48.
Me entra una sensación de euforia absoluta cuando las cosas suceden como para mí deberían suceder. Como si todas las piezas de un puzzle encajaran al fin y yo pudiera dejar de comerme la cabeza buscando bordes.
Curro ha salido diez minutos antes que yo, porque ha surgido una cosa de última hora y he tenido que quedarme para cerrarlas, pero me ha dicho que se adelanta al bar de siempre y se va pidiendo una.
Es un poco extraño, porque Curro es el típico que te espera hasta cuando estás pagando en la barra de un bar, aunque haya pagado ya, pero supongo que habrá sido un día largo para él también y querrá pirarse de las oficinas lo antes posible. No le culpo.
Cuando por fin conseguimos localizar el currículum de uno de los expertos, que de repente se había volatilizado de la faz de la tierra, me pongo el abrigo y salgo a toda prisa hacia el bar.
El frío del invierno, cada vez más presente, me golpea en la cara.
Salir de trabajar, de ese bajo horrendo en el que tiene la sede la ONG, y que sea noche cerrada, es lo más deprimente del mundo.
Pero me han ofrecido un contrato, ya lo he podido compartir con mis personas de confianza y ahora lo voy a celebrar con un amigo.
Hay que centrarse de vez en cuando en las cosas positivas de la vida o nos volveremos locos.
Empujo con fuerza la pesada puerta del bar y recuerdo que la última vez que estuvimos aquí, Blanca conoció a Curro. No sé qué pensaría ella de que quedara a solas con él para celebrar mi "ascenso" (a persona que puede vivir de lo que le pagan, vaya). Es probable que no le pareciera del todo bien.
Blanca es de esas personas que piensan que si le gustas a un amigo o a una amiga, lo mejor es cortar del todo la relación.
Alguna vez lo hemos debatido, porque yo no lo veo así.
A mí me han gustado amigos y amigas mías, y cuando he sido rechazada he tenido que seguir adelante porque siempre he querido mantener la relación de amistad.
Me parece soberanamente triste perder eso solo porque no eres correspondido. Igual es que yo soy rara, no sé.
Veo a Curro esperándome sentado a la mesa de siempre, con una cerveza a medio beber delante de él. Le sonrío a modo de saludo y él me devuelve la sonrisa, aunque parece incómodo.
—Perdona por haberte hecho esperar —me excuso, mientras tomo asiento y me quito el abrigo.
Giro la espalda para colocarlo en la silla y me froto las manos, intentando entrar en calor.
—No te preocupes —le quita importancia—. Felicidades por el contrato.
—¡Gracias! ¡Estoy que no me lo creo! —Doy unas palmaditas, emocionada—. Un contrato de verdad, es que casi me da igual lo que me vayan a pagar.
—¿No te lo han dicho?
—No —Niego con la cabeza—. Me ha dicho que si me interesa un contrato y casi ni la he dejado acabar de hablar. Le he dicho que sí, que por supuesto.Yo cualquier cosa que me haga mileurista, la verdad.
—Esperemos que sean buenas condiciones, entonces.
—Estoy segura de que en los nuevos presupuestos habrá un hueco para ti. En tu departamento necesitáis más gente que en el mío.
—Algo se comenta, pero aún no me han dicho nada. Crucemos los dedos.
Tiene la mirada centrada en su cerveza, y me doy cuenta de que no me ha mirado demasiado desde que he entrado. Arrugo el ceño, preocupada.
—Oye, ¿estás bien? Pareces triste.
Frunce los labios y traga saliva de manera visible, y yo me estremezco. ¿Qué pasa? Me empiezo a temer lo peor.
—No es nada, pero quería hablar contigo de una cosa.
—Claro, lo que necesites.
Me enternece verle tan serio, y me preocupa de verdad.
¿Será por algún problema en casa? ¿O en su departamento?
Tengo entendido que su jefe no es tan benévolo como la mía, y en temas de números siempre hay muchas movidas.
A mí es algo que me genera sudores fríos cuando tengo que hacer alguna tarea que implique facturas o recibos, así que no me puedo imaginar la presión a la que debe estar sometido todos los días.
Mi primer impulso sería estirar el brazo para cogerle la mano, pero me contengo, porque sé que eso estaría fuera de esos límites en los que se ha colocado nuestra amistad. Así que espero pacientemente a que me lo cuente cuando esté listo.
—Elena, ¿yo te gusto?
Dejando de lado que es la primera vez en muchos meses que me llama "Elena" y no "Mele", mote que él mismo acuñó, me quedo alucinada tanto por la pregunta como por el hecho de que sea exactamente la misma que me hizo Marco la semana pasada.
Desde luego, la situación es muy distinta y lo que me cuesta responder… también.
Trago saliva. Joder. Justo lo que quería evitar.
—¿Cómo que si me gustas, Curro?
—No te hagas la tonta, por favor —dice en voz baja, y aún sin mirarme—. Sabes perfectamente a lo que me refiero.
Dejo unos instantes de silencio en los que mi cabeza trabaja a toda velocidad.
Es como si de repente, en lugar de encontrarme en una carretera al aire libre me hubiesen metido en una cueva oscura y sin salida.
Desde luego, me ha metido de lleno justo donde no quería estar: a punto de darle la única respuesta posible, esa que le va a hacer mucho daño.
No me gusta nada rechazar a la gente porque me pone en esa posición que tanto he odiado durante toda mi vida.
Cojo aire por la nariz, y me muerdo la mejilla por dentro de la boca intentando encontrar las palabras correctas.
No obstante, él alza la mirada y sus ojos me dicen que no tengo tanto tiempo, que tengo que contestar ya o se va a enfadar.
—Te considero un amigo y te tengo mucho cariño.
Pum. La bomba. En lugar de un misil, me ha reducido a eso. A explotar y salpicarle en la cara. El dolor inunda su expresión y esta vez soy yo la que tiene que desviar la vista porque no puedo soportar ver ese daño.
—Entonces, ¿me puedes explicar qué significó ese beso?
En su tono hay una cantidad de ácido que nunca le hubiera imaginado. Ahí, con sus gafas transparentes y su camisa de niño bueno, es como si su propia imagen se hubiera despegado de su voz, siendo dos personas completamente diferentes.
Por un segundo, le odio por ponerme en esta situación.
Si tan solo hubiera podido prepararme mis argumentos de antemano, ahora mismo estaría mucho menos incómoda.
Me dolería, sí, porque no soporto hacer daño, pero tendría la conciencia tranquila sabiendo que las palabras que uso son las más adecuadas.
Con esta situación… bueno, no puedo prometer decir nada mínimamente coherente.
—Fuiste tú quien me besó a mí.
Estoy bastante segura de que podría haber cogido un cuchillo de la cocina del bar y hacerle un buen tajo en el pecho, que le habría dolido menos. Por cómo frunce los labios y le acompaña el ceño, aseguraría no ser su persona favorita en estos momentos.
—Te besé porque me habías dado señales.
Ese comentario es como un chasquido dentro de mi mente. Ese interruptor que te avisa que acaban de sobrepasar tus límites.
—¿Señales? ¿Qué señales, Curro? ¿Ser amable? Qué pasa, ¿no puedo tener amigos?
Ahora soy yo la que está cabreada. Puede que haya hecho cosas mal, sí, pero tampoco le he restregado la vagina por la cara, digo yo. Y aunque lo hubiera hecho, tengo derecho a luego cambiar de idea si realmente no lo veo claro.
—Joder, señales. Eso se nota, Elena.
Ahí está otra vez, el "Elena" que parece emplear para dejar claro que no estamos charlando tranquilamente, que se trata de algo serio y que le jode. Qué bien, mi propia madre no usa mi nombre completo para echarme la bronca pero Curro ha decidido que él sí.
Noto que me enfado un poco más cada segundo que pasa, así que me esfuerzo por cerrar los ojos y respirar.
Sé que tengo muy mala leche cuando me dejo llevar demasiado y con los años he ido aprendiendo a encerrar esa parte de mí lo más hondo posible.
Lo que no sé es cuánto tiempo me durarán las fuerzas para controlarla.
—Siento mucho haberte dado una imagen equivocada, pero te dije que el sábado quedábamos como amigos y después hablamos de que yo no estaba en un buen momento.
—Podrías haber sido más clara —sisea, desviando la vista y centrándola en el camarero, que no se ha atrevido ni a acercarse. Se nos tiene que oler de lejos.
Me paso la lengua por los labios, intentando convocar toda la paciencia de la que dispongo (que no es mucha) antes de responder:
—Yo también podría enfadarme porque hayas intentado usar un momento de debilidad para besarme.
Me ha salido tan de dentro que ahora mismo me siento hasta vacía. Los ojos de Curro se abren de par en par por la sorpresa y gira la cara de nuevo para mirarme, horrorizado.
—Pero, ¿qué dices? ¿Estás insinuando que te he forzado o algo así?
Suspiro. Esto se nos está yendo de las manos por completo. Relajo un poco la postura y me apoyo en la mesa, como buscando algo de paz. Abro las manos para intentar explicarme:
—No estoy diciendo eso. Solo que no es justo lanzarse cuando la otra persona está en la mierda, o no en plena forma. Y mucho menos cuando te había dicho que quedábamos como amigos. Lo hablamos claramente, Curro.
—Tendría que haberle hecho caso a Blanca cuando me previno sobre ti.
Se me hiela el cerebro. Es como si me inyectaran frío directamente en la sien, y se me congelan las facciones. Por un segundo, me siento incapaz de moverme y noto que me cuesta hasta respirar.
—¿A qué te refieres?
Curro sigue frunciendo el ceño y se ha cruzado de brazos, como un niño pequeño al que han castigado. Tiene esa expresión que indica que sabe que está haciendo algo malo, pero que le da exactamente igual.
—A que me contactó por Instagram el otro día para avisarme de cómo eres.
«¿Qué?» es la única pregunta que inunda mi mente.
No tengo ni idea de qué está pasando. Me espero que en cualquier momento alguien me dé un bofetón y yo me despierte de un mal sueño. ¿Que Blanca ha contactado con Curro? ¿Para qué, si solo se conocen de un día? Y de un día que les presenté yo, además.
—¿Y cómo soy, si se puede saber?
No tengo mucha idea de cómo he sido capaz de articular esta última pregunta. Tampoco sé cómo seré capaz de procesar la respuesta de Curro, que no tarda mucho en llegar, porque me mira con decisión y suelta:
—Un poco tóxica.
Todo me da vueltas, y asiento repetidas veces para ver si así puedo asimilar aunque sea un diez por ciento de lo que me está diciendo. Blanca, que es mi mejor amiga, ha contactado con él, al que apenas conoce, para advertirle de que soy una tía tóxica.
Mi mejor amiga piensa que soy una tía tóxica. Hasta el punto de verse en la necesidad de proteger a Curro advirtiéndole.
No, me equivocaba. No voy a ser capaz de asimilar nunca nada de eso.
Los ojos se me inundan de lágrimas y con ello, se me encienden todas las alarmas. Odio llorar. Y sobre todo, odio hacerlo delante de gente. Y mucho más si esa persona no es alguien demasiado cercano a mí.
—Perdona, me tengo que ir.
Lo balbuceo y noto con horror que es evidente que estoy llorando por lo mucho que me tiembla la voz.
No alcanzo a ver la reacción de Curro porque cojo el abrigo, lo saco de la silla de dos tirones y sin mirar atrás salgo de ahí.
Sí que soy consciente de que dice algo, pero ni siquiera hago el esfuerzo de entenderlo.
Joder, Blanca, lo último que me esperaba era que fueras tú la que me acabara rompiendo el corazón.