53.
Estoy plantada delante del bar en el que trabaja Blanca.
En una mano llevo una napolitana de chocolate y la otra la tengo cerrada en un puño. Creo que no había estado tan tensa jamás.
Tampoco tengo demasiado claro qué busco o qué quiero que pase en ese encuentro.
Para empezar, no le he avisado de que venía, porque estoy segura de que hubiera buscado una manera de escaquearse, airada.
El comentario que le hice le tiene que haber hecho muchísimo daño, y es de lo que más me arrepiento.
No tanto de Proyecto Tóxico, por motivos obvios y porque aunque reconozco que no es la mejor manera de proceder, siempre defenderé que mis intenciones eran las mejores y que no quería hacer daño a nadie.
Otra cosa es que ella lo entienda, que según cómo me ha ido contando las cosas… lo veo difícil. Muy negro, la verdad.
Soy capaz de perdonarla si ella es capaz de pedirme perdón.
Es de lo poco que tengo claro cuando empujo la puerta del bar y me cuelo dentro a diez minutos de la hora de cierre.
Y también quiero pedirle perdón por haberle soltado lo que con total seguridad es el comentario más de puta mierda del universo.
El resto… bueno, le voy a dar las explicaciones que se merece, pero hay cosas por las que no pienso pedir perdón. Es una combinación un tanto complicada.
Si algo me ha enseñado la vida es que esto no tiene por qué salir bien.
Lo tengo clarísimo. En las películas, las amistades sobreviven a todo.
En algunas series incluso, flipas con lo que llegan a perdonarse.
O ni siquiera lo hacen, solo hay una movida y se pelean a pecho descubierto por la otra persona, lo que te hace deducir que todo ha sido olvidado.
En la vida real, esto no pasa ni de coña. Te pasas la adolescencia y parte de la etapa medio adulta pensando que sí, y de repente tu amiga te hace una putada, le dejas de hablar y ¡pof! Han pasado cinco años y habéis perdido del todo el contacto.
No querría que me pasara eso con Blanca, aunque lo que tengo claro es que hay cosas en las que tiene que ceder ella también para que podamos arreglarlo. Una relación, aunque sea de amistad, al fin y al cabo es una relación y tiene bastantes similitudes con las amorosas.
Se está girando de nuevo hacia la barra cuando me ve, y se queda quieta de golpe.
Su expresión se tiñe de tristeza, y eso me encoge el corazón.
De alguna manera, me hubiera esperado encontrarla más agresiva, a la defensiva como la veo siempre.
Que haya bajado la guardia a pesar de haberla "emboscado" en su trabajo me baja las defensas a mí también.
—¿Puedes hablar? —le digo, acercándome con timidez.
Antes de que diga nada, alzo la napolitana para enseñársela, intentando que mi expresión sea dulce.
Se me da fatal poner caras tiernas, pero espero que me haya salido algo parecido.
La napolitana de chocolate es un gesto de paz, y lleva pringándome la mano a través de la servilleta al menos diez minutos.
Cierra la boca y asiente, estirándose encima de la barra para alcanzar el dulce. La coge y le da un buen mordisco, respirando hondo a la vez que traga. Me resulta bastante satisfactorio ver todo eso, y lo interpreto como una señal de que me siente y la espere, así que eso hago.
Selecciono la mesa que solemos ocupar, me quito el abrigo y me lo pongo encima de las piernas.
La última vez que estuve en un bar en un proceso más o menos confrontativo fue con Curro y me tuve que ir corriendo, así que casi prefiero tener el abrigo a mano en lugar de verme obligada a desengancharlo de una de estas sillas de metal.
Me resulta triste que me esté preparando para salir huyendo, porque esa posibilidad solo existe ahí donde queda el rendirse con nuestra amistad, y no considero que la hayamos cagado tanto como para no poder arreglarlo.
«A ver qué opina ella» pienso mientras le veo dejar el paño en la barra, hacerle un gesto a su jefe y acercarse a donde estoy sentada.
Coge la silla casi con timidez y se deja caer de forma estruendosa, lo que no pega demasiado con la situación.
—Estoy enfadada —me anuncia, aunque su tono es más suave de lo que una esperaría con esas palabras.
—Ostia, y yo —convengo, encogiendo un hombro.
—Vale. Por si acaso pensabas que lo de la napolitana era suficiente.
Pone los brazos encima de la mesa y los arrastra hacia delante hasta juntar ambas manos, expectante.
—La napolitana era una bandera blanca —me explico—. Y también quería pedirte perdón por lo que dije.
—Te pasaste muchísimo —y ahí sí que noto rencor en su voz.
—Me pasé seis mil pueblos —concuerdo, y bajo la cabeza para centrarme en la mesa de plástico oscura—. Porque estaba dolida y me salió querer hacerte daño también. Se me fue la olla y eso no lo justifica, solo lo explica. Me di cuenta en cuanto lo solté. Y por eso lo siento mucho.
Me observa en silencio y noto sus ojos clavados en mí aún sin levantar la mirada. Yo espero, paciente y agarrándome las rodillas por debajo del abrigo que sigue reposando en mis piernas. Listo para salir huyendo.
—Vale. Te perdono… si tú me perdonas a mí también.
El alivio que siento en ese momento es titánico. Del tamaño del planeta o de todo el Sistema Solar junto. No puedo evitar un suspiro enorme que se me disuelve entre los labios, y creo que tengo más ganas de llorar en ese momento que hace dos días, cuando fue toda la movida.
—No debí haber contactado con Curro ni decir esas cosas de ti —sigue ella, con el ceño fruncido por la preocupación—. Y entiendo que te haya podido joder mucho, porque estoy convencida de que yo me hubiera sentido igual.
—Eso es algo que tendrías que haber pensado antes de hacerlo —le replico, sin poder evitarlo.
Una cosa es que me alegre de que estemos de buenas y otra que vaya a irme sin defenderme.
—Lo sé, pero tú eres la primera que tiende a cogerse la justicia por su mano.
«No sabes hasta qué punto… aún. Veamos qué pasa cuando te lo cuente».
—Sí, y esas cosas se hacen sin pensar, lo entiendo —miento un poquito, pero solo un pelín.
—Eso, es que fue sin pensar —insiste, con angustia.
Y yo asiento, con calma y tratando de procesar lo que aún me queda por hablar con ella.
Ya se ha hecho de noche, porque es noviembre en Madrid y a las seis nos quedamos sin luz.
Las luces del bar donde trabaja Blanca son amarillas, artificiales.
Nada que resulte del todo acogedor, así que trato de centrarme en a lo que he venido para evitar que se me acumule esa sensación ya tan familiar de querer salir huyendo a protegerme bajo las sábanas.
—No he sido tóxica con Curro, sigo sin estar de acuerdo con eso —le informo, muy firme—.
Tendría que haberle aclarado más las cosas, pero ya está.
Las ilusiones se las hizo él y mi única culpa es no haber sabido darle un golpe seco en la nuca.
Pero no se me tiene que demonizar por eso.
No es justo que se parta de la base de que tenga que demostrarle que no me gusta, lo lógico sería que le tuviera que demostrar que sí me gusta para que hiciera cualquier cosa, ¿no?
—Lo sé, tía, lo sé. Tienes toda la razón. Se me fue un poco, me parecía mal lo que estabas haciendo y… me puse más en su lugar que en el tuyo. Perdona.
Asiento. Y espero. Y cojo fuerzas. Venga, ánimo Elena, tú puedes, ahora viene lo difícil… y no es que hasta aquí el camino haya sido precisamente de rosas. Chasqueo la lengua y cierro los ojos para obligarme a sacar el tema:
—Ahora es cuando me tienes que perdonar tú a mí, porque yo tengo que contarte algo también.
Se tensa en la silla y frunce el ceño un poco, como sin saber a dónde quiero llegar. Creo que ella, como yo, estaba ya tranquila pensando que la tormenta había pasado.
«Pues te vas a comer un señor rayo en toda la jeta» pienso, nerviosa.
—¿Algo? ¿Algo malo?
—Te va a sentar mal —Asiento, y levanto los brazos para apoyar las manos en la mesa y centrar la vista en ellas.
No quiero tener que enfrentarme a sus ojos—.
Lo sé y como mi intención no fue mala tampoco, no he sido capaz de contártelo hasta ahora.
No obstante, te mereces saber la verdad y enfadarte también conmigo, como me enfadé yo el otro día.
—Me estás asustando. ¿Has hablado con Saúl?
—No, no —me apresuro a aclarar—. Ni siquiera tengo su Instagram, no te rayes por eso. Tiene que ver con él, eso sí. El caso es que… bueno, yo te lo voy a soltar y solo quiero que me dejes acabar antes de cabrearte, ¿me lo prometes?
—Te prometo intentarlo.
Cojo aire y lleno mis pulmones, como siempre que estoy a punto de hacer algo muy difícil. Me froto las manos para tratar de entrar en calor y doy gracias porque el bar esté prácticamente vacío y no haya, en principio, nadie que pueda presenciar el numerito que puede que se monte.
«Allá voy» pienso, en un intento estúpido de darme ánimos a mí misma.
—Sabes lo que pienso de Saúl, aunque no lo hemos hablado mucho. Me parece un tío, este sí, súper tóxico, que juega contigo cuando tú te mereces todo lo mejor del mundo. Y tú eres una chica muy fuerte y empoderada que no tiene por qué aguantar esas cosas…
—Elena…
—Tía, déjame acabar por favor. Luego me das una leche si te apetece.
Su expresión es ya de cabreo, lo que era de esperar con lo poco que le gusta que toque ese tema, pero cierra la boca y se echa un poco hacia atrás. Aprecio mucho mentalmente ese gesto, porque sé lo que le está costando contenerse y dejarme hablar.
Lo que tengo bien claro es que es bastante probable que me acabe llevando esa leche.
—Esta es la razón por la que no hablamos del tema, porque te cabreas muchísimo y te cierras en banda. Y yo entiendo que es tu vida, pero es muy jodido ser tu mejor amiga y estar a tu lado viendo cómo no te tratan como mereces sin decir absolutamente nada.
Más silencio, aunque tiene los labios fruncidos y me mira desde abajo. Parece un gato preparado para soltar un zarpazo en cualquier momento.
—El caso es que hablando con… bueno, precisamente con Curro, lo que resulta bastante irónico —Suspiro— le dije un poco en coña que yo sabía que si a mí me tratara un tío así, tú serías la primera en decirme que le mandara a la mierda.
Y, bueno… él hizo otra coña, yo la seguí y al final no sé por qué, me pareció una buenísima idea engancharme al primer tío tóxico que encontrara, hablar un poco con él para que mostrase todo su ser y que tú me dijeras que así no se trata a la gente.
Porque… bueno, porque pensaba que así quizás tú te dieras cuenta de que Saúl no te merece tampoco.
Los ojos de Blanca se abren del todo con una incredulidad que no le había visto nunca a nadie.
Su expresión es una mezcla de miedo y asco que me destroza al momento.
Me dan ganas de llevarme la mano a un corazón que se me está haciendo trizas, pero nunca he sido muy de dejarme llevar por el dramatismo.
«Esto no va nada bien, tienes que seguir hablando» entro en pánico, y trago saliva antes de continuar:
—Y conocí a Marco y bueno… pues ya sabes el resto.
No es que te haya mentido, todas esas cosas las ha dicho, solo que últimamente está siendo buenísimo y me ha dicho que le gusto y tal…
y a mí me gusta él, Blanca. Si no me gustara tanto, te juro que lo hubiera mandado a la mierda solo por no tener que seguir con la farsa y que se olvidara todo. Te lo juro.
Me tiembla un tanto la voz al final, y ella no reacciona. Ladea la cabeza, y estoy bastante segura de que está evaluando si pegarme un zarpazo de verdad.
—No es una excusa, porque no lo es, pero ya sabes lo mal que lo pasé con Nando. Creo que me he quedado tocada por eso y no soy capaz de tolerar nada que me lo recuerde. Y mucho menos estaba tranquila viendo cómo te lo hacían a ti, porque eres mi mejor amiga y te quiero muchísimo. Ya lo sabes.
Más silencio, y yo bajo los brazos para agarrarme al abrigo, por si necesitara salir pitando de allí. No he visto nunca a Blanca verdaderamente enfadada, pero algo me da que lo tengo delante.
—Siento mucho si te ha sentado mal o si te sientes traicionada, pero no era mi intención, de verdad.
—No quiero hablar contigo ahora mismo.
Y con esas palabras, que me hielan el alma y me secan la garganta, se levanta sin decir nada y se dirige derechita al almacén, donde guarda su abrigo y su bolso. Con la expresión congelada, observo sin saber qué hacer o qué decir cómo sale del bar sin siquiera mirar atrás.
Al final, el abrigo no me va a servir para huir, sino para tratar de calentarme un poco el frío que me ha quedado anclado en el corazón.