Capítulo 3
El problema de ciertos hombres era que seguían estando demasiado atractivos incluso cuando te daban ganas de atropellarlos.
Gonzalo Rivelles entró en el restaurante y mi mundo se giró de nuevo.
Llevaba una camisa verde agua que realzaba su bronceado, el pelo algo más corto que en Madrid y esa barba cuidada que conseguía que pareciera todavía más guapo.
Alto, moreno, hombros anchos, una sonrisa fácil y una cara de esas que obligaban a girarse dos veces aunque una tuviera sentido común.
Y yo lo había tenido desnudo en mi cama.
Demasiadas veces.
Hasta enamorarme como una burra.
Fantástico.
Durante un segundo me quedé completamente quieta, observándolo avanzar entre las mesas mientras saludaba a Samuel desde lejos. Gonzalo todavía no me había visto. O eso creí hasta que levantó la cabeza y nuestras miradas se cruzaron por fin.
Ahí sí se frenó.
Muy poco.
Lo justo para que yo entendiera que aquella sorpresa no estaba preparada.
Noté a Rubén girarse hacia mí justo después.
—¿Marina? ¿Estás bien?
No respondí.
Porque el problema no era solo encontrarme allí a Gonzalo.
El problema era recordar exactamente cómo me miraba aquel hombre cuando estábamos solos. La forma en que me apartaba el pelo del cuello antes de besarme. Cómo me hacía sentir la mujer más deseada del planeta con solo ponerme una mano en la cintura.
Y encima seguía estando igual de bueno.
O más.
Maldita fuera su estampa.
Samuel fue el primero en darse cuenta de lo que pasaba.
—¿Os conocéis?
Gonzalo seguía mirándome desde la entrada. Yo agarré la copa de vino antes de responder.
—Sí.
Rubén frunció el ceño.
—¿Sí… cómo de sí?
—Madrid —contestó Gonzalo al fin, acercándose a la mesa—. Nos conocimos allí.
Su voz seguía provocándome el mismo efecto físico de siempre y aquello me puso todavía de peor humor.
Qué alegría.
Samuel miró primero a su hermano y después a mí.
—Vale. Hay una historia aquí y me la estoy perdiendo clarísimamente.
—No te pierdes nada —le solté antes de beber otro trago.
Rubén levantó una ceja despacio. Me conocía demasiado bien para no detectar el tono.
Gonzalo se acercó entonces a saludar al resto, pero evitó ponerse a mi lado. Saludó a Quique y a Rubén, le dio un abrazo rápido a Samuel y después me dedicó apenas un gesto de cabeza.
Ni dos besos.
Ni una sonrisa.
Ni un “qué tal”.
Aquello desconcertó todavía más a los demás.
Porque la tensión estaba ahí. Enorme. Sentada con nosotros a la mesa de la terraza en la que estábamos celebrando.
Y todos podían verla.
Quique observó la escena con lupa antes de mirar a Rubén.
—Bueno… aquí han pasado cositas.
—Quique —murmuró mi primo.
—¿Qué? Estoy ayudando.
—No estás ayudando nada.
Samuel seguía alternando la mirada entre Gonzalo y yo.
—¿Os llevabais mal en Madrid o algo?
Solté una risa pequeña antes de apoyar la copa sobre la mesa.
—Digamos que tu hermano tiene talento para joderle la vida a la gente, pero vamos a dejarlo ahí.
Gonzalo no respondió.
Y eso me molestó más todavía.
Porque lo normal habría sido defenderse. Soltar alguna ironía. Entrar en el juego.
Pero no.
Se limitó a sentarse frente a mí y a coger la carta de cócteles como si aquella situación no fuera un auténtico desastre.
Quique empezó a sospechar que la cosa era jodida de verdad a partir de mi segunda copa.
Se notaba.
Cada vez que Rubén hablaba con Samuel sobre la boda o sobre una reforma que llevaban entre manos, Quique aprovechaba para mirarme a mí y luego a Gonzalo con cara de sabueso. Yo intentaba ignorarlo concentrándome en el alcohol, pues emborracharme comenzaba a parecerme una idea magnífica.
Porque Gonzalo estaba allí.
Y eso era una faena.
No ayudaba nada verlo reírse con Samuel ni esa manera de mover las manos al hablar ni descubrir que varias camareras se giraban a mirarlo al pasar. En Madrid ya llamaba la atención. En Sevilla también. Era de esos hombres que entraban en un sitio y alteraban un poco el aire sin proponérselo.
Y él lo sabía.
Claro que lo sabía.
Lo peor era que yo tampoco debía de estar precisamente horrible porque Gonzalo evitaba mirarme demasiado tiempo seguido.
Y eso me dio más rabia todavía. Llevaba un vestido verde oscuro que mi madre había definido como “para partir cuellos”, el pelo suelto y unos pendientes pequeños que Rubén me regaló hacía años porque decía que me hacían los ojos más claros.
La atracción entre Gonzalo y yo fue instantánea desde la primera noche en Madrid.
Brutal.
De esas que aparecen antes incluso de que dos personas terminen la primera conversación.
Y ahora estábamos allí, fingiendo delante de media mesa que apenas éramos conocidos.
Menudo cuadro.
A la tercera copa ya tenía clarísimo que Gonzalo Rivelles era un cabrón.
A la cuarta, también tenía clarísimo que quería decírselo.
Me levanté de la mesa mientras Rubén discutía con Quique porque este insistía en contratar una banda para la boda “con bastante drama y algo de percusión”. Gonzalo estaba junto a la barra hablando con uno de los amigos de Samuel cuando me acerqué.
Se giró al escuchar mis tacones y durante un segundo ninguno dijo nada.
Seguía oliendo igual.
Eso me fastidió muchísimo.
—Estás evitándome —murmuré.
—Marina…
—No, no. No puedes pronunciar mi nombre así y esperar que me comporte.
Gonzalo soltó aire despacio.
—No sabía que Samuel era el prometido de tu primo.
—Pues mira qué sorpresa para todos.
—Baja la voz.
Me reí.
—¿Te preocupa dar el numerito delante de tus conocidos? Qué tarde.
Vi cómo apretaba la mandíbula.
—Has bebido demasiado.
—Y tú eres un cabrón. Cada uno lleva lo suyo como puede.
Gonzalo miró alrededor un instante antes de acercarse un poco más.
—No montes una escena aquí.
—Ah, ¿ahora te preocupa la escena? Curioso.
—Haz el favor.
—¿Tu novia sabe que haces turismo sexual por Madrid o eso también es secreto?
Aquello sí le cambió la cara.
Muy poco.
Pero lo vi.
Y entonces hice lo que probablemente cualquier persona madura habría evitado.
Le tiré la copa el daiquiri de fresa encima.
Entera.
El líquido rojo le empapó la camisa verde agua desde el pecho hasta la cintura.
Durante dos segundos el local entero pareció congelarse.
Después escuché la voz de Quique al fondo.
—Bueno. Pues ya estaría. Ya ha pasado algo. Yo sabía que aquí había tema.
Así era mi Quique. Él no tenía filtros.