Un error a medida 55. #2
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55. #2

Gira la cabeza para guiñarme un ojo y se va, resueltamente. Las dos nos quedamos patidifusas observando el espacio que deja, y creo que en parte le odiamos porque ahora tendremos que hablar en serio.

—Vaya tío —murmura ella, aún con expresión de sorpresa.

—Es una caja de sorpresas —reconozco, y no puedo evitar sonreír un poquito.

Nos evaluamos desde la distancia; ella de pie, yo aún sentada en la cama con las manos entrelazadas en el regazo.

Me empieza a doler un poco la cabeza solo de mirarla, de respirar esa tensión que estamos generando entre las dos.

Odio las confrontaciones y sobre todo, si mi intención no es mandar a la otra persona a la mierda sino tratar de llegar a un acuerdo que veo cada vez más difícil.

Sigo sin pensar que haya hecho algo tan terrible como para que estemos en esta situación. También que estoy dispuesta a ceder hasta cierto punto. El resto… no lo tengo nada claro.

—¿Me puedo sentar? —pregunta al final.

Asiento y le indico el lugar que acaba de dejar libre Marco.

—Siento no haberte respondido estos días —me dice de primeras.

Su disculpa me pilla un poco por sorpresa, pero acabo asintiendo de nuevo. Me remuevo un poco en la cama, incómoda.

—Lo siento yo por haberte presionado. Eso sí que ha sido un poco de tóxica —me sale una risita entre nerviosa y forzada.

—Un poco. Ya te vale —me sigue el rollo, aunque también se la nota muy tensa.

—¿Estás mejor?

—Sí. Supongo que sí. Me ha dado tiempo a pensar y… a ordenar un poco mis pensamientos y todo eso.

—¿Y qué has sacado en claro?

Ella desvía la mirada, como si analizara la habitación, aunque estoy segura de que eso no es lo que está haciendo porque ha venido miles de veces. O quizás es el orden lo que la desubica, eso sí que puede ser.

—No mucho. No sé si te pasa pero yo pensaba que cuanto más creciera, más claras tendría las cosas, y la verdad es que sigo sin tener ni idea de nada.

—Es igual para mí. Como que tal vez entiendes más por qué te sientes como te sientes, pero no puedes controlarlo ni hacer nada para prevenirlo.

—Algo así, sí.

Lo dice en tono distraído y yo creo que estamos muy lejos, a mucha más distancia de la que nos permitiría el largo de mi cama. Me muerdo el labio, nerviosa. La posibilidad de que no lleguemos a recuperar esa confianza que me parecía tan maravillosa me abruma.

—Entonces, ¿me perdonas?

Escucho cómo coge aire por la nariz, y frunce los labios a la vez que cierra los ojos, como si estuviera tomando una decisión difícil. Luego, abre los ojos, sube la mandíbula y me mira directamente por primera vez en unos minutos que ya se me han hecho eternos:

—Te perdono porque no lo has hecho con mala intención. Pero quiero que entiendas de verdad que como vuelvas a hacer algo así, voy a dejar de hablarte. Ya me ha costado bastante convencerme a mí misma para estar aquí y no mandarte a tomar por culo.

Ese último comentario me escuece bastante, y creo que hago una mueca por ello.

—Tía, a ver —Carraspeo—. Entiendo que no ha sido lo más bonito del mundo, pero tampoco es como para dejar de hablarme, ¿no?

Blanca me mira con dureza, no parece haberle gustado nada lo que he dicho.

—Para ti, no. Pero para mí, sí. Y creo que es importante que entendamos eso, que cada una tiene su vara de medir y las cosas que le joden, y eso se tiene que respetar aunque no lo entendamos del todo.

Trago saliva y esta vez soy yo la que baja la cabeza.

—Tienes razón —reconozco, en un susurro—. Perdóname. Pero me gustaría poder hablarlo contigo si considero que un tío se está portando como un capullo sin que me dejes de hablar. Eso es lo que me ha llevado a hacer esta estrategia de mierda.

—Supongo que yo también tengo que trabajar en eso —Ladea la cara, y lo veo por el rabillo del ojo—.  Es que, no sé… hay algo sobre que critiquen mis decisiones que me enfada muchísimo. Es como que no quiero que nadie se crea que sabe más que yo de mi vida, ¿sabes?

—Sí. Pero tienes que tener en cuenta que yo no pretendo decidir por ti, sino ayudarte a ver esas cosas que a veces, como el corazón es idiota, no es capaz de percibir.

—El corazón es idiota —concuerda, y las dos asentimos como si fuese la única verdad del universo. Y puede que lo sea.

—Muy idiota.

—He mandado a Saúl a la mierda —reconoce entonces, en voz baja y con la boca pequeña.

Toda mi cara se ilumina en la expresión más alegre que debo de haber formado en mi vida, pero antes de que le diga nada, me corta con un gesto de la mano:

—No sabía si decírtelo, porque no quiero que pienses que esa barbaridad que has armado ha servido para algo.

Te puedo asegurar que ya me estaba dando cuenta yo misma y que todo el rollo de Marco no ha tenido nada que ver.

Pero ya que hablamos del tema, bueno, quiero que sepas que me he cansado y que le he dicho que se busque a otra idiota que aguante sus mareos.

Tengo que reconocerlo, no me creo que el Proyecto Tóxico no haya jugado un papel importante.

Puede que sea la más prepotente de la galaxia, pero sí que vi un cambio en ella en cuanto empecé con la estratagema.

De todas formas y por muy impulsiva que yo pueda ser, mi instinto de preservación me lleva a callarme la puta boca en esta ocasión.

Como se me ocurra insistir en las bondades de mi treta, ahí sí que la he cagado hasta el final.

Me limitaré a hacer un bailecito mental de victoria y a dejarlo pasar. Mi amistad con Blanca vale bastante más que empeñarme en tener la razón o en ser la salvadora de nadie.

—Pues… qué te voy a decir, Blanqui. Me alegro un montón.

—Lo sé… es lo que tenía que pasar.

En esa última palabra se le quiebra la voz y suelta un suspiro ahogado, como sorprendida de su propia reacción. Carraspea y se agarra la garganta, con agobio, y mira a ambos lados buscando una escapatoria a lo que está sintiendo.

—¿Estás bien, tía? —pregunto con preocupación.

En cuanto clava sus ojos en mí, sé de antemano la respuesta que me va a dar.

Están llenos de esa angustia que nos embarga cuando tenemos que dejar ir algo que, en el fondo, deseábamos con todas nuestras fuerzas.

Ese odio a la fuerza que ganamos con los años y que nos hace darnos cuenta de que a largo plazo, el dolor será mayor.