Un error de lo más adictivo Capítulo 6
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Capítulo 6

Aquel día me juré dos cosas.

La primera: no volver a sufrir por Gonzalo Rivelles.

La segunda: no volver a mostrarme arañada por él.

Rubén y Samuel me recogieron en casa de mis padres sobre las nueve para cenar en un italiano que me fascinaba.

Quique también iba a venir, pero llamó diez minutos antes asegurando que un compañero de la base acababa de dejarlo tirado con una guardia y que pensaba denunciar al Ejército “por sabotearle el salseo”. Aun así, juró que llegaría.

—Ha añadido que os quería mucho y que no empezaseis sin él —comentó Samuel mientras conducía.

—Eso significa que llegará en mitad del segundo plato y comerá del de todos —contesté.

Samuel soltó una risa.

—Ya le voy cogiendo el truco.

Me gustaba verlos juntos. Había algo muy especial entre ellos.

Rubén llenaba cualquier conversación porque era incapaz de no hacerlo, pero Samuel tenía una forma de seguirle el ritmo que daba gusto ver.

No intentaba frenarlo ni competir. Simplemente sabía estar.

Y cuanto más tiempo pasaba con ellos, más entendía por qué mi primo se había enamorado hasta la médula de aquel arquitecto que lo miraba embobado.

La cena empezó tranquila. Hablamos de la boda, de los invitados, del drama que tenía mi tía Celia con las flores y de un cliente imposible que Rubén llevaba semanas soportando.

Yo me relajé poco a poco, ayudada también por el hecho de que Gonzalo no estaba allí.

Después de la comida de aquel mediodía, necesitaba un tiempo sin verle la cara.

Quizás varios años.

Cuando terminamos el primer plato, Rubén se levantó para atender una llamada de su madre. Lo vi alejarse hacia la entrada del restaurante mientras Samuel y yo nos quedábamos solos en la mesa. Quique aún no había llegado.

Él dio un pequeño giro a la copa de vino antes de mirarme.

—¿Te encuentras mejor?

Suspiré.

—Depende de lo que signifique mejor.

Samuel apoyó un brazo sobre la mesa y sonrió un poco.

—Justo esa respuesta esperaba.

Me reí por primera vez en toda la noche.

—Perdón por el espectáculo de hoy.

—Por favor, no te disculpes. Quique afirma que ha sido el almuerzo más entretenido del año.

—Eso no me tranquiliza nada.

—A mí tampoco, pero ya es tarde.

Durante unos segundos jugueteó con la servilleta entre los dedos antes de volver a hablar.

—Gonzalo te gustaba mucho, ¿verdad?

La pregunta me pilló cansada.

Demasiado cansada para fingir.

Bajé la vista hacia la mesa y terminé encogiéndome de hombros.

—Sí.

Samuel asintió despacio, como si aquella respuesta encajara con algo que ya sospechaba.

—Mira, no voy a defenderlo porque ha hecho una estupidez enorme. Y él lo sabe. Pero tampoco quiero que pienses que el problema eres tú.

Solté una risa pequeña.

—No creo que el problema sea yo. Creo que el problema es tu hermano.

—Eso seguro.

Y ahí apareció por primera vez una sombra rara en su expresión. No tristeza exactamente. Más bien resignación.

Samuel bebió un poco de vino antes de continuar.

—Gonzalo nunca ha sabido estar con una mujer de forma sana. No porque sea cruel ni porque vaya haciendo daño a propósito. Es que… no sabe hacerlo de otra manera.

Lo escuché en silencio.

—Mi padre tampoco era precisamente un ejemplo —añadió después—.

Se pasó media vida engañando a mi madre, desapareciendo semanas enteras y prometiendo cosas que nunca cumplía.

Gonzalo tenía quince años cuando se largó de casa y, aunque jamás lo admitiría, aquello le marcó bastante más de lo que parece.

Fruncí un poco el ceño.

—¿Y tú no saliste así?

Samuel soltó una risa breve.

—Porque alguien tenía que compensar el desastre genético.

Aquello me hizo sonreír otra vez.

—En serio —continuó—, no quiero justificarlo. Solo creo que deberías pasar página con él cuanto antes. Gonzalo es encantador, divertido y tiene una habilidad tremenda para hacerte sentir especial. En eso es único.

—Confirmado.

—Para mi desgracia, lo sé. Mi hermano sabe mirar a una mujer y hacerle creer que es la única persona de la sala. Y encima lo hace sin esfuerzo.

Noté un pinchazo molesto al escucharlo decir justo aquello.

Porque era verdad.

Exactamente eso había hecho conmigo desde la primera noche en Madrid.

Samuel dejó la copa sobre la mesa.

—Pero luego se agobia, huye o se inventa cualquier excusa para no quedarse demasiado tiempo en el mismo sitio. Lo de la novia… es muy de Gonzalo. Fatal idea, ejecución peor y cero capacidad para afrontar lo que siente como una persona adulta.

Me quedé callada unos segundos antes de responder.

—Pues menudo premio de hombre.

—Sí. Bastante agotador.

Samuel sonrió con cariño cansado, de hermano que llevaba demasiados años viendo las mismas escenas repetirse.

—No sufras por él, Marina. De verdad. Pasa de su culo por completo.

Aquello me pilló desprevenida y terminé riéndome.

—No esperaba esa frase de ti.

—Llevo meses conviviendo con Rubén y con Quique. El refinamiento ya lo perdí.

Volví a reírme y sentí que algo dentro de mí se relajaba un poco.

Quizás porque Samuel hablaba de Gonzalo sin romanticismo ninguno.

Sin misterio.

Sin drama.

Solo como un hombre atractivo, encantador y completamente incapaz de construir algo serio.

Y eso, aunque doliera un poco al ego, también ayudaba.

Porque convertía todo aquello en algo mucho más sencillo.

No había gran historia de amor frustrada.

Solo un mujeriego con miedo al compromiso y una dentista idiota que se había ilusionado más de la cuenta.

Rubén volvió entonces a la mesa con cara de agotamiento.

—Mi madre quiere cambiar otra vez las flores de la boda.

Samuel cerró los ojos.

—No.

—Dice que las peonías ya no representan nuestra esencia como pareja.

—Rubén, juro que me voy a casar rodeado de olivos y tierra si vuelve a pronunciar la palabra esencia.

Yo solté una carcajada mientras Samuel se dejaba caer contra el respaldo de la silla con expresión derrotada.

Y durante unos minutos, entre las quejas sobre centros de mesa y las amenazas de Quique por audio porque seguíamos cenando sin él, Gonzalo Rivelles dejó de ocupar el centro de mi cabeza.

Solo un poco.

Pero algo era algo.

Quique apareció justo cuando retiraban los platos.

Literalmente.

Entró en el restaurante como elefante por cacharrería, cara de hambre extrema y el pelo revuelto, como si hubiera venido corriendo desde Morón.

—Bueno, ya estaría. Ya podéis empezar la cena de verdad.

Rubén soltó una carcajada mientras Samuel negaba con la cabeza.

—Llevamos dos horas aquí.

—¿Y? Yo todavía no he participado en esto.

Se dejó caer en la silla vacía junto a mí y le robó un trozo de pan a Rubén antes de mirar alrededor.

—¿Qué me he perdido?

—Nada importante —contesté.

Samuel casi se atragantó con el agua.

Quique estrechó los ojos.

—Eso es mentira porque tienes cara de haber llorado por dentro y luego haberte rehecho el eyeliner.

—No llevo eyeliner.

—Entonces peor todavía. Drama natural.

Un camarero se acercó para preguntarle qué quería y Quique ni siquiera abrió la carta.

—Postres. Muchísimos.

—¿Alguno en concreto?

—Sorpréndeme. Hoy necesito azúcar por un tubo.

Samuel se rio por lo bajo.

—No sabía que existía eso.

—Porque no has sufrido lo suficiente.

Cinco minutos después tenía delante media mesa llena de tartas, torrijas, coulant y helado mientras él asentía con orgullo.

—Ahora sí. Ya puedo escuchar vuestros problemas.

—Qué alivio —murmuró Rubén.

Quique me miró entonces con atención.

—Tú estás mejor.

Lo pensé un segundo.

Y sí.

Lo estaba.

Quizás porque Samuel me había bajado a Gonzalo del pedestal a golpes de realidad. O porque ver a Rubén tan feliz siempre terminaba contagiándome algo bueno. O porque Quique había llegado haciendo el payaso y era imposible mantenerse hundida demasiado rato cerca de él.

—Estoy sobreviviendo —contesté.

—Perfecto. Esa es la actitud de las grandes mujeres despechadas.

—Quique…

—Bueno, perdón. Mujeres temporalmente decepcionadas por hombres con pocas luces.

Rubén levantó la copa.

—Brindo por nuestra Marina.

Después de los postres acabamos yéndonos a un local de copas donde siempre había música excelente y demasiada gente guapa junta.

Sevilla estaba preciosa a esas horas. Las terrazas llenas, las calles calientes todavía por el sol del día y ese ambiente de primavera eterna que hacía que nadie pareciera tener prisa por volver a casa.

Nada más entrar empezó a sonar Si Antes Te Hubiera Conocido y Quique levantó los brazos indignado.

—Marina. El universo está haciendo su trabajo.

—El universo tiene demasiado tiempo libre.

—No, cariño. El universo quiere que tú bailes y dejes de pensar en el periodista imbécil.

Y, sinceramente, aquello sonaba bastante mejor que seguir dándole vueltas a Gonzalo en mi habitación.

Así que bailé.

Primero con Quique, que tenía menos coordinación que entusiasmo pero lo compensaba moviéndose por toda la pista como si fuera el dueño del local.

Después con Rubén, que seguía bailando igual que cuando teníamos dieciocho años y se empeñaba en sacarme a rastras a cualquier fiesta universitaria aunque yo dijera que no tenía ganas.

Samuel observaba la escena apoyado junto a la barra con una sonrisa tranquila hasta que Rubén lo agarró de la mano y prácticamente lo obligó a unirse.

Y ahí entendí otra vez por qué hacían tan buena pareja.

Rubén brillaba muchísimo. Siempre lo había hecho. Entraba en un sitio y conseguía que todo pareciera más divertido. Samuel, en cambio, tenía algo sereno que equilibraba aquel caos sin apagarlo nunca. Lo miraba con un cariño tan evidente que contagiaba.

Terminaron bailando pegados, riéndose por cualquier tontería y besándose entre canción y canción con esa naturalidad de las parejas felices que no se plantean esconder nada.

Y yo, en lugar de sentirme triste, me sentí bien.

Muy bien.

Ligera.

Bonita.

A gusto.

Hacía semanas que no me reía tanto como aquella noche.

Quizás porque Quique no me dejó respirar dos minutos seguidos.

Cada vez que veía acercarse a un hombre medianamente atractivo, me agarraba del brazo y empezaba su espectáculo.

—Mira ese. Alto, moreno y parece que sabe abrir una botella de vino sin pedir ayuda. Te interesa.

—Quique, déjame.

—No. Tu recuperación emocional es mi misión.

—Eres militar, no terapeuta.

—Y por eso estoy aquí, salvando vidas.

Un rato después apareció otro chico junto a la barra y Quique volvió a la carga.

—Vale, este mejor. Tiene cara de abogado que practica paddle surf.

—¿Eso es bueno o malo?

—No lo sé, pero lleva un reloj que vale un huevo. Igual es hasta uno de esos pijos con título y te hace marquesa, como Tamara Falcó.

Acabé riéndome tanto que terminé doblándome sobre la barra mientras él saludaba a desconocidos solo para intentar emparejarme con cualquiera que no se pareciera a Gonzalo.

—Ese no —decía después de mirar a uno—. Demasiado intenso. Seguro que hace podcasts.

O:

—Uf, no. Ese tiene cara de mandar audios de siete minutos.

Y lo peor era que, cuanto más tonterías decía, más me reía yo.

Rubén se acercó a nosotros poco después, risueño y feliz.

—¿Qué está pasando aquí?

—Estoy reconstruyendo psicológicamente a la niña.

Samuel apareció detrás rodeándole la cintura con una mano.

—Y buscándole novio.

—Eso también.

Apoyé la cabeza un instante sobre el hombro de Rubén mientras seguía riéndome.

Y tuve la sensación de que quizás sí iba a salir de aquello antes de convertirme en una loca obsesionada con Gonzalo Rivelles.

Aunque solo fuera porque mi familia y mis amigos no pensaban permitir que me hundiera ningún gilipollas.