Un error de lo más adictivo Capítulo 7
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Capítulo 7

Mi madre llevaba tres días repitiendo la misma frase cada vez que me cruzaba con ella por casa.

—Marina, la boda es en dos semanas y tú sigues sin vestido.

La primera vez me lo tomé con humor.

La octava ya menos.

—Mamá, tengo uno fichado. Ya sabes que no soy la más previsora del mundo…

—Fichado no significa comprado.

—Significa que existe.

—También existen las lentejas y no aparecen solas en la cocina.

Así que el jueves por la mañana terminó arrastrándome a una boutique del centro junto a mi tía Celia, que llegó media hora tarde porque, en sus palabras, necesitaba un café antes de enfrentarse a una jornada maratoniana de compras.

—No exageres —le contestó mi madre nada más verla.

—Sonsoles, lo de salir contigo de compras es una aventura. Incluso, me atrevería a catalogarlo de deporte de riesgo.

—Y luego la exagerada soy yo, claro.

Yo iba detrás de las dos con gafas de sol y café helado en la mano, observándolas discutir mientras caminaban por Sevilla como si fueran dueñas de la mismísima Plaza de España.

Mi madre y mi tía se parecían muchísimo aunque no fueran hermanas.

Las dos arregladas hasta para comprar pan, las dos incapaces de hablar bajo y las dos convencidas de que el mundo funcionaría mejor si la gente aprendiera a combinar bien los accesorios.

La boutique estaba en una calle pequeña cerca de la Catedral, con escaparates enormes y vestidos que parecían hechos para mujeres que desayunaban champán día sí y día también.

Yo llevaba días obsesionada con uno en concreto que había visto por Internet: largo, color azul noche, espalda descubierta y una caída preciosa que parecía moverse sola.

En cuanto entré y lo vi colgado frente a mí, entendí que ya estaba perdida.

—Ay, Marina… —murmuró mi tía Celia—. Ese vestido es una barbaridad.

Mi madre cruzó los brazos.

—Pruébatelo ya antes de que venga otra y te lo quite.

La dependienta me llevó al probador mientras ellas seguían discutiendo fuera sobre peinados, tocados y el trauma colectivo que mi tía arrastraba desde una boda en Córdoba donde una invitada apareció vestida igual que la madrina y casi tienen que intervenir las Fuerzas de Seguridad.

Y es que, en nuestro entorno, una boda era un acto sagrado.

Me quité la ropa intentando ignorar el calor que empezaba a hacer ya en Sevilla y me puse el vestido despacio.

Y madre mía.

El azul hacía que mis ojos parecieran más claros. La tela se ajustaba al cuerpo sin resultar exagerada y la espalda abierta le daba ese punto elegante y sexi que me cautivaba. Cuando salí del probador, las dos se quedaron calladas medio segundo.

Solo medio.

Porque después empezaron las opiniones.

—Marina, hija…

—Espectacular.

—Date una vuelta.

—La espalda es preciosa.

—Ese color te queda de infarto.

Me miré otra vez en el espejo y me gustó mucho la imagen que tenía delante. No por Gonzalo. No por despecho. Simplemente porque sí. Porque me veía guapa, segura y otra vez bastante yo.

Mi tía Celia sonrió desde el sofá.

—Mi hijo se va a casar y tú vas a provocar varios accidentes de tráfico.

—Gracias, tita.

—Es verdad. Los chicos van a tener que repartir desfibriladores en la boda.

Mi madre seguía observándome con esa cara emocionada que ponía cada vez que alguno de nosotros parecía feliz.

—Nos lo llevamos.

—Mamá, todavía no he mirado más.

—¿Para qué? Si ya estás poniendo esa cara de “es este”.

Y tenía razón.

Estaba poniendo esa cara.

Media hora después salimos de la boutique con el vestido guardado en una funda enorme y las tres decidimos ir a comer algo porque mi madre decía que comprar ropa elegante le abría el apetito más que ninguna otra cosa en el mundo. Y que era casi orgásmico.

—No puedes decir esas cosas por la calle —protesté.

—Claro que puedo. Tengo cincuenta y seis años y patrimonio. Ya hago lo que quiero.

Mi tía Celia se rio mientras sacaba el móvil.

—Voy a llamar a Victoria para ver si se apunta.

—¿Victoria? —le pregunté.

—La madre de Samuel. Te va a encantar. Es maravillosa. Mi querida y futura consuegra.

Mi madre asintió enseguida.

—Ay, sí. Esa mujer tiene una educación que da gusto verla.

Yo seguí caminando sin intervenir demasiado.

Si era la madre de Samuel también lo era de Gonzalo y eso cambiaba las cosas. Pero claro, mi tía apenas le dio importancia a mis andanzas con el hermano de su amado yerno, que ya habían llegado a sus oídos.

Todavía me costaba escuchar el apellido Rivelles sin acordarme de cierto periodista imbécil con tendencia a joderme la vida.

Un rato después, Victoria apareció en el restaurante.

Y entendí enseguida por qué las mujeres de mi familia estaban encantadas con ella.

Era una mujer elegante sin esfuerzo, rubia, con un vestido blanco sencillo y esa clase de belleza tranquila que envejecía con verdadero talento, conservando una belleza serena. Sonreía mucho y tenía una forma de abrazar cercana, como si llevara años conociéndote.

—¡Por fin conozco a Marina! —exclamó nada más verme.

Se acercó a darme dos besos y luego se apartó un poco para mirarme mejor.

—Pero bueno… ahora entiendo a Rubén cuando habla de ti. Eres preciosa.

Mi madre puso cara de orgullo automático.

—Eso se lo digo yo todos los días y a todas las horas.

—Porque tú eres mi madre y estás obligada.

Victoria seguía observándome con una sonrisa encantada.

—Y encima odontóloga. Hija, una nuera así quería yo también.

Casi me atraganto con mi propia saliva.

Mi madre y mi tía intercambiaron una mirada rapidísima antes de bajar ambas la vista hacia la carta con una dignidad completamente falsa.

Traidoras.

—Bueno —murmuró mi tía Celia mientras intentaba disimular la risa—, nunca se sabe las vueltas que da la vida.

Tuve que morderme la lengua para no responder algo inconveniente.

Muchísimo.

Porque Victoria seguía hablando maravillas de sus hijos sin sospechar ni por asomo que yo me había acostado con uno de ellos varias veces y que además le había tirado una copa encima delante de media Sevilla.

—Samuel está feliz con Rubén —continuó mientras se sentaba—. Y eso ya me compensa cualquier disgusto que me hayan dado los hombres de esta familia.

Mi madre soltó un “uy” cargado de significado.

—¿Gonzalo sigue igual? —preguntó mi tía.

Victoria cerró los ojos un segundo antes de responder.

—Así es. Ese niño nació guapo y confundió el don con una profesión.

No pude evitar reírme.

Y lo peor fue que Victoria me miró encantada al escucharme.

—Ay, Marina, hija, me vas a caer genial. Ya verás. Si no tuviera una boda entre manos, ya empezaba a organizar cosas.

Esta vez mi madre directamente tuvo que beber agua para no atragantarse.

Y yo decidí una cosa muy importante.

Jamás.

Jamás.

Iba a contarle a aquella mujer que su hijo y yo ya teníamos bastante historia encima como para necesitar organizarnos nada más. Esa mierda de historia que tuve con su hijo estaba muerta y enterrada.