Un error a medida 52.
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La perspectiva de ver a Marco me alegra. Sé que me va a venir bien su paz, su calma. De hecho, cuando me recibe en su casa, otra sonrisa se me escapa desde los labios, es probable que destinada a estamparse contra los suyos.

—Estás muy guapo —le digo, y tengo la sensación de que las palabras también se me han escapado sin mi consentimiento.

—Tú también.

Me deja pasar y aunque no nos saludamos con un beso (aún es pronto para hacerlo costumbre, supongo) el beso suena en el ambiente, en el espacio que nos separa.

Cuelgo el abrigo, como siempre, y me dirijo al salón como si yo misma viviera en esa casa.

Dejo caer el cuerpo como un fardo en el sofá y él me acompaña, sonriente.

—Vaya, estás en la mierda.

—Muchas gracias, Marco. Eres un encanto.

—De nada.

El silencio que acompaña a sus palabras no es incómodo, todo lo contrario. Cierro los ojos para disfrutar de su presencia, y él espera pacientemente a que yo arranque a hablar. Justo lo que necesito.

—¿Qué tal tu día? —me pregunta, con cautela.

Sabe que estoy ahí para hablar de lo que me pasa, pero no quiere entrar directamente al trapo. Me parece bien.

—Pues… regular. Un poco agobiada, la verdad. ¿Y el tuyo?

Se encoge de hombros, y se inclina un poco hacia mí. Acaba por darme un beso suave en los labios, y luego se los muerde, lo que me parece increíblemente sexy.

—Tranquilo. Normal. Eres tú la que ha tenido movida.

—Ya…

—¿Quieres contármela, entonces? Igual te puedo ayudar.

«Dudo que puedas ayudarme» pienso, pero no lo digo en voz alta. No creo que nadie pudiera recibir bien ese comentario.

¿Es un poco raro que esté aquí? Él no parece del todo cómodo… o igual son rayadas mías. Cojo fuerzas hinchando el pecho y:

—Estoy enfadada con Blanca.

Reconocerlo en voz alta me agobia en cierta manera, como si hasta ese momento no hubiera sido real del todo. Él se separa un poco y se acomoda en el sofá, de lado y con el brazo subido al respaldo, para escucharme bien.

¿Hay algo más atractivo que un chico prestándote toda su atención? Yo digo: no.

—¿Qué ha pasado?

Me escurro por el sofá hasta quedarme tumbada, con la cabeza al lado de su regazo.

Por un segundo me siento tentada a apoyarme en él, pero la idea me apetece en la misma medida en que me incomoda, así que la descarto.

Él baja la cabeza para centrar su mirada en mí, y yo intento ordenar mis pensamientos para que no salga la maraña que siento en la cabeza desde ayer.

—A ver, tengo un compañero de trabajo que se llama Curro y que bueno, desde hace un tiempo sí que he notado que puede que le guste —Le miro de reojo, y veo que él asiente—. El caso es que hace como diez días, antes de que nosotros… habláramos, y eso, me dijo de quedar a ver una peli.

—Entiendo.

Sé que solo ha dicho algo por animarme a seguir, ya que sigue sin mover ni un músculo.

—Y cuando me lo dijo yo le aclaré que íbamos como amigos, pero ese día cuando fui estaba hecha un lío y no sé… debió confundir las señales y me plantó un beso.

Alzo la mirada para intentar analizar su expresión, pero no varía ni un poco. En esos momentos, no me gusta tanto que siempre esté tan tranquilo. Agradecería alguna pista sobre si le está jodiendo.

Soy plenamente consciente de que no tendría derecho a enfadarse por un beso que sucedió cuando aún ni siquiera nos habíamos dicho que nos gustábamos, pero he visto de todo en esta vida.

Y el tema es que, aunque yo sepa que no he hecho nada malo, eso no quiere decir que no me preocupe que le moleste.

Porque él me gusta mucho y lo último que quiero es alejarlo de mí.

Así que apreciaría si dejase de ser un tótem con cara de póker aunque sea por dos segunditos. Suspiro antes de continuar, resignada a solo recibir ese silencio:

—Yo me quedé un poco bloqueada y el lunes hablé con él al respecto.

Blanca opinaba… bueno, y opina, que tendría que haber sido radical y decirle que no me gusta y que no se haga ningún tipo de ilusiones conmigo, pero a mí me parecía como muy chungo ir por ahí soltando esas cosas tan a bocajarro, y él me dijo que había sido muy precipitado y que estaba bien, así que no sé…

lo dejé ahí y pensé que ya se lo iría demostrando de manera menos brusca.

—¿Menos brusca?

No sé si suena confuso o un poco tenso, pero por si acaso procuro tener mucho cuidado con mi respuesta:

—En plan intentar no quedar con él a solas y darle largas hasta que él mismo se diera cuenta de que no hay ese tipo de interés. No sé, me parece mucho más suave que la propia persona se dé cuenta que el destrozarle el corazón de golpe.

—Entiendo —repite, y esta vez no tengo tan claro si lo dice porque continúe o por qué es.

—¿Entiendes?

—¿Y por qué te has enfadado con Blanca, entonces? —replica, ignorando mi pregunta.

—Porque al parecer, como le pareció mal lo que hice… o más bien, lo que no hice —corrijo, sarcástica— y yo le había presentado a Curro un día, le contactó por Instagram para decirle que cuidado conmigo, que soy una tóxica.

—Joder —se le escapa, como única respuesta.

—Sí, sí —Resoplo, y me paso las manos por la cara—.

Y lo peor es que Curro me lo soltó porque le dije que no me gustaba de esa manera, así que ya ves lo que tardé al final en dejárselo bien clarito.

Lo que más me jode de todo es que Blanca piense eso de mí, es como que me siento traicionada y que no confiaba en que al final fuera a actuar bien con Curro.

—Está bien que se lo hayas aclarado.

Por su comentario entiendo que está un poco celoso, y recuerdo que me confesó hace poco que tenía ciertos problemas con los celos. Puede que esa expresión que está poniendo ahora mismo sea de contenerse, siendo consciente de que no tiene derecho a pataleta pero no pudiendo evitarlo.

Como ya lo dijo Galeano, "somos lo que hacemos para cambiar lo que somos", así que ahora mismo Marco me gusta incluso más por estar luchando contra sus propias inseguridades.

Hago acopio de fuerzas, me incorporo y me quedo frente a él, que no se ha movido casi ni un milímetro desde que he empezado a hablar.

—¿Te parece mal?

—¿Lo del chaval ese? No.

—¿Te parece mal… alguna otra cosa?

Lo reflexiona durante unos instantes y me entra el miedo.

Entra como un escalofrío que se me pinza en la nuca, nublándome la vista.

Ya tengo suficiente con haberme peleado con Blanca, no soy tan fuerte como para enfrentarme a las dos cosas a la vez.

Por suerte, no tarda demasiado en volver a abrir esa preciosa boca suya:

—Mira, a mí no me debes nada. Ni antes, ni ahora.

Nos estamos conociendo y creo que no es bueno para ninguno de los dos ponernos a etiquetar nada ya, aunque yo te voy a ser sincero y decirte que no estoy viendo a nadie más.

No sé, igual a otra persona le molestaría esto que me estás contando, pero a mí no.

—Entonces, ¿no crees que sea una tóxica…?

Lo digo con tono de cachorrillo, soy plenamente consciente. También sé que lo que espero tras eso es una respuesta rápida, concisa y sencilla: "No, Elena, no eres una tía tóxica. Eres una persona maravillosa y tienes toda la razón".

Aunque claro, esas respuestas no existen en el mundo real, o al menos no vienen de gente de carne y hueso a la que no pagas ni un duro por hacerte la pelota.

—Es que creo que no tenemos la misma visión de lo que es una persona tóxica.

Ladea la cabeza y frunce un poco el ceño, como si estuviera intentando plantear algo difícil de forma delicada.

—¿A qué te refieres?

Tengo que reconocer que me ha picado la curiosidad, así que me acomodo en el sofá. No le noto enfadado, así que parte de la preocupación se me ha ido; lo que sí que me queda es una cierta incertidumbre porque no sé qué está pasando por su mente.

—Tú ves a las personas como tóxicas o no tóxicas.

Blanco o negro —Alza la mano para cortar con ella el aire, como separándolo en dos—.

Yo creo que todo el mundo puede tener comportamientos que otra gente perciba como tóxicos.

Reconozco que hay personas que se llevan la palma con estos temas pero yo estoy convencido de que he debido de ser tóxico en ciertos momentos sin darme cuenta, y creo que es probable que tú lo hayas sido también, y eso no te convierte en una persona horrible.

Es como si un jarro de agua fría se me hubiera derramado encima de los rizos, ahogándome un pelín. Me paso la lengua por los labios, como si pudiera recoger con ella las gotas que deben estar ya chorreándome de la frente tras el chapuzón.

—¿Crees que he hecho cosas de tóxica?

—Yo no tengo ni idea de la situación más allá de lo que tú me has contado, y te advierto que puedo exasperar mucho porque no me suelo posicionar —Sonríe de medio lado, como si rememorara una discusión recurrente—, pero aunque creo que eres una buena persona, porque si no no estarías aquí y no querría pasar tiempo contigo, te has metido en una situación que te está obligando a hacer ciertas cosas que pueden llegar a parecerse a, bueno… a cosas tóxicas.

—¿Como cuales? ¿Contigo?

Me recorre un escalofrío y él encoge un hombro, como si se debatiera entre cambiar de tema o insistir en ello. Desde luego, parece ser algo que le preocupa, así que intento mantener una expresión neutra, aunque creo que se me tiene que estar escapando la tristeza por los poros.

—A ver, tengo que decirte que me joden ciertas cosas, como que no me quieras enseñar tu piso o que prefieras no contarle a nadie que nos estamos viendo.

Entiendo tus motivos, pero me duelen un poco y creo que puede que estas cosas se puedan confundir con comportamientos tóxicos si lo ves desde otro enfoque.

Para que te hagas una idea, hoy ha habido un momento en el que he tenido que pararme a pensar si estas cosas no me molestan solo porque me gustas mucho o si realmente no tienen esa importancia.

Me llevo la mano al pecho de manera inconsciente, porque me duele un poco el corazón.

Es probable que me haya dolido más en el ego que en el pecho, yo que siempre me vanaglorio de intentar hacer el menor daño posible.

Al final, y aunque llevamos ya diez días conociéndonos sin juegos, parece que no había sacado todavía a Marco de la categoría donde le había metido.

Y no estoy acostumbrada a que me digan sin tapujos y sin discusiones algo que he hecho que les molesta.

—Ostras, siento mucho haberte hecho sentir así —le digo, con sinceridad y sin poder evitar el tono de sorpresa en mi voz—. No… ni siquiera lo había pensado.

Reconocer eso me duele casi más que la culpa que empieza a carcomerme por dentro. Él se echa hacia delante para posar sus manos en mis hombros, conciliador.

—No te preocupes, en serio. Es que he aprendido que tengo que empezar a hablar de estas cosas —Le quita importancia con un ademán, y sonríe, aunque creo que no es una sonrisa sincera—.

Y no sé, igual te ayuda a poner un poco en perspectiva lo de tu amiga.

Aunque hubieras hecho cosas de persona tóxica, que no es lo que estoy diciendo, eso no te convertiría en una tóxica, ¿me explico?

Asiento, y le agarro la muñeca con la mano, intentando transmitirle confianza.

—Marco, pero mírame un segundo.

Sus ojos buscan los míos con una necesidad que me irrumpe por dentro al darme cuenta de que es igual que la que siento yo. Trago saliva, y él, para variar, no dice nada. Solo espera a que yo decida hablar, sin prisa.

Se lo he dicho muy convencida, pero al encontrarme con sus ojos, me tiembla hasta el alma.

Me agarro a mi propia mano con la otra, intentando sujetarme a él, y al abrir la boca me doy cuenta de que cualquier palabra que vaya a pronunciar va a temblar lo mismo que yo.

Cierro un poco los labios, le recorro la expresión con la mirada y veo que sigue esperando, con esa paciencia que es tan suya y que contrarresta mi nerviosismo.

De alguna manera, sé que no le importa que esté tardando, que sabe que necesito tiempo. Y eso me tranquiliza tanto que me ayuda a poder hablar:

—Si no quiero que vengas a mi casa es porque…

bueno, porque me da algo de vergüenza y porque tú vives solo y es mucho más cómodo estar aquí.

Hoy en específico se añadía también el tema de Blanca, claro.

Pero si te parece, la próxima vez quedamos ahí, así me mentalizo y recojo un poco —Se me escapa una risita nerviosa, y él sonríe con un brillo en la mirada—.

De lo de decírselo a la gente… a ver, te voy a ser sincera: no se trata solo de lo de Blanca, que sé que lo tengo que solucionar, es más bien que tengo miedo.

Todo esto me hace sentir muy vulnerable y me saca una vena que está acojonada y solo quiere correr.

Entonces si no lo voy pregonando es por eso, pero…

Joder, vale, me estoy escuchando —Me tapo la boca con una mano— ¡Soy una tóxica! ¡Esto es lo que diría una tía tóxica!

Se echa a reír y cierra los ojos, encantado por alguna razón que no llego a entender. Luego se inclina para capturar mis labios con los suyos. Me dejo llevar por el beso, aunque no entiendo muy bien qué le está pasando por la cabeza.

—Eso es lo que diría una tía tóxica —confirma, cuando nos separamos—. Aún así, te voy a dar el beneficio de la duda y voy a dejar que me muestres que no lo eres.

Me guiña el ojo, y no puedo contenerme: le beso, esta vez yo, con el deseo que de repente estalla en mi interior. Me corresponde apasionadamente y me agarra la cara con ambas manos.

—Voy a tener que demostrártelo, entonces.