Un error de lo más adictivo Capítulo 1
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Un error de lo más adictivo

Un error de lo más adictivo

Por Hugo Sanz

© inepub.com

Capítulo 1

Madrid me había desmontado una teoría que siempre mantuve: que yo no sabía vivir fuera de Sevilla.

Eso sí, en mi Sevilla natal seguía lo que más amaba en este mundo.

Mis padres vivían en la misma casa enorme de Los Remedios donde prácticamente me había criado media urbanización.

Diego Cifuentes era el flamante dueño de una de las clínicas dentales más conocidas de la capital y mi madre llevaba la recepción con más autoridad que muchos ministros.

Nuestra casa siempre fue un punto de reunión.

Entre vecinos, amigos y familiares, era una feria con gente entrando y saliendo constantemente y la puerta principal parecía más bien la de un hotel.

Rubén tenía un peso enorme en mis ganas de volver.

Mi primo vivía con sus padres apenas dos calles más abajo, en otra casa igual de impresionante, aunque yo bromeaba con que no tenía claro dónde debía empadronarse.

Y es que más que un primo, fue un hermano para mí, y la mitad de las noches de su infancia y adolescencia se las pasó conmigo en mi dormitorio.

Recuerdo con total nitidez la noche que me reveló que era gay, en la que terminamos desternillados en plena guerra de almohadas.

Y es que él, preocupado, esperaba expectante mi reacción.

Y yo, que no tengo demasiados pelos en la lengua, le dije que eso era tan evidente que debieron inscribirlo ya como tal en el Registro Civil.

Y después estaba Quique.

Quique vivía justo enfrente de Rubén y era alguien imprescindible en nuestras vidas.

Como referencia, diré que contaba con una habilidad especial para dramatizar cualquier cosa relacionada con Rubén desde que descubrió, más o menos a los quince años, que estaba enamorado de él.

Ahora seguía haciéndolo, aunque convertido en chiste constante.

Cada vez que hablábamos por videollamada me recordaba que el canalla de Samuel le había robado “el amor de su vida” y que esperaba un mínimo de respeto durante el proceso de duelo.

Lo de mi primo y Samuel había sido visto y no visto. Tan solo llevaban unos meses juntos y yo no lo conocía personalmente, pues la última vez que bajé a Sevilla fue por sorpresa y ellos estaban fuera, de fin de semana.

Y, de pronto, se nos habían comprometido. Así como suena. Y se casaban en un mes… El mismo mes que me restaba para darles el achuchón del siglo y desearles lo mejor de lo mejor en la que sería una boda inolvidable.

Cuando Quique se enteró de lo que se traían entre manos, se quejó diciendo que no lo entendía, que a santo de qué venían esas prisas y que esperaba que no hubiera un embarazo a traición de por medio. Me lo soltó así y me atraganté de la risa.

Sonreí sola al salir de la clínica donde hacía las prácticas mientras me quitaba la goma del pelo.

Había sido un día agotador. Dos cirugías largas, un profesor especialmente pesado corrigiéndonos todo y una paciente que me apretó la mano con tanta fuerza durante una intervención que todavía me dolían los dedos.

Aun así, me sentía bien.

Cansada, sí. Pero bien.

Madrid tenía algo adictivo. La sensación de movimiento constante, de que siempre estaba pasando algo en alguna parte.

Me gustaba salir de la clínica y perderme andando un rato antes de volver al piso.

Me gustaba comprar flores algunos domingos para la mesa del salón aunque luego acabaran muriéndose tres días después porque se me olvidaba cambiarles el agua.

Me gustaba la independencia de llegar a casa y poder hacer lo que me viniera en gana.

Y luego estaba Gonzalo.

Ahí sí que ya no tenía defensa posible.

Lo había conocido dos meses antes gracias a una compañera del máster y desde aquella primera noche tuve la sensación de que encajábamos demasiado bien.

Gonzalo era sevillano también, periodista y con una personalidad arrolladora que, unida a un físico de escándalo, me atraía a tope.

No necesitaba esforzarse para llamar la atención.

Lo hacía sin darse cuenta. Con la forma de hablar, con esa sonrisa lenta que aparecía justo antes de decir alguna pamplina que me hiciera reír a carcajadas y, sobre todo, con la manera en que miraba.

Porque Gonzalo miraba a fondo.

No era el típico hombre pendiente solo de lo evidente.

Se fijaba en cosas pequeñas. En cómo terminaba gesticulando demasiado cuando me emocionaba hablando de trabajo.

En que me mordía el interior de la mejilla cuando estaba nerviosa.

En el momento exacto en que empezaba a cansarme después de un día largo.

Y luego estaba la forma en que conseguía hacerme sentir cuando me tocaba.

Deseada.

Muchísimo.

No de una manera superficial ni exagerada, sino de esa forma peligrosa en la que empiezas a notar que alguien te observa como si fueras exactamente lo que quiere tener delante.

Aquella noche cenábamos en mi piso porque los dos estábamos cansados y ninguno tenía ganas de restaurantes abarrotados ni de jaleo innecesario.

Gonzalo llegó un poco tarde, maldiciendo el tráfico y aflojándose la corbata nada más cerrar la puerta.

Recuerdo perfectamente la sensación de verlo aparecer y notar cómo se me relajaba el cuerpo entero.

Mi humor mejoraba solo con verle aparecer.

Cenamos tarde y mirándonos a los ojos. Apenas sabía nada de su vida.

Desde el principio hubo mucho feeling entre ambos, pero me dejó claro que no buscaba una historia de amor porque según me dijo estaba en un momento de su vida, a los treinta y cinco, en el que aún deseaba explorar otros universos.

Por esa razón, quedábamos para lo que quedábamos y poco más.

Es decir, nuestro mundo se reducía a la cama.

Tampoco le conté nada de mí porque pactamos que así sería.

Me daba la sensación de que tenía un miedo atroz al compromiso, algo que respeté en todo momento.

Daba igual que me sacara casi diez años.

Me sentía más madura en ese sentido. Es decir, yo me hubiera tirado de cabeza a tener algo con él.

Pero era cosa de dos. Y cuando uno ha dejado claro que esa puerta está cerrada…

Después me besó en mitad de la cocina mientras yo todavía me estaba riendo.

Lo nuestro era conexión total. Gonzalo conseguía que me sintiera preciosa incluso en días en los que llegaba superada, despeinada y con la cabeza a punto de explotar después de diez horas de prácticas.

Aquella noche terminamos en la cama casi sin darnos cuenta. Entre besos lentos, caricias y esa conexión sexual que habíamos construido en apenas dos meses. Y lo peor era que ya no me parecía algo pasajero. Hacía semanas que dejó de parecerme algo pasajero. Yo sí quería más. Necesitaba más.

Cuando todo terminó seguimos tumbados en silencio, todavía recuperando el aire poco a poco. Tenía la cabeza apoyada sobre su pecho y él me acariciaba distraídamente la espalda mientras Madrid seguía sonando detrás de las ventanas abiertas.

Recuerdo a la perfección el momento en que pensé que debía intentarlo de verdad.

No una historia de pasada.

No un “mientras dure”.

Algo real.

Levanté un poco la cabeza para mirarlo.

—Me queda un mes aquí.

Gonzalo bajó la vista hacia mí y asintió despacio.

—Lo sé.

—Y creo que ya no me apetece fingir que esto me da igual.

Vi cómo algo cambiaba en su expresión, aunque entonces no supe interpretar qué era exactamente.

Aun así seguí hablando.

—Sé que es complicado y que lo lógico sería dejarlo estar cuando vuelva a casa, pero… no sé. Creo que podríamos intentarlo. Conocernos de verdad. Ver qué pasa.

Durante unos segundos no respondió. Entraba dentro de la normalidad de alguien que me advirtió desde el minuto cero que no andaba buscando a su media naranja. Pero su forma de mirar me dolió.

Y aquello empezó a removerme algo raro en el estómago.

Gonzalo apartó la mirada hacia el techo antes de soltar aire.

—Marina, yo…

Ahí ya sentí que algo iba mal.

—No pongas esa cara, hombre, que tampoco te he preguntado eso de “el anillo pa’ cuándo ” —canturreé para quitarle algo de hierro al asunto.

No hizo el menor aprecio a mi broma como habría esperado.

—Lo siento.

Noté cómo se me borraba poco a poco la sonrisa.

Y entonces llegó el golpe.

—Tengo novia.

El cerebro me tardó un momento en reaccionar.

Parpadeé varias veces, inmóvil, intentando entender si acababa de escuchar lo que creía haber escuchado.

—¿Cómo que tienes novia?

Gonzalo cerró los ojos un segundo antes de volver a mirarme.

—Tengo novia, no hay nada que explicar.

Me incorporé despacio, apartándome de él.

—Perdona… ¿me estás diciendo que llevas dos meses acostándote conmigo teniendo novia?

—No quería que esto llegara tan lejos.

Solté una risa pequeña, incrédula.

—Pues te ha salido espectacular el plan.

Me levanté de la cama buscando mi vestido por el suelo mientras él seguía sentado sobre el colchón, observándome con una mirada incalificable que en aquel momento me importó bastante poco.

Porque lo peor no era la mentira.

Lo peor era descubrir que ya estaba empezando a enamorarme de él.

Y que él solo había jugado conmigo.