Un error de lo más adictivo Capítulo 4
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Capítulo 4

Me desperté con resaca, mala leche y un audio de Quique de casi cuatro minutos.

No lo escuché entero.

Con los primeros treinta segundos me bastó para saber que iba a torturarme todo el día con el tema Gonzalo.

“Marina, cariño, necesito contexto porque lo de anoche fue una barbaridad. Samuel dice que nunca había visto a su hermano quedarse tan tieso. Rubén cree que te acostaste con él. Yo creo que hubo crimen, pasión y probablemente delito, de ese que aparece cuando hay pelito… Y tú ya tienes pelitos, nena.”

Gemí contra la almohada y lancé el móvil al otro lado de la cama.

Genial.

La noche anterior me vengué a mi manera delante de uno de los locales más concurridos de Sevilla, vertiendo mi copa sobre el tipo que tenía la culpa de todo.

Muy elegante todo.

Aun así, cuando me metí en la ducha decidí una cosa: no me daba la gana venirme abajo por Gonzalo Rivelles.

Ni un poco.

Así que me arreglé con más ganas de las habituales.

Me sequé el pelo con calma, me maquillé bien por primera vez desde que volví de Madrid y terminé poniéndome un vestido corto color crema que dejaba las piernas al aire y unas sandalias doradas que mi madre definía siempre como “zapatos de divorciada millonaria”.

Cuando bajé a la cocina, ella levantó las cejas por encima de la taza de café.

—Bueno.

—¿Bueno qué?

—Nada, hija. Que el innombrable ese debe haberte tocado la fibra sensible porque has salido hoy con ganas de revancha.

Mi madre tenía un don sobrenatural para detectar dramas sentimentales aunque nadie le contara nada.

—No existe ningún innombrable.

—Quique me ha llamado, no intentes negarlo.

—Maldito chismoso…

Mi padre apareció entonces leyendo algo en el móvil y ni siquiera levantó la cabeza.

—Si el muchacho te cae mal, ya sabes que en esta familia siempre hemos sido más de resolver las cosas con indiferencia que con asesinatos.

—Gracias por el consejo, papá, pero no sé yo.

El claxon del coche de Rubén sonó fuera unos minutos después.

Quique conducía un descapotable azul oscuro que probablemente costaba más que mi máster y que estrenaba ese día. Llevaba unas gafas de sol que le sentaban de cine pese a que todavía no eran ni las diez de la mañana.

—Mira qué locamente sexi viene la despechada —soltó nada más verme salir.

Rubén se giró desde el asiento del copiloto y sonrió despacio.

—Vale, sí. Hoy alguien quiere dar un mensaje.

—El mensaje es que sigo siendo una persona funcional aunque tu cuñado sea un desgraciado.

—Uy, “tu cuñado”. La cosa sigue viva.

—Quique.

—Estoy acompañándote en el proceso.

—Y anda que tú vienes descalzo. Qué locura de carro. ¿Lo has pagado ya?

—Soy militar, no millonario. Un poquito de paciencia, que para todo eres igual… No me des el día.

Subí al coche poniendo los ojos en blanco mientras él arrancaba dirección al centro. El aire cálido de Sevilla entraba a ráfagas y me dejé acariciar por él.

—Ahora en serio —empezó mientras parábamos en un semáforo—. ¿Qué coño te hizo ese tío para que le tiraras la copa encima?

—Un desgraciado, eso es.

—Eso ya lo intuimos.

Rubén se giró un poco en el asiento.

—Marina, no hace falta que nos cuentes nada si no quieres, pero anoche parecía que ibais a mataros. Y es mi cuñado, esto no es fácil para mí.

Me crucé de brazos mirando hacia la calle.

—Lo conocí en Madrid, enseguida hubo algo entre nosotros…

—Eso ya lo sabemos —dijo Quique—. Queremos el contenido premium .

—No hay contenido premium.

Solté aire por la nariz, resignada.

—Estuvimos saliendo un tiempo y resultó ser un imbécil.

—¿Qué clase de imbécil?

—La peor.

Quique se quedó callado dos segundos.

Rubén frunció un poco el ceño.

—¿Te hizo daño?

Me encogí de hombros.

—Ya está. Pasó. No pienso hablar más de él.

Quique me observó por encima de las gafas de sol.

—Haces bien. Y te has puesto divina hoy.

—Porque me da la gana.

A Rubén se le notaba de lo más apurado. Sin duda, él no estaría digiriendo bien que su cuñado me hubiera engañado, porque debía saber que tenía novia.

Aun así, procuró no hurgar en la herida y lo dejó pasar.

Supuse que lo hablaría con Samuel, pero poco podían hacer ellos al respecto.

Para mi desgracia, ahora Gonzalo era cuñado de mi querido primo y, por tanto, formaba parte de mi círculo más inmediato.

Lo quisiera o no, ¿se podía tener peor suerte?

Sin duda, porque podía partírseme el tacón de unos zapatos carísimos que saqué a hurtadillas aquella mañana del vestidor de mi madre a última hora.

Y me los calcé en el coche, quitándome los que llevaba.

Me apetecía llamar la atención. Y eso que aún no sabía que la mañana sería movidita.

La tienda donde habían encargado los trajes estaba en una calle elegante del centro, con escaparates enormes, sofás color crema y dependientes demasiado perfectos para ser personas reales.

Nada más entrar, Rubén empezó a discutir emocionado sobre el tejido del suyo con uno de los asesores y Samuel apareció pocos minutos después con varias bolsas en la mano y cara de llevar toda la mañana solucionando problemas.

—Buenos días, criaturas.

Se acercó a besar a Rubén y después me saludó con una sonrisa tranquila.

—¿Hoy estás más tranquila, bonita?

—Depende de cómo vaya el día.

—Perfecto. Oye, yo siento si mi hermano…

—No es tu culpa, cariño. Algo imperfecto debías tener.

—Eres una diosa. Y muy inteligente. Gonzalo es un necio por no apreciarlo.

Me cayó todavía mejor.

Quique desapareció enseguida detrás de un dependiente porque insistía en que necesitaba “un traje que transmita dolor romántico pero con clase”. Yo me quedé sentada en uno de los sofás mirando vestidos de invitada en el móvil mientras Rubén y Samuel discutían sobre el color exacto de una corbata.

Y entonces apareció Gonzalo.

Entró hablando por teléfono, con otra camisa clara remangada hasta los codos y unas gafas de sol colgando del cuello. Iba ligeramente despeinado, como siempre, y aun así parecía salido de una campaña de Calvin Klein.

Le vi detenerse nada más descubrirme allí, aunque reaccionó rápido y siguió caminando hacia el fondo de la tienda como si nada.

Yo hice exactamente lo mismo.

Pasar.

Ni una mirada más de la necesaria.

Ni un gesto.

Nada.

Pero eso no impidió que me fijara en él de reojo mientras hablaba con el dependiente ni que se me secara un poco la boca cuando salió del probador con el traje puesto.

Perfectamente ajustado.

La chaqueta marcándole los hombros y la cintura de una forma completamente ilegal.

Rubén levantó las manos al verlo.

—Vale. Pues ya está. Este tío nos va a hacer sombra…

—Habla por vosotros —contestó Quique desde el otro lado de la tienda—. Yo he nacido para esto.

Samuel soltó una risa mientras Gonzalo seguía evitándome con una habilidad casi profesional.

Y aquello, contra toda lógica, empezó a molestarme todavía más.

Porque una cosa era que yo quisiera ignorarlo.

Y otra muy distinta que él pareciera tan dispuesto a facilitarme el trabajo.