49.
Opino que madurar no implica aprender a gestionar mejor las cosas malas que te pasan, sino más bien conocerse más a una misma (al fin y al cabo, hemos tenido más tiempo para ello) y lo que necesitamos para no hundirnos en la más absoluta miseria.
Incluso si lo que necesitamos es dejarnos caer un poquito a esa misma miseria y coger fuerzas para volver a levantarnos.
En mi caso, es así. Antes, cuando me pasaba algo malo trataba de distraerme lo máximo posible.
Me ponía en contacto con todos mis amigos para ver si alguno estaba disponible para tomar algo, me ponía a hacer alguna actividad que requiriera toda mi atención o llamaba a mi madre para preguntarle cualquier cosa.
Y después venía la ostia. La soberana ostia de realidad cuando se me agotaban las excusas para no pensar en eso que me había sucedido. Y venga a llorar.
A mis veinticinco años, no hace mucho que aprendí de mí misma que necesito dejar ir.
Que si odio que me vean llorar, al menos tengo que permitirme hacerlo sola, así que en cuanto llego a mi casa me encierro en mi cuarto a eso mismo.
Se siente así: como ser arrastrada por la marea de mi propio torrente de lágrimas.
Me permito doler hasta que se me acaban las fuerzas, y entonces me duermo. Cuando despierto, son casi las diez de la noche y mi estómago ruge con fuerza.
Tengo muchas amigas a las que el estrés y los malos tragos las dejan sin hambre, pero a mí me pasa todo lo contrario: podría comerme un camión entero de reparto de pizzas si me pusiera a ello. Depende de la magnitud del disgusto.
Me siento fatal. Y también avergonzada, de alguna manera. Que tu propia mejor amiga piense que eres una tóxica es en cierta medida vergonzoso, porque si a ella le das esa impresión, que se supone que te quiere, ¿qué imagen vas dando por ahí?
O quizás es que para mí Blanca significa mucho más de lo que yo significo para ella, no lo sé. Tal vez ni siquiera le caigo bien.
Es que no me cabe en la cabeza que de verdad opine eso de mí. ¿Qué he hecho yo para merecerme eso?
La broma entre nosotras este último año y medio siempre ha sido que soy una bruja despiadada, y es precisamente porque suelo ser muy sincera con los chicos con los que estoy: les digo desde el principio que no quiero nada serio y si se pasan de esa raya, lo corto lo antes posible.
¿Qué tiene eso de tóxico? Si es justo eso lo que me hace sentir orgullosa.
Me siento muy empoderada y, joder, bastante justa dentro de lo podrido que está el mundo.
Paso de la tristeza al enfado, pero eso no significa nada: sé que volveré a llorar cuando mi mente se tropiece con algún pensamiento que me duela. Odio estar en este bucle. Odio llorar, me duele la cabeza y se me caen los mocos. Y eso me mantiene en el enfado un buen rato.
He estado pensando en mis opciones. No creo que sea capaz de ignorar lo que sé, por lo que hacer como si no hubiera pasado nada no entra siquiera en juego.
Callarme y esperar a ver si ella me lo acaba contando sería lo que hubiera hecho hace unos años, pero creo que cuanto más pasa el tiempo, más disminuye mi paciencia y aumenta mi mala leche.
Después de toda la tarde fatal y de lamentarme por el estado en el que voy a ir mañana a trabajar (cualquiera llama para decir que está enferma, justo después de que le ofrezcan un contrato tan milagroso), decido que tengo que hablar con ella.
Solo de pensar en callarme el tema, en no poder exigir las explicaciones que me merezco, se me comprime el pecho y no puedo respirar.
Cojo el móvil y tras un instante de vacilación, descarto llamar a Blanca. Sé que hay ciertas cosas que no se pueden hablar por WhatsApp, pero lo que menos necesito en estos momentos es volver a romper a llorar, y menos hablando por teléfono.
Se me estruja el corazón al comprobar que lo último que hemos hablado ha sido esta mañana, ella alegrándose muchísimo por el hecho de que me vayan a contratar. Trago saliva.
Curro me ha contado que contactaste con él.
No considero que haya que decir nada más, y de hecho el mensaje se marca como leído casi en automático. Me paso la lengua por los labios, que se me han quedado secos, mientras el "Escribiendo" aparece bajo su nombre.
¿Podemos hablarlo?
Tenemos que hablarlo. Creo que merezco una explicación.
Estoy cerrando el bar, en diez minutos acabo y voy directa a tu casa.
Ok.
El último "Ok." es intencionado, hasta el punto. Quiero que sepa que estoy enfadada, de alguna manera me hace sentir menos… patética. Y además, sé que como no venga con ganas de pedirme perdón, me va a sentar fatal y no vamos a arreglar nada.
No las tengo todas conmigo, de todas formas. Hace mucho tiempo que aprendí que las amistades que vemos en las películas no son las reales. Que no es que no importe lo que os hagáis mutuamente, que no siempre se arregla.
Que a veces, todo se va a la mierda, y punto.