55.
Ey, ¿me odias?
Me digo a mí misma, de vez en cuando y solamente cuando me conviene, que en ocasiones en la vida hay que dar tu brazo a torcer. Que también haya otras ocasiones en las que ese brazo da tres vueltas sobre sí mismo y un doble tirabuzón mortal… bueno, es según cómo quieras verlo.
Si me dan a elegir, prefiero mil veces arrastrarme por una amiga que por un chico. Eso lo tengo clarísimo.
¿Que podría haber aguantado más? Sí, por supuesto.
No obstante, han sido dos días en los que no he podido concentrarme en el trabajo. Hasta ha llegado un punto en el que, cansada de que Curro se me acercara cada dos por tres para pedirme perdón, le he espetado un:
—Déjalo ya, tío, que no me apetece hablar contigo. ¿Tampoco respetas eso, o qué?
Tengo que reconocer que no fue mi momento más brillante, y puede que tampoco esté orgullosa de ello.
De todas formas, por la cara de mala ostia que se le puso a Curro debo deducir que ahora me odia un poquito, y qué quieres que te diga, le va a venir bien.
Es mucho más fácil olvidarte de alguien cuando le odias, y la verdad es que después de toda la situación que se ha formado no me apetece demasiado que nuestra "amistad" vuelva a lo que era antes.
No podría hacer como si no hubiera pasado nada.
Y es mi elección qué amigos intento recuperar y cuáles echo de mi vida. Por eso mismo le he hablado a Blanca. Porque tengo esa elección y porque bueno… la extraño. Ya le habría mandado alrededor de diez memes y cuarenta tiktoks graciosos.
No sabes lo mucho que impacta alguien en tu vida hasta que desaparece de repente.
Prometo que dedicaré parte de mi nuevo sueldo a sobornarte con napolitanas de chocolate.
Ese segundo mensaje se me ha enviado solo.
Alguien me ha poseído y ha tecleado a través de mí, lo juro.
Lo miro fijamente con tristeza; no sé qué me da más pena de la situación, si que se marquen como leído sin obtener respuesta o que yo siga insistiendo a pesar de ello.
Estoy jugando un poco sucio, lo cual no me gusta porque refuerza esa teoría de que soy tóxica, pero creo que esos comentarios deberían ablandarla un poco.
Me prometo a mí misma dejarla en paz después de eso. Yo no hay nada más que pueda hacer.
De todas formas, hoy es un día importante: Marco va a venir a casa.
La razón es doble: porque le tengo que demostrar que no me arrepiento de él, por supuesto, y porque ayer me puse a limpiar como una loca solo por tener algo con lo que entretenerme y no pensar en el tema de Blanca.
La cara de mi compañera de piso cuando llegó por la noche no tuvo precio.
Hasta me ofreció del bollo que llevaba en la mano a medio comer, yo creo que en un acto impulsivo de darme algo a cambio de haber dejado todo como una patena.
Con Patricia la cosa va… ¿mejor? Desde luego, es diferente.
Nos sonreímos cuando nos encontramos por la casa, me pregunta qué tal me ha ido el día (y yo a ella), hasta ayer vi a su novio, el fantasma que normalmente no da la cara.
Me hace pensar que quizás yo tampoco estaba haciendo la convivencia demasiado fácil, y que a veces un pequeño gesto de bondad puede abrir muchas más puertas de lo que creemos.
Lo de haber limpiado también tiene que haber ayudado, desde luego.
Me siento como Mónica en aquel episodio de Friends en el que le dicen "Ya has ahuecado esos cojines, Mónica, ¡ya los has ahuecado!
", porque no paro de toquetear la manta que tenemos encima del sofá, como si a cada tirón que diera de un lado se me escurriera por el otro.
Un poco como la vida, supongo, cuando piensas que tienes algo controlado se te está olvidando poner la lavadora.
Cuando llama al portero, me sobresalto como si no me hubiera escrito que estaba a punto de llegar. Doy un par de saltos en el sitio, tratando de desentumecer los músculos mientras espero a que suba.
—¡Bienvenido a la mansión de Troya! No es un caballo, aunque tiene la misma falta de espacio y es probable que aparente mucho más inofensiva de lo que es.
Marco sonríe ampliamente al verme, lo que se ha vuelto bastante habitual estos últimos días. Me ve y sonríe, de forma automática, y eso me hace muy feliz. No tener que estar intentando descifrar a nadie es un soplo de aire fresco que no quiero dejar de respirar jamás.
—Vaya, todo un palacio. No me habías dicho que eras rica, ¿eso es un deshumidificador?
—Veinte eurazos nos costó.
—Alucinante.
Me cuelgo de su cuello para plantarle un beso, y él alza las manos para sujetarme por el torso mientras me lo devuelve con ganas.
—¿Dónde puedo dejar esto? —pregunta refiriéndose al abrigo, que aún lleva puesto.
—En mi cuarto, si quieres.
Abro los brazos para que me lo tienda y espero a que me siga los tres pasos que cuesta atravesar el pequeño salón y llegar a mi habitación.
Tengo que reconocer que jamás he visto mi cuarto tan ordenador. Limpio, sí, porque el polvo me da alergia y si no paso la aspiradora a menudo los pulmones se me resienten. Pero estoy bastante convencida de que llevaba al menos dos años sin hacer la cama, y no estoy exagerando ni un poquito.
La cama, que es un poco más grande que una individual pero no llega a ser de matrimonio, se encaja en la esquina derecha, al fondo, envuelta en mantas de tonos azules, mi color favorito.
Toda la pared de enfrente está llena de fotos, en distintos tamaños y formatos, que he ido pegando sin mucho sentido estético pero con mucho sentido sentimental, porque me ayuda mucho mirarlas cuando estoy triste.
La mesilla de noche es la que venía con la casa, por lo que no pega ni con cola con el resto de la decoración ya que parece estar sacada de una casa de estas que se caen a cachos.
Y tampoco es fácil de abrir, porque los cajones se atascan aunque eso no se vea a simple vista.
En ocasiones he tardado más en sacar unas bragas de ahí que en el resto de mi rutina mañanera.
—¿Y el dosel?
Lo dice mientras se interna en el cuarto y mira a su alrededor, como analizándolo todo en detalle.
—¿Ahora me vas a tratar de princesa? —me burlo.
—¿Me lo ahorro?
Se gira hacia mí con una sonrisa torcida que me dan ganas de decirle que me llame como le dé la gana. Pero no, por supuesto.
—Mejor —le indico, pero con una sonrisa para relajar el tono—. Como mucho, reina.
—Técnicamente, Helena de Troya fue una princesa porque era la hija del rey de Esparta. Yo solo estaba siendo riguroso.
Se encoge de hombros y yo me acerco a él, intentando parecer seductora.
—Si quieres ser riguroso de verdad, se supone que su padre de verdad fue Zeus, así que puedes referirte a mí como semidiosa.
Suelta una pequeña risa que se me contagia al momento.
—No nos pasemos.
—¿Eres el típico chico que quiere una princesa a la que mimar?
Me engancho a su cintura y le cubro el cuello de besos, complacida ante el gemido que se le escapa, ronco, de la garganta.
—Ni muchísimo menos. Prefiero que me salven a mí.
—¿De qué hay que salvarte, si se puede saber?
—Del olvido.
Nuestros labios se encuentran y disfrutamos del beso. Noto que me aparta el pelo de la cara, con delicadeza, y cuando nos separamos me está mirando a los ojos con intensidad.
—¿Tienes miedo de que te olviden?
—De no ser nadie, quizás. Pero eso es para otro día.
—¿Cómo que no eres nadie? Fíjate, estás en mi casa. Eso es un gran privilegio —bromeo—, lo más cerca que se puede estar de serlo todo.
—Vaya… serlo todo —repite, en voz baja y pensativo—. Suena fuerte.
—No te vengas arriba que tampoco nos conocemos tanto y solo te he traído a conocer mi casa.
La pulla, con tono jocoso, hace el efecto que espero porque abre la boca con fingida ofensa y me pellizca el brazo.
—Porque tú ya estabas empezando a vivir en la mía, princesa.
«Princesa no suena tan mal, aunque lo diga de broma» me sorprendo pensando, y en este caso no se me enciende ninguna alarma. Por ahora.
—Claro, es el primer paso antes de casarnos y tener cuatro hijos, dos perros y una casa con jardín...
—No te vengas arriba que tampoco nos conocemos tanto —me guiña un ojo al imitarme, y yo me río.
—Vaya, ya me iba a quejar porque no subes historias a Instagram conmigo…
—Es que no quiero que lo vea el resto de mi ganado —se recochinea, chasqueando la lengua.
—Ostras, eso es nivel avanzado de español, ¿eh?
—Tengo buen dominio con las lenguas, ¿quieres que te lo demuestre?
Nos reímos y nos fundimos en un beso mientras avanzamos hacia la cama.
Nos sentamos en la cama y nos agarramos el uno al otro como si nos fuéramos a perder...
antes de ser interrumpidos por un carraspeo que resuena desde la puerta de mi cuarto.
Al girarnos, ahí está Blanca, con los brazos en jarras, el abrigo aún puesto y expresión seria:
—¿Interrumpo algo?
Trago saliva y creo que la expresión que se me forma es de pánico, porque algo dentro de mí piensa que igual a Blanca no le hace ni puñetera gracia que esté ahí, riéndome y siendo feliz, cuando nosotras estamos enfadadas.
—Eh… ¿Blanca? ¿Qué haces aquí?
La voz me sale algo temblorosa y no sé si quedarme sentada, levantarme o mudarme a Eslovenia. Cualquiera de las tres opciones me parece igual de mala.
—Me ha dejado entrar Patricia, que me la he encontrado en el portal —Señala hacia atrás, como si la susodicha siguiera allí y no hubiera corrido a esconderse en su habitación.
—¿Has venido a hablar?
Titubea, y su expresión titila también. Centra la mirada en Marco, que se ha quedado quieto en medio de su habitual tranquilidad. Él también parece atento a las palabras de mi mejor amiga.
—No lo sé. Quizás. Tenía pensado decidirlo aquí —reconoce Blanca—. Pero si estás ocupada, vuelvo en algún otro momento.
Entonces el chico hace algo que nos sorprende a ambas: se levanta con total naturalidad y avanza dos pasos hacia ella, tendiéndole la mano.
—Marco, encantado —mi amiga se la estrecha, flipando—. Italiano, tóxico de pega y amante de los paseos en los momentos tensos. Luego vuelvo y continuamos.