Capítulo 2
Regresar a casa después de aquel palo que me asestó Gonzalo un mes antes tuvo su cara y su cruz.
Pensaba que al pisar la estación de Santa Justa sentiría algo parecido a una vuelta al cuerpo, a recuperar mi sitio, a dejar atrás el ruido de una ciudad que nunca acababa de apagarse del todo.
Y una parte de mí sí lo sintió. El aire más cálido, la luz de la tarde cayendo sobre los taxis, ese acento andaluz que se colaba por todas partes y que yo misma llevaba en mi ADN.
Pero también hubo una sensación nueva, pequeña y molesta, que se instaló conmigo mientras arrastraba la maleta hacia la salida: Madrid ya no era solo el sitio donde cursé un máster.
Era también el lugar donde conocí a Gonzalo Rivelles, donde me ilusioné sin medida y donde, en una cama deshecha, me partió el corazón.
Rubén me estaba esperando fuera, apoyado junto a su coche, con gafas de sol y una camisa blanca que le sentaba demasiado bien para alguien que decía ir “sin arreglar”. En cuanto me vio, abrió los brazos con esa sonrisa enorme que llevaba acompañándome desde que éramos niños.
—Ven aquí, madrileña de adopción —soltó antes de que pudiera decir nada.
Dejé la maleta en el suelo y me abracé a él con ganas.
Rubén olía a perfume caro, a primavera sevillana y a casa.
Mi primo siempre causó ese efecto en mí: bastaba que apareciera para que todo se sintiera un poco menos grave.
De pequeños había sido mi compañero de piscina, de deberes mal hechos, de excursiones familiares y de confidencias en voz baja durante las comidas eternas de los domingos.
De mayores se convirtió en mi refugio más fiable, en esa persona a la que podía llamar a cualquier hora porque sabía que, si no cogía el teléfono en el acto, me devolvería la llamada en cuestión de segundos.
—Te veo más canija, pero con un estilo que no veas —me comentó, apartándose para mirarme.
—Y tú más novio de boda de revista. En cuanto a mí, estoy en modo elegante, primo.
—Tú has sido elegante desde que naciste, niña. Pero ya podías comer un poco más. Tu padre lo remediará con ese jamón que…
—Cielos, sí. Tratará de cebarme con él, ya lo veo venir —le interrumpí.
Rubén soltó una carcajada, cogió mi maleta y la metió en el maletero sin dejarme protestar más.
Durante el trayecto hacia Los Remedios me contó tres cosas a la vez: que mi madre llevaba dos días nerviosa porque decía que yo volvería “demasiado a lo justo de Madrid para una boda familiar”; que mi padre no paraba de presumir de mis avances profesionales con sus amigos; y que Quique organizaba una cena esa misma noche porque, según sus propias palabras, yo necesitaba un comité de bienvenida.
Y en esa cena conocería a Samuel, cómo no.
Quique apareció en casa de mis padres una hora después, cuando yo todavía estaba deshaciendo la maleta y mi madre entraba cada cinco minutos con alguna excusa: que si me había comprado frutas exóticas de las que me encantan, que si el baño tenía toallas nuevas, que si quería que fuésemos a la peluquería.
.. Escuché la voz de Quique desde el pasillo antes de verle.
—¿Dónde está la fugitiva?
Entró en mi habitación sin esperar respuesta, vestido con pantalón azul marino y una camisa verde que solo él habría sido capaz de llevar sin parecer un presentador de concurso. Quique era guapo de una forma luminosa, con esa clase de energía que llenaba una habitación antes de sentarse.
—Te has cortado el pelo —observé, señalándole con la barbilla.
—Sí. Me he quitado dos centímetros y medio de sufrimiento.
—Ni que tú supieras lo que es eso… Estás que te sales, niño.
—Gracias. Necesitaba estar guapo para afrontar que Rubén se casa con otro, que lo he perdido para siempre…
Mi primo, que venía detrás con una botella de agua en la mano, puso los ojos en blanco.
—Ha empezado pronto.
—No he empezado. Estoy haciendo pedagogía del duelo —replicó Quique, dejándose caer en la cama con una confianza antigua, de esas que no se piden porque llevan media vida concedidas—.
Además, Samuel es maravilloso y me cae fatal por eso.
Si fuera un cretino, todo sería más fácil.
Le escupiría en la cara. Pero no, el tipo es insultantemente perfecto… Manda narices.
Ahí fue cuando me habló de Samuel con más calma, aunque Rubén intentara disimular que estaba deseando que yo escuchara cada detalle.
Samuel era arquitecto especializado en rehabilitación de edificios históricos y llevaba un estudio con varios proyectos en Sevilla y Cádiz.
Mi primo, por su parte, era interiorista y trabajaba sobre todo en viviendas antiguas reformadas, hoteles pequeños y casas con tanta personalidad que se enamoraba de ellas antes que de sus dueños.
Habían coincidido en la reforma de una casa señorial en el centro y, según Quique, aquello fue insoportable desde el primer momento porque se pasaban días hablando de molduras, pavimentos hidráulicos y lámparas italianas con una intensidad que nadie en su sano juicio podría soportar.
Me hizo gracia imaginarlos juntos. Rubén, con su punto expansivo, su gusto exagerado para lo bello y esa facilidad suya para convertir cualquier espacio en un lugar cálido.
Samuel, por lo que me contaban, parecía más sereno, más de medir, pensar y volver a mirar antes de decidir.
Encajaban de una forma que me transmitió ternura incluso antes de conocerlo.
Eran distintos, sí, pero no en esa manera forzada de los polos opuestos, sino en esa otra que permite que uno complete la frase que el otro empieza.
En cuanto a Quique, trabajaba como teniente en el Ejército del Aire y estaba destinado en la Base Aérea de Morón, algo de lo que su abuela, llevaba años presumiendo ante cualquiera que quisiera escucharla (o que no) con el orgullo de quien cree haber criado personalmente a Tom Cruise.
La mujer, llamada Matilde, era todo un personaje.
La madre de Quique falleció al poco de nacer él y su padre se volvió a casar con una bruja, quedando él, en la práctica, en manos de Matilde, quien se volcó en su nieto.
Mi amigo, en cambio, decía que la parte más emocionante de su trabajo era aprovechar cualquier momento para recordarle a Rubén que podía ponerle en órbita, llevándole a surcar los cielos.
Desde que Samuel apareció en escena, había añadido otra broma fija a su repertorio: asegurar que todavía estaba valorando si el prometido de mi primo merecía realmente seguir viviendo o si sería una casualidad fatal que se le escapara un tiro.
Según Rubén, lo decía siempre con una sonrisa enorme y mientras le servía otra copa de vino al propio Samuel, que a aquellas alturas ya había aprendido a responderle preguntando si pensaba dispararle antes o después de la boda, para organizarse.
Lo cierto es que estaba deseando verlos a todos en acción.
La cena se celebraría en un restaurante cerca del río, que siempre había sido punto de reunión para nosotros.
Uno de esos lugares donde te dejas un riñón, pero sales agradeciendo al personal.
Rubén condujo, Quique se sentó de copiloto porque aseguró que sufría “mareos emocionales” en la parte de atrás y yo fui escuchándolos discutir si el baile nupcial debía abrirlo con Samuel o con él.
La ciudad pasaba al otro lado de la ventanilla con esa belleza suya que nunca necesitaba presumir: fachadas claras, naranjos, terrazas llenas, gente cruzando sin prisa.
Después de meses en Madrid, Sevilla me pareció más suave, aunque no más tranquila; mi ciudad también sabía hacer ruido, pero lo hacía con otra música.
Al llegar, Samuel ya estaba dentro.
Le reconocí antes de que Rubén dijera su nombre, quizás por la forma en que mi primo cambió al verlo, aparte de porque ya había visto mil fotos de él.
Rubén lo miraba con una alegría limpia en la cara que me removió por dentro.
Samuel se levantó para saludarme y lo primero que pensé fue que era guapísimo.
Alto, moreno, con unos ojos tranquilos y una sonrisa que no parecía ensayada.
Llevaba una camisa celeste, las mangas dobladas y esa elegancia sencilla de quien no necesita hacer mucho para que todo le quede bien.
—Marina, por fin —me saludó, dándome dos besos—. Rubén habla tanto de ti que ya siento que te debo dinero.
—Eso es muy suyo. También exagera mis virtudes para compensar mis defectos.
—No he exagerado nada —intervino Rubén, rodeándole la cintura con una mano—. Bueno, quizás lo de que eras puntual.
—Eso era falso desde el principio —añadió Quique, sentándose a mi lado—. Marina nos hace llegar tarde desde primaria.
Me reí y sentí que algo dentro de mí descansaba. Allí, entre Rubén, Quique y aquel hombre que parecía mirar a mi primo con una calma preciosa, Madrid empezó a quedar un poco más lejos.
Cenamos compartiendo platos, hablando de la boda, de los preparativos, de mi curso y de la clínica de mi padre.
Samuel me preguntó por implantología con interés real, no de compromiso, y me contó que en su estudio estaban intentando recuperar una antigua casa regionalista para convertirla en una clínica boutique.
Rubén se entusiasmó al explicar que él llevaría todo el interiorismo y Quique fingió bostezar durante tres segundos antes de admitir que, en realidad, el proyecto sonaba genial.
Me cayó bien Samuel.
Mucho.
Entendí de inmediato por qué Rubén se había enamorado de él en tan poco tiempo. Transmitía una serenidad que no apagaba a mi primo, sino que parecía darle sitio. No competía con su brillo. Lo acompañaba. Y eso, viniendo de su prometido, era garantía de éxito.
La noche avanzó con esa alegría de las cenas que no pesan.
A la hora de las copas, se nos unieron dos amigos más de Rubén, una amiga de Samuel, así como un par de sus primas…
Yo estaba escuchando a Quique explicar que pensaba hacer un brindis “elegante pero con amenaza incluida” cuando Samuel miró hacia la entrada del local y levantó un poco la mano.
—Mirad —dijo, con una sonrisa—, por ahí viene mi hermano.
Seguí su mirada por pura inercia.
Y entonces lo vi.
Gonzalo Rivelles acababa de entrar en el restaurante.
El mismo Gonzalo que me había besado en Madrid hasta hacerme olvidar el mundo. El mismo que me dejó con la dignidad hecha un cuadro. El mismo que, un mes antes, me confesó que tenía novia mientras yo todavía olía a él.
Durante unos segundos, todo lo demás quedó fuera de sitio.
La voz de Quique, la risa de Rubén, el ruido de los cubiertos, incluso Sevilla entera.