Un error a medida 51.
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Aparecer esta mañana por la oficina es lo más similar a un acto heroico que he realizado en mi vida.

Tras obligarme anoche a pasar un buen rato despierta sin llorar para no despertarme hoy con los ojos hinchados, he conseguido dos cosas: dormir apenas cinco horas y que parezca que no he descansado ninguna de ellas.

No obstante, sé que no puedo pedir nada más dadas las circunstancias, así que me he cargado de corrector de ojeras y he tirado hacia delante.

Lo peor ha sido ver a Curro. Porque ahora ya no está enfadado, ahora está preocupado y arrepentido. Y la verdad, no sabría decir qué prefiero, lo que sí que tengo claro es que me está tocando los ovarios.

—Ahora no quiero hablar del tema, de verdad —le repito, por enésima vez.

—Es que me he metido donde no me llaman y no quiero que os afecte.

—Me has dicho la verdad y ya nos ha afectado, pero no tiene nada que ver contigo, ¿vale? De verdad, no quiero hablar de esto ahora.

—¿Te vienes a desayunar?

—Hoy, no. Necesito espacio, por favor.

La última parte la digo con un extra de dureza para ver si pilla lo que le estoy diciendo de una vez por todas. Algo dentro de mí me dice que tal y como se está portando, me demuestra que hubiera dado igual lo clara que fuera al decirle que no estaba interesada: no se hubiera dado por enterado.

Se acaba marchando, cabizbajo, y veo en la expresión de mi jefa que se muere de ganas por preguntarme qué pasa.

Obviamente, ni ella está en posición de cotillear ni yo debería seguirle ese juego, así que intercambiamos una mirada y yo vuelvo a la búsqueda de licitaciones que, por suerte, me tiene entretenida buena parte de la mañana.

A la hora de comer, me llevo el táper caliente a la mesa y sigo trabajando.

Lo bueno de estar en una ONG pequeñita es que nunca faltan las cosas por hacer.

Curro no vuelve a molestarme, aunque me lanza miradas de cachorrillo perdido desde el otro lado de la sala que yo hago lo que puedo por ignorar.

Cuando salgo de trabajar, tengo el móvil (que he estado ignorando de forma deliberada) plagado de mensajes, pero ninguno es de Blanca. Eso me entristece un poco: no he vivido muchas rupturas con amistades, pero se me está antojando igual de duro que cualquier ruptura amorosa por la que he pasado.

Sin embargo, ver un mensaje de Marco sí que me saca una sonrisa.

¿Qué tal tu día, señorita?

Me imagino que pronuncia el "señorita" con ese marcado acento italiano suyo y me derrito. Tengo muchas ganas de verle. Solo lo poco que me apetece depender de él en lo más mínimo me impide presentarme en su casa y pedirle un abrazo. Eso, y que aún no tenemos la suficiente confianza… ¿no?

Pues… mal. Me he enterado de una cosa de Blanca y hemos discutido. No nos hablamos.

Me ha puesto el mensaje hace un par de horas así que no me espero que me conteste rápido.

Me dedico durante unos minutos, lo que tarda en pasar el metro, a marcar como leídos los mensajes de los chats de grupo y contestar a los que puedo responder sin machacarme demasiado la cabeza.

Teresa ha puesto, en el grupo que montó Blanca, que qué tal estamos y que si nos apetece salir este viernes.

Ella siempre intenta planear todo con la mayor antelación posible, y casi me dan ganas de decirle que no cuente con ello.

Si tuviera… no sé, diez años menos, lo hubiera hecho.

Bueno, quizás cinco.

O dos.

Me subo al metro cuando me llega el mensaje de Marco.

¿Te apetece que quedemos y me lo cuentas?

Sonrío, y creo que es la primera sonrisa que he esbozado desde hace más de un día. Desde antes de enterarme de lo de Blanca. Y deduzco que de donde viene esa sonrisa, podría haber más, y que no me vendría mal investigarlo.

Me vendría bien, creo. ¿Cómo tienes el día?

Hoy he salido antes de trabajar, ¿quieres que me pase por tu casa?

Lo reflexiono durante unos instantes, y la posibilidad de que Blanca venga a mi casa de sorpresa me supera.

¿Y si viene para disculparse, ve a Marco ahí y tengo que elegir entre seguir mintiendo o desvelarle que yo también he actuado a sus espaldas?

Un escalofrío me recorre de arriba abajo solo de pensar en esa posibilidad.

No sería tan descabellado viniendo de Blanca.

Siempre ha dicho que las cosas hay que solucionarlas en persona, que hay que hablar cara a cara y no a través de un "cacharro electrónico" (como llama a su móvil cuando se le acaba la batería o se le reinicia de repente), así que sé que si quiere arreglar lo que ha pasado, lo más probable es que no me avise antes.

No, mejor voy yo a la tuya. ¿Te viene bien a las siete?