50.
Los cuarenta y cinco minutos que Blanca tarda en llamar a la puerta se me hacen eternos. Más que toda la tarde que llevo hecha una bola en mi cama.
He aprovechado para darme una ducha, lavarme el pelo y exfoliarme la piel, cosas para las que normalmente no tengo tiempo.
Me digo a mí misma que me viene bien mimarme, aunque al final del proceso solo estoy aún más cansada (llorar me deja sin fuerzas) y el nivel de estrés que llevo encima no ha disminuido ni un poquito. Eso sí, huelo increíble.
Me he puesto un chándal en lugar del pijama, porque mi pijama tiene corazoncitos enormes y no me parece que sea apropiado para lo que se viene. Pienso que parece que me arreglo más para discutir con mi mejor amiga que para muchas cosas de mi vida, pero qué le vamos a hacer.
Me quedo sentada en el brazo del sofá, mirando a la puerta con los brazos cruzados. Patricia hace tiempo que se fue a la cama (a las diez está durmiendo, como una niña buena) y yo sé que me voy a tener que llevar la discusión a mi cuarto, pero hasta entonces esperaré en silencio aquí.
Suena el timbre y me sobresalto antes de apresurarme a abrir. Y mientras escucho a Blanca subir las escaleras, cojo aire profundamente y reprimo las lágrimas que vuelven a luchar por salir.
Aparece con una expresión muy preocupada. Cuando entra en la casa, la dejo pasar y noto que no sabe cómo saludarme. Desde luego, tiene claro que cualquier muestra de cariño se la voy a rechazar.
—Hola —murmura.
—Hola… Vamos a mi cuarto, mejor. Patricia está durmiendo ya.
Asiente y me sigue en silencio hasta que cerramos la puerta. Yo me siento en mi cama, que está hecha un desastre. Tengo ciertas dudas del olor que puede estar impregnando la habitación en esos momentos, porque no me he acordado de ventilar. Pero me da igual. Si le huele mal, se aguanta.
—Elena, yo… no sé qué te ha contado Curro, pero seguro que no te lo ha contado bien.
—Joder, tardas poco en echar balones fuera.
Alza un poco la cabeza, aún desde la puerta.
—Veo que ya estás calentita. ¿Qué te ha dicho?
—Por supuesto que estoy calentita, Blanca. Estoy ardiendo como una puta pira funeraria —siseo, y me cruzo de brazos—. Me ha dicho que contactaste con él por Instagram para decirle que tuviera cuidado conmigo. Que soy… una tóxica.
Su reacción es como si le estuviera contando algo que no se relaciona con ella. Como si se hubiera enterado de algo malo que me hizo una tercera persona. Eso me enfada aún más, porque me jode mucho la gente que no es capaz de afrontar sus propias cagadas.
—No le dije eso.
Sus palabras están cargadas de cautela, por lo que intuyo que, al menos, es consciente del terreno en el que se está moviendo. O lo que está en juego si se pone chula.
—Ah, ¿no contactaste con él por Instagram para advertirle sobre mí? —pregunto, con sorna.
—No le dije que eras una tóxica, joder. Le dije que igual él estaba buscando otra cosa y que tú… no sé, que tendías a no dejar claro lo que querías y que igual no le convenía meterse ahí.
—Es lo puto mismo, Blanca.
—¡No es lo mismo!
—Claro que sí. Aunque no me sorprende que no lo distingas. Al fin y al cabo, no distinguirías a una persona tóxica de verdad ni aunque te lo estuvieras follando durante ocho meses.
El comentario me sale de la parte más envenenada de mi alma, y ella cierra la boca lentamente y abre los ojos, dolida. Veo en su rostro que no se cree lo que acabo de decir, y tengo que reconocer que yo misma no me consideraba tan agresiva, o no creía llegar a esos límites nunca.
—¿Qué me acabas de decir?
Considero a Blanca una tía dura, por así decirlo. Alguien con quien es mejor no meterse. También podría aplicarme la misma definición a mí, aunque si he de ser sincera, tiendo a pensar que ella podría conmigo en una pelea. Si es que fuéramos de esa gente que llega a las manos, claro.
«¿Somos de esa gente que llega a las manos?».
Me gustaría decir que me arrepiento del comentario horroroso que acabo de soltar, pero la verdad es que no.
Me siento mejor por haber conseguido replicar en ella, aunque sea por un segundo, el dolor que me ha hecho sentir a mí.
Es probable que esto me convierta en una persona un poco cuestionable, pero llevo toda la tarde llorando, hecha una puta mierda en mi cama y ahora mismo no quiero tener que pensar en ello.
—Lo que has oído.
—No me puedo creer lo que acabo de escuchar.
—Ya somos dos.
La temperatura del cuarto ha descendido varios grados.
Podría decirse que nos estamos helando, y con cada mirada que nos evitamos no hacemos más que empeorarlo.
Lo sé. Soy consciente de que este es el momento en el que me toca decidir si quiero mandar a la mierda mi amistad con Blanca o intentar arreglarlo como sea.
Pero ni siquiera se me ocurre por dónde empezar. Y yo no quiero tener amigas que consideren que soy una tóxica. Me parece lo peor que te pueden llamar, el insulto más despiadado de todos. La categoría más baja en la que colocar a una persona.
Que sea precisamente Blanca la que lo piense me rompe por dentro.
Me duele muchísimo y me hace sentir pequeñita.
No obstante, no le voy a decir nada de eso, no quiero tener que hacerlo.
Necesito que ella misma se dé cuenta, que piense un poquito en mí y en lo que estoy viviendo ahora mismo. Las amigas están para eso, ¿no?
Blanca responde a mi pregunta no formulada cuando agarra con rabia el picaporte de la puerta de mi cuarto y se larga, dejando tras de sí un halo de indignación.
En cuanto escucho la puerta de entrada cerrarse con otro portazo, las lágrimas vuelven a descontrolarse y a salir a borbotones.
Me cubro los ojos con las palmas, en un intento absurdo de frenar el proceso.
Sé que cuanto más llore, más hinchados voy a tener los ojos mañana en el trabajo y más me va a costar disimular o tener que inventarme alguna cosa.
Me recuerda a cuando estaba con Nando, esas noches que me acostaba agotada y con el corazón tan hinchado como los ojos.
En aquella época acabé aprendiendo varios trucos para bajar la hinchazón, pero no me gustaría tener que recurrir a ellos.
Así que hago lo que puedo para tranquilizarme, respirando hondo, sonándome los mocos todo lo que puedo y poniéndome la mano en el corazón.
Esto último no ayuda nada físicamente pero me reconforta de algún modo.
Como si yo misma estuviera de mi lado, no sé si eso tiene sentido.
En ese momento, oigo unos golpes en la puerta de mi cuarto.
«Joder, he hecho demasiado ruido» pienso, un poco molesta por tener que levantarme a abrir a Patricia y pedirle perdón.
Lo que no me espero es verla al otro lado con una taza de chocolate caliente y expresión preocupada. Está en pijama y en moño, y creo que nunca la he visto así. Es probable que sea porque ya estaba acostada.
—Toma —Me la tiende, y yo la cojo sin poder articular una palabra—. Algo calentito puede hacer que te sientas mejor.
—Gra...gracias —No puedo evitar sonar anonadada.
—Si necesitas algo, estoy al otro lado del salón, ya lo sabes. Que no seamos cercanas no significa que no podamos estar cerca.
Y sin decir nada más, me sonríe débilmente y se vuelve a encerrar en su cuarto.
Me quedo ahí, plantada y apoyada contra la puerta, dando sorbos al chocolate caliente. Nunca me ha gustado demasiado esa bebida, pero ahora mismo tengo la sensación de que lo que estoy recibiendo en el cuerpo es el apoyo de Patricia, y eso me sirve, de alguna manera.
Me tendrá que servir mientras pienso qué quiero hacer con todo este embrollo.
Al menos, he dejado de llorar.