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EPÍLOGO

Seis meses después…

El ambiente está tenso, pero creo que es porque estoy respirando tan fuerte que es mi propia tensión la que se está escapando por todas partes. Sé que tengo que relajarme, pero me cuesta. Viejos hábitos, supongo.

Y es que no todos los días tu mejor amiga te presenta a su nuevo novio. Uno que se supone que no es tóxico y que se supone que la trata muy bien y la hace muy feliz. Pero eso ya lo decidiré yo, que aún no tengo muy claro si me lo creo.

No es hasta que noto una mano sobre mi rodilla que no me doy cuenta de que estoy repiqueteando el pie contra el suelo como una histérica. Alzo la vista para encontrarme a Marco con una ceja levantada y expresión divertida.

—Tranquila, fiera.

La forma que tiene de pronunciar fiera con ese acento italiano que tanto me gusta es lo que realmente hace que me calme un poco. Le devuelvo una sonrisa no muy convencida y cruzo los brazos con más fuerza.

—Estoy tranquila —miento, con decisión.

—Te va a caer bien.

— Tiene que caerme bien —reformulo—. Porque si no es así y con el historial que llevamos, no le voy a poder decir nada a Blanca.

—No te preocupes, si te cae mal esta vez seré yo el que me busque un tóxico y deje que juegue conmigo.

Se me escapa una carcajada y me inclino instintivamente para quedar apoyada sobre su hombro.

Él pasa el brazo por los míos y sé que es para que sepa que está ahí, conmigo.

Respiro hondo y con esa respiración se va de el resto de la tensión.

Si algo se ha mantenido estos meses es la paz que me genera Marco, como si su sola presencia fuera algo inquebrantable a lo que aferrarse.

El resto ha cambiado mucho y tengo que decir que es maravilloso.

Si ya me gustaba Marco cuando apenas le conocía, ahora que sé que hace chistes malos cuando está nervioso, que si duerme menos de cinco horas se vuelve un gruñón adorable y que le pirran los churros con chocolate puedo confirmar que… me flipa todo él.

Aunque tengo que decir que no todo ha sido un camino de rosas.

Hemos tenido un par de broncas, completamente unilaterales porque consistían en yo enfadándome y él mirándome con cara de confusión hasta que yo misma me daba cuenta de lo que estaba pasando.

Que mis inseguridades me habían vencido y las estaba pagando con él.

Cualquier cosa que hace que me recuerda lo más mínimo a Nando me enciende todas las alarmas como un árbol de Navidad, aunque la realidad es que el chico ni siquiera se parece a mi ex.

Por supuesto, no todo ha sido culpa mía (faltaría más), él también ha tenido que darse cuenta de ciertas cosas y su movida de los celos (de la que ya me había advertido) la hemos tenido que trabajar.

Sobre todo con Curro, sorprendemente. Desde que pasó todo y él se dedicó a pedirme perdón de manera abnegada, nos hemos reconciliado y mantenemos una especie de amistad cordial que se limita solo al trabajo.

No me apetece que vuelva a malinterpretar nada, aunque yo a estas alturas ya he sido clarísima sobre que nunca vamos a ser nada más que amigos.

No obstante, a Marco no le hace mucha gracia que el chico siga esperando su momento.

Pero tengo que reconocer que gestiona esas cosas mucho mejor que yo: Lo que hace es hablarlo conmigo y decirme cómo se siente, yo trato de entender sus inseguridades y de no fomentarlas y los dos estamos de acuerdo en que esto no significa que yo no pueda tenerle de amigo ni nada parecido.

Los celos son jodidos pero lo realmente malo a veces es lo que te llevan a hacer, y esa parte es la que tratamos de evitar.

Esto de estar en una relación sana y hacer todo lo posible porque se mantenga así es… raro. Pero mola.

Y bueno, qué voy a decir, estoy jodidamente enamorada.

Creo que ya lo estaba antes de que yo misma empezara a reconocerlo y cuando se lo dije fue con tono de sorpresa.

Un "Joder, creo que estoy enamorada de ti" con los ojos como platos que se granjeó una carcajada del italiano.

Fui a protestar pero me selló la boca con un beso y el corazón con un "Por supuesto, Helena de Troya, y yo.

Como un idiota". Y ya no hubo nada que protestar.

Marco me da un toquecito en el hombro y señala con la cabeza hacia la puerta del local, y alzo la mirada para ver llegar a Blanca, con una sonrisa deslumbrante y de la mano con el que debe ser su novio: Roberto.

Es un chico más o menos de su altura, de pelo castaño y liso, un poco repeinado hacia atrás y con una sombra de bigote sobre el labio. Y parece… nervioso.

«Bien» no puedo evitar pensar «Debería estarlo».

Me levanto de la silla casi de un salto para interceptar a mi amiga y envolverla en un gran abrazo.

—¡Perdón, perdón! Hemos perdido los dos metros en nuestra cara —explica Blanca cuando nos separamos— y luego no encontrábamos el sitio…

—No pasa nada —me apresuro a asegurar—. Bueno, yo soy Elena.

—La famosa Elena —dice Roberto dándome dos besos—. Me han dicho que me prepare.

—¿Para qué? Si soy buenísima —miento descaradamente, y me aparto para señalar a mi novio—. Él es Marco y te lo puede confirmar.

—Es buenísima cuando quiere y cuando no tiene hambre —dice él sin dudar y estrechando la mano de Roberto.

Me hago la ofendida mientras mi amiga se ríe y los cuatro tomamos asiento alrededor de la mesa alta.

El local está casi vacío, porque es miércoles (el día libre de Blanca en el bar) y son las siete de la tarde, y lo agradezco.

Necesito toda la tranquilidad posible para concentrarme en ser agradable a pesar de que mis instintos me lleven a desconfiar automáticamente de este chico.

El mismo chico que me sorprende al ser el primero en abrir la boca, sin un ápice de duda en la voz:

—Creo que está bien dejar esto claro desde el principio: estoy loco por Blanca y pienso tratarla siempre como la reina que es. Y tienes todo mi permiso para tirarme de las orejas si en algún momento consideras que no lo hago.

No puedo negar que me sorprende, y creo que se me nota en la cara porque Marco suelta una suave risa y me acaricia la espalda.

—Bueno, tía, ya me cae bien. Nos podemos ir cuando quieras —le digo a mi amiga, que también se ríe.

—Vale, porque si no, yo misma iba a tener que conseguirme una amiga tóxica que intente controlar mis relaciones para que te dieras cuenta de que…

—Nunca vamos a parar con la broma, ¿no? —me lamento.

—Jamás —sentencia Marco.

—Nunca en la vida —concuerda Blanca.

Se chocan las manos y yo no puedo evitar sonreír, como cada vez que contemplo lo bien que se llevan.

—Vaya par. Siempre en mi contra —bromeo.

—¿No le vas a hacer un interrogatorio, entonces? —pregunta Blanca.

—Ah, ¿puedo?

—Claro. Yo te doy patadas por debajo de la mesa si te pasas.

—Uf. No sé yo, que desde que vas a crossfit tienes mucha fuerza en las piernas. No me arriesgo.

Otra risa y Roberto pone su mano sobre la de Blanca, que reposa en su pierna.

El gesto, tan simple, capta mi atención porque lo envuelve de ternura.

Toma sus dedos como si fuesen algo precioso que tuviera que venerar, y luego le acaricia la palma con el pulgar con mucho mimo. Me enternezco y ahí sé que… me vale.

Quizás para mí no haya nadie a la altura de mi mejor amiga, y es probable que en lo que dure su relación (sea mucho o poco) acabe protestando por uno u otro comportamiento del chico, pero se nota que la adora.

Eso es lo más importante de todo. El resto… bueno, que lo decidan ellos. Si algo he aprendido este último año es dónde están los límites. Y aunque de vez en cuando me sigue costando mantenerme dentro de ellos, también tengo a Marco para ayudarme a darme cuenta.

Miro a mi alrededor y no puedo evitar que la felicidad me embargue el pecho y pensar que no sé cuánto va a durar pero que desde luego, pienso atesorar este momento para siempre.