y el vestido rojo empezaba a pesarme en las piernas de tanto bailar.

Pero estaba feliz.

De verdad.

No perfecta.

No curada del todo de Gonzalo Rivelles.

Pero sí feliz.