46.
Me recibe con la puerta ya abierta, apoyado sobre ella con el antebrazo a la misma altura que su cabeza. Está guapísimo.
Le saludo con un gesto de la mano antes de acercarme y en cuanto la distancia se lo permite, baja el brazo para rodearme con el otro y apretarme contra él.
Huele a incienso, y me pregunto si le gusta encenderlo cuando está solo.
Soy yo la que inicia el beso y me encuentro una mezcla de deseo y dulzura que hacía mucho tiempo que no experimentaba.
Abarco su cara con las manos y es así como me doy cuenta de que está sonriendo. Paso los pulgares por sus hoyuelos mientras me derrito un poco en sus brazos, preguntándome si se dará cuenta de que he perdido buena parte de mis fuerzas en esa sonrisa.
—¿Qué estabas haciendo, por cierto? —le susurro cuando nos despegamos apenas un centímetro— Cuando te mandé el mensaje.
—Esperarte.
—Mentiroso.
Me sonríe de nuevo antes de colarme otro beso, y se aparta para poder cerrar la puerta.
—Quedé con una amiga, pero se tenía que ir pronto porque mañana madruga.
Se encoge de hombros y a mí me da una punzada de inseguridad. Qué chorrada, como si yo no quedara con amigos míos a solas sin que eso implique nada más allá. Pero claro, cuando estás conociendo a una persona y no hay nada oficial, cualquier cosa parece una amenaza a lo que estáis construyendo.
«Ala, ahora estáis construyendo algo. ¿Estáis jugando a los legos, acaso?» me mofo de mí misma mientras cuelgo el abrigo en la percha.
—A mí me han dejado colgada todos mis grupos —reconozco con toda la naturalidad del mundo.
—Pues a mí me ha venido bien. ¿Te apetece que veamos la película esa que no recomiendas?
—Ah, que tienes intención de ver una peli de verdad —Magnifico mi sorpresa, exagerando—. No me lo puedo creer. Hoy en día una cree que viene a follar y solo la quieren para ver una peli. Me siento usada.
Marco deja escapar una carcajada, echando la cabeza un poco hacia atrás.
Lleva un jersey verde oscuro tan calentito que me dan ganas de quedarme toda la vida ahí refugiada, pero es un pensamiento demasiado intenso hasta para mí así que procuro obviarlo porque sé que si no lo hago, me voy a empezar a agobiar otra vez.
—Así soy, uso a las mujeres para ver películas románticas abominables de Netflix. Una peli con cada una, de usar y tirar.
—Madre mía, ¿así que esta va a ser la única película que veamos juntos?
Mi pregunta ha sido en broma, pero el trasfondo tiene algo de serio. Marco se acerca de nuevo, sin acelerar lo más mínimo (al contrario que mi corazón), y me alza la barbilla con el dorso del pulgar.
—Pienso que contigo podría verme unas cuantas más.
Me observa con intensidad y me pierdo en el verde de sus ojos, que parece enfocarme como si estuviera observando todos mis secretos. Trago saliva antes de, por supuesto, estropear el momento haciendo una broma de mierda:
—Pues te vas a arrepentir, porque soy una compañía horrible para ver películas. Se me escapan spoilers , me paso todo el rato hablando…
—Me extrañaría profundamente que te quedaras callada durante dos horas en cualquier circunstancia.
Le saco la lengua y él se agacha para besarme, con otra sonrisa. Todo parecen sonrisas cuando estamos juntos, ¿es así siempre?
El beso se vuelve más intenso, y yo me agarro a su nuca para pegarme más a él.
Nuestras lenguas se entrelazan, con intensidad y algo parecido a la rabia, esa rabia que solo sientes cuando quieres estar más cerca de alguien y no lo consigues.
No sé si son nuestros corazones intentando acercarse o nuestras mentes haciendo el camino, pero pasa las manos por mi espalda hasta agarrarme el culo con un deseo que me enciende aún más.
Me aparto un segundo para tragar saliva, y él aprovecha esa recién adquirida distancia para bajar la cabeza, pasar los labios por mi cuello y morderlo ligeramente.
Gimo. Me flipa lo que hace con la boca. En todas partes. Me muerdo el labio y él, al verlo, apremia los besos y los dirige a mi mandíbula.
Las respiraciones se entrecortan y se hacen más pesadas, y nos quedamos mirándonos a los ojos unos segundos, diciéndonos mucho más de lo que podríamos expresar en palabras.
—No me vas a convencer para tener sexo en lugar de ver la peli horrible —susurra, en tono grave.
—Ah, ¿no? —le inquiero en el mismo tono.
Mientras hago la pregunta, deslizo mi mano por su abdomen y la dirijo a su entrepierna, donde ya se puede apreciar un bulto más que notable incluso a través de los vaqueros.
Traga saliva y yo ronroneo, regodeándome en el momento, antes de agarrársela con seguridad.
Él emite un gruñido de placer que me eriza todos los poros del cuerpo.
—Yo creo que sí —continúo, orgullosa.
Por toda respuesta, vuelve a besarme y sus manos regresan a mi trasero, solo para tirar hacia arriba e impulsarme a quedar colgando de sus caderas.
Le rodeo con mis piernas y se dirige a la izquierda, a su cuarto, donde me tira sobre la cama en un gesto más que estudiado.
Yo lo observo desde abajo, cómo se quita el jersey con decisión, y me paso la lengua por los labios, que parecen haberse quedado secos de repente.
El reflejo de las luces titilantes sobre su abdomen me maravilla y me hace darme cuenta de algo que se me había pasado por alto en esta la situación: nosotros no somos los únicos que estamos ardiendo. Giro la cabeza para registrar la habitación con la mirada y soltar una pequeña risita.
—Joder, era verdad lo de las velas.
Él se inclina sobre mí y se esmera en quitarme los pantalones, con delicadeza.
—¿Cuándo te he mentido?
Ese comentario me desarma, porque por un momento creo que se trata de palabras envenenadas, destinadas a echarme en cara todo lo del Proyecto Tóxico.
Estoy tan acostumbrada a ponerme a la defensiva (porque siempre había algo de lo que defenderme) que estoy a punto de replicarle, pero entonces…
entonces alza la mirada y soy consciente de que nunca he visto menos agresividad que en esos ojos.
No añade nada más, y a mí se me evapora ese enfado momentáneo que me ha devorado las entrañas mientras él comienza a devorarme a mí.
Nunca me he sentido tan débil como cuando terminamos de follar, tumbada ahí a su lado. Alza el brazo para que me arrime a él, y me estremezco cuando mi cuerpo desnudo se une de nuevo al suyo. Joder, la verdadera intimidad acojona muchísimo.
—¿Tienes frío? —me pregunta, apretándome un poco más contra su pecho.
—Un poco —respondo, aunque es más por salir del paso que otra cosa. No me veo capaz de explicarle qué es lo que me está invadiendo.
—¿Te quedas a dormir?
Alzo el brazo libre para mirar el reloj de pulsera: las dos de la mañana. Entre besos y caricias se nos ha pasado el tiempo volando.
—Me da que sí, si no te importa. Me muero de pereza al pensar en coger un taxi a estas horas.
—Puedes poner las excusas que quieras, eh —bromea.
Abro la boca de nuevo para levantar mi muro, para decirle que yo no le necesito, que puedo irme a mi casa perfectamente y estar tan feliz. Que no se crea que…
—A mí también me apetece dormir contigo —continúa, con una sonrisa.
Trago saliva, y con ella bajan las palabras que han estado a punto de salir como un volcán de mi boca. Me besa la frente y yo dejo salir el aire.
—He estado a punto de mandarte a la mierda —confieso.
No sé quién de los dos se sorprende más por esa afirmación. si él o yo. No estoy demasiado acostumbrada a decir la verdad sobre cómo me siento. Sobre todo, si el cómo me siento implica mis inseguridades.
De la fachada de bruja de hielo y tía dura no me saca nadie. Normalmente.
—¿A qué te refieres?
—Nada, me pongo muy a la defensiva con estos temas —intento explicarme, dándome cuenta de que me he metido en un pequeño berenjenal.
Él se acomoda para poder observarme mejor.
—¿Estos temas?
Suspiro y me tapo la cara con la mano, un tanto avergonzada.
—Bua, mejor déjalo. Es que no sé ni cómo explicarlo y te voy a parecer una tarada.
—Ya me pareces una tarada —aclara—. Y me encanta.
Se me estremece el corazón y me aparto un poco de él para poder apoyarme en un codo e incorporar el torso. Me tapo el pecho con la sábana, más por frío que por vergüenza.
—Nada, taritas mías.
—Todos tenemos taritas —Se encoge de hombros—. ¿Quieres que te diga las mías?
«Vaya, cuánta sinceridad».
—¿Vas a revelarme tus puntos débiles? —me asombro, y se me escapa una sonrisa.
Él sonríe también, y sus ojos recorren mi cara, sin prisa.
—¿Por qué no? No me avergüenzan.
«A mí sí que me avergüenzan un poco los míos» pienso, pero no digo nada.
—Pues adelante. Luego me toca a mí.
—Hace no tanto que me he dado cuenta de que tengo ciertas actitudes un poco feas —confiesa—. Me jode reconocer que he sido bastante celoso, y que si bien una parte ha sido por ciertas infidelidades que me han dejado tocado… La otra parte viene de mis inseguridades.
—¿Tienes inseguridades?
—Joder, por supuesto. ¿Quién no las tiene?
—Pareces siempre tan… tranquilo —Me muerdo el labio, temiendo haber dicho algo malo.
—Cada uno lleva sus mierdas como puede..
No lo entiendo del todo, pero considero que ya estoy haciendo demasiadas preguntas, así que me limito a quedarme en silencio y dejarle continuar:
—Y siguiendo con mis taritas, una amiga mía, con la que quedé hoy, me ha dicho que tengo que advertirte de que soy una mierda con el móvil —bromea entonces.
«Le ha hablado a su amiga de mí».
—¿En plan?
—En plan que a veces me olvido de que existe o tardo tres años en responder. Siempre me lo está echando en cara. Nos conocemos desde hace más de quince años y creo que es la cosa que más odia de mí.
—¿Es de Roma?
Asiente, y alza la mano para pasarla distraídamente por mi espalda. Yo me estremezco ante el contacto, y se me eriza la piel de nuevo.
—Mi mejor amiga del instituto. Parte de la razón por la que acabé aquí.
—¿Estabas enamorado de ella y la seguiste hasta España? —bromeo, aunque odio al momento la pregunta que acabo de hacer.
No sé qué me pasa últimamente con este chico, que desde que sé que le gusto, parezco idiota delante de él.
—Qué va. Trabajaba en el sitio donde estoy ahora y buscaban gente. Yo necesitaba un cambio de aires y no me apetecía empezar en un sitio sin conocer a nadie, así que me vine porque la tenía a ella.
—Eso es muy bonito.
—Supongo que sí.
Sonríe de lado, como pensativo, y su mano se detiene en la parte baja de mi espalda. El calor que desprende me calienta más que la sábana. Cierro los ojos para disfrutar de la sensación.
—Es tu turno. ¿Cuáles son esas taritas?
Los abro de golpe para mirarle fijamente, un tanto aterrorizada. Frunzo los labios y cojo aire, abriendo bien las aletas de la nariz.
—Tengo un problema con sentir que voy detrás.
Frunce el ceño, confuso.
—¿Que vas detrás? Si a veces no hay manera ni de hablar contigo.
Suspiro, y me incorporo del todo, para quedar con la espalda pegada al cabecero de la cama. Él me imita y mientras la sábana le resbala por el pecho, se coloca a mi lado.
—Claro, ese es el tema. Si no doy esa imagen, me agobio. El otro día fue un poco así —reconozco—. Es que tuve una época muy mala de mi vida en la que me hicieron sentir una arrastrada, y me da pánico cualquier cosa que se le parezca.
Me recorre un escalofrío, y no sé si es por el frío que me invade al tener los pechos al descubierto de nuevo o por recordar aquellos años.
—Entiendo. Algún tóxico de esos, ¿no?
Sonríe con tanta amabilidad que no puedo evitar estar tranquila. Como todo en él, me hace respirar.
—El tóxico supremo —reconozco, en voz baja.
—¿Y aún con esas estabas dispuesta a pasar por otro tóxico? —Alza una ceja.
—A ver, tú eres más guapo —bromeo, y se ríe—. No es lo mismo, esta vez sabía en lo que me metía y estaba preparada para protegerme de ti.
—Protegerte de mí —repite, como fascinado—. Si soy un peluche. No haría daño ni a una mosca.
—Eso es lo peor. Que no te vi venir.
—Ni yo a ti. Y aquí estamos.
Se inclina para besarme y mi corazón se lanza hacia delante, con los brazos abiertos. Ya sin murallas, ni ejército… ni siquiera nos quedan paracaídas.