55. #3
No tiene que decirme nada, porque soy yo la que me acerco a ella, dando un saltito en el colchón, y abro los brazos.
Cuando se desploma en ellos, lo siento como un aluvión.
Su calor en mi hombro me genera un nudo en la garganta que creo que solo podría deshacer si fuera a darle una patada en las pelotas a Saúl.
Por jugar con ella, por romperle el corazón un poquito más. Por hacer que, seguramente, la próxima vez sea aún más desconfiada. Es como si con cada traición, el camino a dejarnos ser felices se volviera mucho más largo.
«Espero que este no sea mi futuro si Marco resulta ser...» dejo el pensamiento a medias, incapaz siquiera de pronunciarlo en mi mente.
—Se me pasará —solloza en mi hombro, y sorbe por la nariz.
«Otra vez llena de mocos» pienso, con cariño.
—Se te pasará —coincido, acariciándole la cabeza con cuidado—.
Y luego te volverás a pillar y con suerte, te darás cuenta un poquito antes.
O no, y no pasa nada. Me jode que parezca que tiene algo de malo confiar y entregarse.
Lo que sí es malo es que te vendan castillos en el aire y que te hagan sentir culpable por querer.
Con el privilegio que resulta que alguien apueste por ti, sin reservas, con el corazón al descubierto.
—Ya lo sé…
—¿Lo sabes?
—Bueno, mi cabeza lo sabe, pero la información no me ha llegado aún al pecho.
Me enternece verla aferrarse a su sudadera gris, retorciendo la tela. Le alzo la cara con ambas manos y le deposito un beso breve en la frente.
—Va a llegar una persona que te quiera sin reservas y se dé cuenta del privilegio que resulta que quieras despertarte con sus besos todas las mañanas. Y no te mereces nada menos que eso mismo.
Me sonríe con debilidad y con los ojos llenos de lágrimas. Se aparta y yo dejo caer las manos, sin saber muy bien qué hacer con ellas. Siento que he recuperado a una amiga pero a la vez, no soy capaz de sentirme feliz, porque le han roto el corazón.
Joder, ¿es que no pensé en ningún momento que si mi plan funcionaba, la iba a ver así? A veces tengo un análisis de las situaciones completamente deplorable. La boca se me abre sin mi permiso para volver a disculparme:
—Tía, lo siento por cualquier cosa que haya podido hacer para contribuir a que te sientas así. Y que sepas que yo nunca voy a ser tóxica contigo, de hecho me voy a arrastrar por ti lo que haga falta. Tenlo por seguro.
—Seremos dos arrastradas, entonces. Vaya panorama.
—Dejaremos los suelos limpísimos, eso seguro.
—Elena.
Me llama, ya sin tono jocoso, y yo me quedo callada, expectante. Tengo la sensación de que cualquier cosa que vaya a decir, va a ser importante.
—Si vuelvo a caer en una de estas, dímelo. Aunque me enfade. Te prometo que no me vas a perder por eso.
—Lo voy a intentar.
—Pero no más estratagemas extrañas.
—Eso seguro. No sé qué haría con dos italianos, si con uno ya estoy saturada.
Compartimos una sonrisa sincera y luego, las dos caemos hacia la otra en un abrazo cálido. Quien no ha vivido el recuperar una parte de su alma, no lo entenderá, pero siento como que todas las piezas están por fin en su sitio.
—Hablando del italiano, me lo tienes que presentar.
—Si ya se ha presentado él.
—No —Niega con la cabeza—. Eso no me vale. Me lo tienes que presentar tú. Y me tienes que contar de una puñetera vez la versión real de la historia.
—Le puedo avisar para que venga y…
—No —me corta, posando su mano en mi antebrazo—. Me voy a ir a casa. Estoy muy cansada y necesito estar sola un rato. Esta noche es vuestra, se la ha ganado dejándonos este tiempo. Mañana te llamo y quedamos.
—¿Llevo palomitas?
—Y tres napolitanas de chocolate. Dos por la ruptura con Saúl y una por ser una tóxica.
Se levanta y yo hago lo mismo, apresurada.
—Y Elena —me dice antes de irse—. Si Marco resulta ser un tóxico, yo me ocuparé de abrirte los ojos. Y patearle los huevos a él.
—No esperaba menos.
Me guiña un ojo y se va, mucho más tranquila de como llegó. Patricia asoma la cabeza desde la cocina y me mira, interrogante. Asiento para indicarle que todo bien y me sonríe antes de volver a ocultarse.
El silencio lo envuelve todo en la casa y por una vez, no me agobia. Cierro los ojos para disfrutar de este instante de mi vida en el que todo parece estar bien. Ya habrá tiempo para ahogarse en malos ratos.
Siempre recordaré ese momento como el final oficial del Proyecto Tóxico.
Si hubiera sido solo un poquitín más peliculera de lo que soy, probablemente tendría impresa una ficha y la guardaría bajo llave en algún sitio, pero tengo que conformarme con almacenarlo en mi memoria.
Lo rememoraré siempre como esa época de mi vida en la que intenté encontrar a un tóxico para ayudar a mi mejor amiga, y acabó siendo él un buenazo y yo cuestionándome si era la tóxica.
Ese periodo en el que viví en el limbo entre la verdad y la mentira y acabé precipitándome de cara en la verdad, llevándome tres moratones: uno por Curro, otro por Blanca y el último, por mí misma.
Y, quién sabe, mientras escribo a Marco para que vuelva a subir me pregunto si también me habré llevado, totalmente en contra de mi voluntad, al amor de mi vida.