Un error a medida 45.
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Resulta triste estar un sábado noche en casa, y eso que me intento decir a mí misma que me hacía falta. Como también me vendría bien irme a dormir a una hora razonable para aunque sea por un mísero un fin de semana dormir ocho horitas.

Lo que he hecho es ponerme una película romanticona que han subido nueva a Netflix y me he tirado, cuan larga soy y aprovechando que Patricia no está, en el sofá.

Blanca tenía planes con sus amigas del instituto (y a esos nunca me sumo, aunque alguna vez me lo ha ofrecido.

Me parece invadir demasiado) y los de la carrera no estaban disponibles, así que tampoco es que esté aquí, con la barbilla pegada al pecho, por gusto.

Que también le podría haber dicho a Marco de quedar, pero ya nos vimos ayer.

Y eso sí que iba a ser quedar de demasiado intensa.

La conversación con Nando sigue ahí, llamándome… pero antes abro la de Curro, que me ha contestado algo y ni siquiera lo he leído. Ni pienso hacerlo. De golpe, se me ha pasado ese subidón de necesidad que me dio antes, y menos mal.

Aún así, tengo algo removiéndose en el pecho que…

A ver, análisis de la situación: llevo todo el día, desde que me marché de su casa a las doce de la mañana, sin hablar con Marco. Que es un chico al que le gusto y me lo ha dicho, con lo que en principio podríamos estar hablando a todas horas sin ningún problema, ¿no? ¿O no funciona así?

Debería poder mandarle un mensaje casual sin tener toda esta arquitectura mental por detrás. Que si se agobia o pasa de mí porque le hablo una vez cada ocho horas… Pues mejor saberlo ya para alejarme lo antes posible.

En mi mente empieza a pasar la posibilidad de tener que estar todo el rato con pies de plomo para no agobiar a Marco, y esa sensación de rechazo que ya me es tan familiar vuelve en oleadas. «No, no, no. Fuera, fuera» sería la traducción corazón-cabeza de lo que me está pasando por el cuerpo.

Chasqueo la lengua y alargo el brazo para coger el móvil, que reposa inocentemente en el suelo del salón. Me avisa de que le queda poca batería (y yo le aviso en mi cabeza de que me da mucha pereza ir a por el cargador a mi cuarto, así que más le vale aguantar) y busco la conversación de Marco.

Ey, tengo una peli que NO recomendarte de Netflix.

Me parece un mensaje de mierda en el que es evidente que solo busco hablar con él, como si le echara de menos. Pero ya hemos quedado en que eso no me tiene que importar y que si se agobia, es cosa suya.

«Por favor, no te agobies» suplico mentalmente, y me siento patética en el mismo instante en el que lo hago.

Vaya, cuéntame. ¿Quieres que NO la veamos juntos?

El mensaje llega tan rápido que no me da tiempo a cerrar la conversación, y noto que enrojezco un pelín solo por darme cuenta de que ha visto que sigo ahí.

Igual se ha pensado que estoy mirando su foto.

En la que sale muy guapo, por cierto. Porque ahora no la estaba mirando pero estos días lo he hecho y mucho.

Sería una peli perfecta para NO ver, la verdad. ¿Qué planes tienes esta noche?

¿Me estás proponiendo algo?

¿Eh? Ah, no. Te preguntaba por saber, si quedabas con tus amigos o algo.

Qué mentirosa eres. Que si quieres que nos veamos, nos vemos, eh.

Me incorporo en el sofá con la sonrisa de boba más grande que he formado en la vida, y me tapo las mejillas sonrojadas con las manos.

«He vuelto a los quince años, ¿o qué me pasa?».

Le he dicho la verdad. La pregunta era para crear conversación.

Son las once de la noche, así que supuse que había pocas posibilidades de que me contestara rápido y que si lo hacía, sería para decirme que estaba con sus colegas y que hablábamos mañana.

Vaya, lo normal. Lo que estaría haciendo yo si no me hubiera quedado sin opciones.

¿No serás tú que no tienes planes y quieres follar?

Me ofende, señorita. Quiero que tengamos un agradable encuentro a la luz de las velas… porque se ha fundido la bombilla de mi cuarto, más que nada.

¡Qué romántico!

Entonces, ¿nos vemos?

Me late el corazón muy fuerte y evalúo la situación por un segundo.

La verdad es que ya estoy bastante acomodada.

Con el pijama zarrapastroso de todos los inviernos desde que tengo memoria.

En ese momento y con ese panorama, me doy cuenta del principal motivo por el que es evidente que Marco me gusta de verdad.

No es la sonrisa de boba, ni que esté roja hasta la raíz de mis rizos.

Es que a pesar de todo lo anterior me levanto y me meto en la ducha, venciendo cualquier asomo de pereza.

No sin antes teclearle un:

Venga, dame un rato y voy para allá.