43.
Estoy bastante sorprendida por muchas cosas que han pasado esta semana. Y por otras que no han pasado, también.
Para empezar no he respondido al mensaje de Nando, ni me he estresado demasiado al respecto.
Con ello me he demostrado a mí misma que, aunque no me tenía demasiada fe soy capaz de, al menos, preservar un poquito mi salud mental.
Esperemos que para la próxima no sea necesario pasar por todo lo que Nando me hizo en su día para que la muralla funcione.
Otra cosa sorprendente que no ha pasado es que no he hablado demasiado con Blanca ni con Curro.
Y ambas son un tanto raras, porque tanto el uno como la otra son bastante adictos al móvil y a las conversaciones virtuales, y suelo tener charlas banales con ellos, si no todos los días, al menos uno de cada dos.
Sobre cualquier cosa, aunque sea un "¿qué tal? " mal colocado.
Pero es que lo más sorprendente de todo es por qué no me ha importado demasiado ninguna de estas cosas: es sábado por la mañana y estoy con Marco, desayunando en su salón. Anoche quedamos para tomar unas cañas y acabamos en su casa, teniendo ese sexo que ambos bromeábamos sobre echar de menos.
Blanca curra hoy por la mañana, por lo que salir ayer no era ninguna opción y de esa manera me libró de tener que ponerle cualquier excusa.
Lo último que sabe de Marco es que le llamé borracha, poté en su casa y luego me piré.
Por la información que tiene, bien podría no haberme vuelto a hablar, y yo estoy un poco intranquila dejando que sea eso lo que se imagine.
Sobre todo porque en el fondo tengo ganas de contarle a mi mejor amiga lo que ha pasado.
Que la bruja de hielo se ha derretido un poquito y en contra de todos sus miedos nadie ha pisado el charco.
Procuro no pensar mucho en ello. Tampoco en lo cerca que estamos desayunando Marco y yo (aunque obviamente no tengo el cepillo de dientes aquí, así que procuro hablar con la boca lo más cerrada posible) ni en todas las cosas que pueden salir mal en mi situación actual.
—Creo que no se lo voy a contar —confieso en uno de esos silencios en los que el chico vive tan cómodo.
Marco alza la vista de su taza azul con el logo del banco en el que trabaja, y se pasa los dientes por el labio de abajo antes de preguntar:
—¿A Blanca?
—Exactamente.
—¿Y cuál es tu plan, entonces?
—No tengo plan.
—Eso suena fatal.
Me dedica una pequeña sonrisa, que más bien parece una mueca, antes de darle otro sorbo al café. Yo rasco con el cuchillo la tostada a la que llevo dándole vueltas un rato, sin llegar a comérmela.
—Ya, lo sé. Es que no se me ocurre cómo no se va a enfadar conmigo.
—¿Y si no se lo cuentas, qué pasa?
Me gusta esa pregunta, porque cualquier otra persona se hubiera limitado a insistirme en que haga lo correcto. Aunque "lo correcto" siempre es muy relativo y en esta situación, más.
—Pues… lo que me preocupa somos nosotros. Me gustaría poder contarle… no sé, todo.
—¿Todo? —Alza una ceja— No sabía que había tantísimo.
—Bueno, cuatro cosas que han pasado y eso —bromeo, alzando la cabeza para mirarle.
Cuando me da un beso, cierro los ojos para disfrutarlo, y eso me da más la razón dentro de mi propia mente.
—Cuatro o cinco cosas.
—Hubieran pasado seis si no te hubieses quedado dormido…
—Mujer, ¿quieres matarme?
Se ríe y me da un beso en la sien antes de levantarse a dejar la taza en el fregadero.
Otra cosa que he aprendido estos días con Marco: le pone nervioso dejar los cacharros sucios por ahí.
No tiene problema con el desorden en general, aunque él sea bastante ordenado; pero eso le pone de los nervios.
Me levanto para hacer lo mismo con la mía y él me intercepta a medio camino.
Al envolverme entre sus brazos, yo alzo los míos para intentar abarcarle también y le beso, esperando saber más a café que a aliento mañanero.
Nunca he comprendido cómo pueden hacer soberanamente románticos y elegantes estos momentos en las películas.
—Entonces, ¿voy a ser tu secreto?
—Tampoco lo llamaría así —Ladeo la cabeza—. Pero no hay necesidad de proclamar nada a los cuatro vientos, ¿no?
Un silencio, y este no sé distinguir si es de los suyos, o de los míos. Hay una pequeña diferencia que no soy capaz de identificar. Dudo por un segundo, ¿estoy haciendo algo malo? ¿Le ha molestado algo?
«Ya se está arrepintiendo».
Trago saliva.
—Supongo que no —acaba contestando, aunque no le noto muy contento.
«Tienes que dejar de rayarte con estas cosas, Elena» me reprocho «Ni siquiera sois nada y ya estás necesitando que te aclare si estáis bien. ¿Qué es esto?».
Le sonrío y le planto otro beso, intentando continuar con la conversación de forma normal y no como una loca obsesiva. Nos separamos y yo me pongo algo tensa.
Una sensación enorme de rechazo me invade.
No el que siento de su parte, sino mi propio cuerpo queriendo escapar de esta situación.
De repente, como me ha hecho sentir insegura me veo vulnerable.
Me gusta, mucho, y eso hace que quiera que estemos bien y que me dé miedo lo contrario.
Solo de pensar que puede estar arrepintiéndose de haberme dejado pasar lo del Proyecto Tóxico, que ahora está pensando que no le gusto tanto, que…
«Sal de la espiral» me ordeno, e intento coger aire.
—Me tengo que ir —anuncio, con una sonrisa culpable—. He quedado con una amiga para comer y como no limpie la casa antes, Patricia me va a matar.
—Pensaba que tu compañera de piso era bastante pacífica.
—Me mata con su odio silencioso —aclaro, y sonrío de nuevo.
—Entiendo —me devuelve la sonrisa—. Tengo curiosidad por ver tu casa.
—¿Porque dice mucho de una persona?
—Porque siempre estás yéndote a limpiarla. Tiene que ser un fenómeno de generación espontánea de suciedad digno de ver.
—O un zulo muy pequeño que se ensucia enseguida.
—También. En cualquier caso, ya me la enseñarás.
—Claro.
Aunque no estoy muy segura de esto último. No entiendo por qué quedaríamos en mi casa, en la que tendríamos que encerrarnos en mi cuarto y hacer el menor ruido posible (sobre todo, durante el sexo) cuando podemos estar aquí, con intimidad y espacio de sobra.
Me voy a la percha a coger mi abrigo y él me sigue, con las manos en los bolsillos del pantalón de chándal. Adoro cómo le sienta la ropa de deporte. Me acerco rápido para darle un beso en la mejilla antes de girarme:
—Hablamos, Marco Polo.
—Cuando quieras, Helena de Troya.