Un error de lo más adictivo Capítulo 5
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Capítulo 5

Cuando terminó la prueba de trajes, todos hicieron ese amago tan sevillano de despedirse sin tener ninguna intención real de irse a casa.

Rubén salió de la tienda encantado con su traje, Samuel con cara de haberse quitado de encima una tarea enorme y Quique con una bolsa colgada del brazo y la satisfacción de quien acababa de sobrevivir a una tragedia estética.

Gonzalo venía detrás, hablando con el dependiente sobre unos arreglos de manga, rabiosamente guapo y con el traje recién quitado todavía flotando en mi cabeza, cosa que me dio una rabia considerable.

Lo lógico habría sido marcharme.

Lo lógico, de hecho, era lo que todos esperaban. Rubén me lo notó en la cara. Samuel miró a Gonzalo, luego a mí, y puso ese gesto de hombre educado que prefería no meterse en una guerra ajena. Quique, por supuesto, parecía a punto de sacar palomitas del bolsillo.

Y entonces decidí que no.

Que ya estaba bien.

Que bastante había tragado en Madrid para encima salir corriendo por Sevilla porque el señor “tengo novia” apareciera con unos hombros estupendos y una cara que daba coraje. Pero que mucho coraje.

—¿Por qué no nos vamos a tapear algo? —propuse, colocándome las gafas de sol sobre la cabeza—. Ya que estamos todos tan contentos, por lo menos que nos dé el aire.

Rubén me miró con sospecha.

—¿Seguro?

—Segurísima.

Quique se acercó a mí y bajó la voz, aunque se le oyó igual.

—Tú hoy vienes con ganas de incendiar.

—Vengo con hambre.

—Eso dicen todas las pirómanas.

Samuel soltó una risa pequeña y Gonzalo no dijo nada. Mejor. Si hablaba demasiado pronto, igual cambiaba de opinión y le estampaba otra copa antes de sentarme.

Acabamos en una terraza cerca de la Plaza Nueva, de esas con manteles bonitos, camareros de toda la vida y carta llena de cosas ricas que invitaban a hincarles el diente.

El sol caía sobre las fachadas, la gente paseaba sin prisa y Sevilla parecía empeñada en ofrecer un decorado perfecto para una reunión.

Nos sentamos de una forma que no ayudó en nada: Rubén junto a Samuel, Quique a mi lado y Gonzalo frente a mí. Demasiado cerca para ignorarlo con naturalidad.

Pedimos ensaladilla, jamón, croquetas, puntillitas, arroz negro y una botella de vino blanco porque Quique aseguraba que Sevilla no era Sevilla sin una copa de vino para brindar.

—Bueno —empezó Rubén, mirándome—, ¿qué tal tu regreso a Sevilla?

—Estupendo. En veinticuatro horas he recuperado a mi familia, he visto trajes preciosos para elegir de cara a tu boda y he recordado que algunos hombres deberían venir con cartelito que indicara que son inflamables.

Gonzalo levantó la vista del vaso.

Samuel frunció el ceño.

—¿Cartelito?

—Sí. Uno discreto. “Cuidado, puede tener novia y olvidarse de comentarlo”.

Quique dejó el tenedor en el plato con una lentitud teatral.

—Ahí hay una pedrada.

—No hay ninguna pedrada —respondí, cogiendo una croqueta—. Es una reflexión general sobre la vida.

—Marina, tú hilas tan fino cuando tienes hambre —apuntó Rubén.

—Estoy madurando, primo.

Gonzalo me miró entonces por primera vez desde que nos sentamos.

—¿Vas a estar así toda la comida?

—No sé. Depende de cuántas veces tenga que escuchar a la gente hablar de fidelidad sin atragantarme. Ya sabes, fidelidad de esa de la que presumen en las redes y luego, quien más y quien menos, va poniendo una cornamenta que ni un Miura.

Samuel abrió la boca, la cerró y miró a Rubén en busca de ayuda. Mi primo, que ya había visto demasiadas guerras mías, optó por carraspear.

Quique, en cambio, se inclinó hacia delante con los ojos brillantes.

—A ver, que yo no quiero molestar.

—Mentira —dijo Rubén.

—Bueno, un poco sí. Pero necesito saber de qué va esto exactamente. Porque lo de que se trata de una reflexión general no cuela, Marina.

—Va de que Gonzalo es un tío con una vida sentimental muy organizada —contesté—. Tan organizada que puede duplicarla sin problemas-Gonzalo dejó el vaso sobre la mesa con más cuidado del necesario.

—Marina, te pido por favor que no…

—¿Qué? ¿He dicho algo falso? ¿Te ha dolido alguna pulla?

—Lo tuyo no son pullas. Tú las tiras con lanzacohetes.

—Ah, perdona. Ahora será que no me lo contaste por la Ley de Protección de Datos, no te jode.

Samuel se giró hacia Gonzalo con la cara cada vez más seria.

—¿De qué está hablando exactamente?

Gonzalo respiró por la nariz y apartó la mirada hacia la calle.

—De nada.

—No, de nada no —intervino Quique, señalándolo con un trozo de pan—. Aquí hay tema y yo tengo que saber. Venga, ¿qué tienes que decir a eso?

Rubén le quitó el pan de la mano.

—Compórtate.

—Estoy impecable.

—Estás disfrutando.

—También.

Yo debería haber parado. Lo sabía. Una parte de mí lo sabía.

Pero Gonzalo seguía ahí, entero, atractivo, con esa calma que me sacaba de mis casillas, y yo tenía demasiadas imágenes de Madrid mezcladas con rabia.

Él me dejó salir de su vida sabiendo que era la otra.

La que no preguntó lo bastante. La que no tuvo derecho a saber hasta que fue tarde.

Hasta que estuve enamorada como una pipiola.

Así que seguí.

—No os preocupéis. Entiendo que lo nuestro os genere sorpresa. A mí también me sorprendió cuando me enteré. Hay cosas que una espera que le digan antes de acostarse con alguien varias veces. La existencia de una novia, por ejemplo.

El tenedor de Samuel chocó contra el plato.

Rubén se quedó mirándome.

Quique susurró un “ay, Dios” que sonó bastante satisfecho, para qué mentir.

Gonzalo alzó la cabeza de golpe.

—Basta.

—¿Basta? —repetí, con una sonrisa que me salió fatal—. ¿Ahora basta?

—No tengo novia.

Me quedé sin respuesta.

No fue una frase grande. No levantó la voz. No hizo ningún gesto especial. Solo lo dijo. Seco. Directo. Y la mesa entera se quedó pendiente de él.

Yo parpadeé, segura de haber entendido mal.

—¿Qué?

Samuel fue el primero en reaccionar.

—¿Novia mi hermano? —soltó, mirándolo con una incredulidad tan real que casi me molestó—. Vamos, que Gonzalo tenga novia es más difícil que ver a Quique callado.

—Oye —protestó Quique—, yo callo cuando hay postre.

—O sea, que no tienes novia —insistí, clavando la vista en Gonzalo.

—No.

—¿Y a santo de qué me mentiste?

Rubén se llevó una mano a la frente.

—Perdona, pero ahora sí me he perdido.

—Todos —añadió Quique—. Estamos todos en una rotonda sin salida.

Gonzalo me miró por fin de frente. Tenía el gesto cerrado, pero no arrogante. Más bien parecía cansado de sí mismo, que era una cosa bastante irritante porque yo no quería verle humano. Quería verle culpable, simple y fácil de odiar.

—Te dije eso porque me asusté —admitió.

Solté una risa sin humor.

—Ah, estupendo. Me quedo mucho más tranquila. No eras infiel, solo cobarde.

Samuel murmuró algo entre dientes que no entendí. Rubén seguía mirándome con preocupación, aunque también con esa cara suya de querer atar todos los cabos antes de decidir si abrazarme o pegarle a alguien.

—Marina —dijo Gonzalo, con voz más baja—, no quería que siguieras enganchándote a mí.

Aquello me dejó helada de rabia.

—Qué detalle.

—No lo hice bien.

—No, Gonzalo. Decir que tienes novia para quitarte a una mujer de encima después de acostarte con ella no es “no hacerlo bien”. Es de premio. Una medallita debían darte.

Quique levantó un dedo.

—Yo propongo que le demos un premio, sí. ¿Gonzalo sabe que tengo una puntería impresionante y acceso ilimitado a munición?

—Quique —le avisó Rubén.

—Es que manda huevos.

Yo seguía mirando a Gonzalo, ya sin ganas de comer, sin ganas de bromear y sin saber dónde colocar aquella nueva información.

Durante un mes lo odié por una cosa que, al parecer, no existía.

Pero lo que sí existía era peor de otra manera: él prefirió inventarse una novia antes que decirme la verdad.

Que le gustaba.

Que le venía grande.

O que no quería quererme.

Me levanté de la silla despacio, dejando la servilleta junto al plato.

—Me voy al baño.

Rubén hizo ademán de levantarse.

—¿Quieres que vaya contigo?

Negué con la cabeza.

—No. Esta vez no necesito testigos.

Pasé junto a Gonzalo sin rozarlo. Ni siquiera le miré al levantarme del todo.

Pero, mientras caminaba hacia el interior del restaurante, solo podía pensar una cosa.

Gonzalo Rivelles no tenía novia.

Y, de alguna forma, eso lo estropeaba todavía más.