Un error de lo más adictivo Epílogo
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Epílogo

Todavía me parecía increíble que hubiera pasado tanto tiempo.

Dos años desde aquella noche en la sierra.

Dos años desde que Gonzalo estuvo a punto de dejarme marchar por miedo.

Dos años construyendo algo que comenzó de la forma más complicada posible y que, sin embargo, se había convertido en el lugar más seguro de mi vida.

Y ahora estaba allí.

Vestida de novia. Con mi precioso y sexi vestido de inspiración flamenca.

Sentada junto a mi padre en un coche de caballos que avanzaba lentamente por las calles de Sevilla.

—Todavía estamos a tiempo de escapar —me comentó entre bromas.

Lo miré.

—Papá.

—Solo digo que los caballos parecen rápidos y que tú podrías devolvérsela —prosiguió.

—Papá.

No pude evitar reírme.

Diego sonrió satisfecho.

Llevaba todo el trayecto intentando hacerme olvidar los nervios.

Y, como siempre, lo estaba consiguiendo.

—Estás deslumbrante, hija.

Aquella vez lo dijo sin bromas.

Sin disfraces.

Solo con emoción.

Y tuve que apartar la vista un momento para no estropearme el maquillaje.

El coche giró finalmente hacia la entrada del recinto donde iba a celebrarse la ceremonia.

Era uno de esos lugares que parecían sacados de otra época.

Una incomparable hacienda sevillana rodeada de jardines, patios encalados, naranjos y buganvillas. Plagada de flores blancas, velas y detalles que mezclaban elegancia y tradición andaluza sin resultar excesivos.

Cuando el coche se detuvo, escuché aplausos.

Y después risas.

Muchas risas.

Porque la primera persona que apareció junto a la puerta no fue Gonzalo.

Fue Quique.

Por supuesto.

Vestido impecablemente, con chaleco, corbata y una expresión de orgullo que parecía no caberle en la cara.

—Bueno, bueno, bueno...

Abrí la puerta.

—Quique.

—La criatura ha llegado.

—Voy a matarte.

—No antes de casarte.

Me ayudó a bajar.

Y antes incluso de que pudiera decir nada más, me abrazó.

Fuerte.

Como siempre.

—Estás espectacular.

—Gracias.

—Y Gonzalo está a punto de sufrir un infarto.

—Qué exagerado eres.

—Lo he visto hace un minuto. Está atacado.

—Que se aguante.

—Eso le he dicho yo.

—¿Y para tu primo no hay abrazo? —me preguntó Rubén.

—Para mi primo no, mejor querrás decir para mi hermano —le aseguré mientras se lo daba.

Álvaro apareció detrás de él con una cámara en la mano.

—Posad los tres para mí, que sois como Los Mosqueteros.

—Eso lo dice porque ha comprobado las bondades de mi sable —opinó Quique.

Todos estallamos en carcajadas.

Eso consiguió relajarme un poco.

Solo un poco.

Lo suficiente para avanzar hacia la ceremonia.

La zona del altar era sencillamente maravillosa.

Bajo la sombra de varios árboles centenarios habían colocado filas de sillas blancas orientadas hacia una estructura cubierta de flores y vegetación. La luz de la tarde sevillana se filtraba entre las ramas creando una atmósfera mágica.

Rubén y Samuel se colocaron en primera fila.

Abrazados.

Sonriendo.

Exactamente igual de felices que el día de su propia boda.

Victoria lloraba sin ningún tipo de disimulo.

Mi madre también.

Y mi padre iba camino de unirse al club, junto con mis tíos.

Cuando por fin vi a Gonzalo esperando junto al altar, todo lo demás desapareció.

Solo él.

Alto.

Elegante.

Guapísimo.

Y efectivamente bastante más nervioso de lo que hubiera pensado en el pasado.

Cuando nuestras miradas se encontraron, sonrió.

Y supe que habría vuelto a elegirlo mil veces.

Y él a mí.

La ceremonia fue exactamente como nosotros.

Emotiva.

Bonita.

Divertida.

Llena de momentos reales.

Hubo lágrimas.

Muchas.

También bromas.

Sobre todo cuando Quique intervino en un momento dado para recordar que él seguía esperando la famosa boda con avioneta prometida años atrás.

—Eso nunca ocurrió, jamás accedí a tamaña locura —protestó Álvaro desde su asiento.

—Tengo testigos.

—Estabas recién salido de un traumatismo muy gordo.

—Precisamente por eso hablaba desde el corazón.

Las risas recorrieron todo el jardín.

Incluso Gonzalo tuvo que secarse los ojos mientras intentaba reírse al mismo tiempo.

Y cuando finalmente nos convertimos en marido y mujer, los aplausos parecieron no terminar nunca.

La celebración continuó en un precioso cortijo andaluz situado dentro de la misma finca.

Patios llenos de farolillos.

Mesas iluminadas por cientos de velas.

Fuentes.

Jardines.

Música.

Y un ambiente de felicidad tan enorme que parecía imposible abarcarlo.

La sorpresa llegó nada más entrar.

Porque un grupo de músicos comenzó a tocar unas sevillanas muy conocidas, Te quiero de Ecos del Rocío.

Yo apenas había dado unos pasos cuando apareció uno de los caballos preparados para el espectáculo ecuestre del cortijo.

Y antes de que nadie pudiera impedirlo, terminé bailando unas sevillanas entre risas, palmas y aplausos, girando frente al animal mientras todo el mundo se unía a la fiesta.

—¡La novia está completamente loca! —gritó Samuel.

—¡Siempre lo ha estado! —respondió Rubén.

—¡Y menos mal! —añadió Quique.

Gonzalo me observaba desde unos metros más allá.

Sonriendo.

Con esa expresión que seguía consiguiendo que el mundo desapareciera alrededor.

Cuando terminé la última vuelta y corrí hacia él, me recibió entre sus brazos.

—Te quiero.

Lo dijo junto a mi oído.

Sin discursos.

Sin adornos.

Solo verdad.

Y mientras la música seguía sonando, las luces comenzaban a encenderse sobre el cortijo y nuestros amigos levantaban las copas para brindar por nosotros, tuve la sensación de que aquella noche no era un final.

Era simplemente el comienzo de la siguiente aventura.

Y, por primera vez en mucho tiempo, no tenía ninguna prisa por saber cómo continuaría la historia.