42.
Me va a mandar a la mierda. Lo tengo bastante claro.
No le conozco lo suficiente como para poder analizar cómo le sientan este tipo de cosas, pero vaya, que la tía con la que te has estado liando y que empieza a gustarte te confiese que en realidad has sido un experimento desde el principio…
Está claro que no me hubiera fijado en él si no fuera por el Proyecto Tóxico.
Esto es así. No hubiera pasado la primera barrera de la discoteca, porque estuvo callado la mayor parte del tiempo y eso tiende a aburrirme sobremanera.
Si no me mantienes interesada, me piro. Sobre todo, cuando estoy borracha.
¿Debería cuestionarme mi método de elección de ligues? Es probable. Puede que me haya perdido a alguien guay a base de cansarme demasiado pronto. No obstante, creo que no es momento para rayarme con esto. Tengo otro abanico bastante grande de temas mucho más preocupantes ahora mismo.
Esta vez, hemos quedado en un bar. Nada de ir a su casa, y ha sido sugerencia suya. No me ha parecido mal, porque si me va a mandar a la mierda pues casi prefiero que no me eche de ninguna parte. Como mucho montaremos un espectáculo curioso en el local escogido si se pone a gritarme o algo.
Lo dicho, no sé cómo reaccionará Marco, pero sí sé cómo lo hacía Nando. Y Nando gritaba. Mucho.
Suspiro antes de entrar en el bar, donde ya le veo esperándome.
Otra de las cosas que me gustan de Marco es que es muy puntual.
Con su calma tan característica parece venir asociado que es muy riguroso, así que tiende a llegar cinco minutos antes siempre que quedamos.
A no ser que sea en su casa y tenga que aparecer yo, claro.
Y ahí procuro hacerlo siempre a tiempo porque sé lo que jode no hacer nunca esperar a nadie pero que te hagan esperar a ti.
Fíjate, a veces puedo ser un pelín empática. Quién lo diría.
Me saluda con una sonrisa breve, un poco tensa. No me esperaba verle tenso. Supongo que siempre parece tan en calma que no pensaba ser capaz de perturbar ese mar.
—¿Qué tal? —me pregunta, y me doy cuenta de que tiene las manos entrelazadas en su regazo.
—Bien, ¿y tú?
—Tenso.
Lo reconoce y yo echo la cabeza hacia atrás, sorprendida.
—¿Por?
—Porque creo que estamos aquí por algo malo.
Dejo unos segundos de silencio, intentando ordenar mis pensamientos.
—Vaya, pareces menos chulo de lo que eres en realidad, ¿eh?
Se me escapa el comentario, quizás por los nervios. Él frunce el ceño.
—¿A qué te refieres?
Respiro hondo. Claro, ahora voy a tener que explicárselo. Quién me manda a mí meterme en aún más líos.
—No es algo negativo, perdona. Simplemente que cuando te conocí parecías un chulo y resulta que eres bastante más…
—¿Humano?
Ladea la cabeza, con el ceño aún fruncido.
—Digamos que sí —Me fuerzo a sonreír, para intentar quitarle hierro a la situación.
—Creo que tienes una imagen muy equivocada de mí, Elena.
—Puede ser.
—¿Por algo en particular?
—Eso mismo venía a contarte…
Trago saliva, y él me observa con paciencia. Ha empezado a dar ciertos golpes en el suelo con el pie, casi imperceptibles para nadie que no estuviera enfocando toda su atención en él.
—Tú sabes que soy rara —empiezo, dejando salir el aire.
—Sí —Asiente, y no añade nada más.
Se me escapa una sonrisa ante su sinceridad tan atronadora. Cualquier otro hubiera hecho una broma o me lo hubiera negado. Pero no él. Parece que con él, lo que ves es lo que hay. Y por eso se merece que yo sea igual o, al menos, que intente parecerme lo máximo posible.
—Vale. Me alegra que eso haya quedado claro desde el principio —bromeo—. Pero creo que no eres consciente de lo chunga que puedo llegar a ser a veces.
—¿Más chunga que el puñetazo que me pegaste dormida el otro día?
—¡¿Te pegué?! —exclamo, y abro mucho la boca. Varios clientes de la cafetería se giran para mirarnos.
Él asiente, y se le escapa una sonrisa también.
—En la mandíbula, cuando me acerqué a ti.
—Joder. Lo siento mucho.
—Yo sí que lo sentí, te lo puedo asegurar.
Compartimos una pequeña risa cómplice que me enternece demasiado para lo que necesito en este momento.
«Coge fuerzas, Elena, que las estás perdiendo». Es como que su paz… Me tranquiliza a mí también, y ahora mismo no puedo ablandarme.
—¿Qué es eso chungo que has hecho, Elena?
Me toma por sorpresa al preguntármelo directamente. No me esperaba que me lo fuera a poner tan en bandeja, y no sé si es mejor o peor. Es más fácil, sí, pero yo ya me había preparado para el camino difícil y no sé cómo asumir que la ostia va a llegar mucho antes de lo esperado.
De repente, parece que en la cafetería hace mucho más frío que antes, y me arrebujo en mi americana negra.
—Te he hablado de mi amiga Blanca, ¿no? —él asiente— Lleva unos cuantos meses quedando con un chaval, Saúl, que la trata fatal. En plan le dice cosas bonitas, luego pasa de ella, luego vuelve porque se aburre, le dice que se agobia… refuerzo intermitente de toda la vida. Un tío tóxico.
—Entiendo… —murmura, aunque no parece muy seguro de a dónde estoy intentando llegar.
La verdad es que yo tampoco sé qué hay al otro lado del camino, si soy sincera. Cojo aire de nuevo y me doy ánimos mentales.
«Ya has empezado, ahora no hay vuelta atrás» me recuerdo.
—Pues mi amiga Blanca es una tía muy cabezota.
Es maravillosa, no me malinterpretes, pero cada comentario que le hacía sobre Saúl, lo recibía fatal.
Odia que se metan en su vida. Así que hablando con un compañero de trabajo…
—Me siento un poco mal al hablar de Curro, como si le estuviera ocultando algo importante— pues me dio una idea, así como sin querer. Una estrategia, digamos.
—¿Una estrategia? —repite, ya con tono de sospecha.
—Es muy de mala gente, te voy avisando.
—¿De tía loca?
—O peor —Me muerdo el labio, y esbozo una sonrisa triste—. La idea era buscar un tío tóxico, enrollarme con él y dejar que jugara un poco conmigo para que Blanca viera su propia situación desde fuera y se diera cuenta de que a ella también la estaban tratando mal.
El silencio que sucede a mis palabras se me enquista en el corazón.
Intento tragar saliva, pero no me funciona la garganta.
No sé qué veo en su expresión; si derrota, traición…
no lo sé. Aquí es justo el momento donde Nando montaría una escenita y se pondría a gritarme en medio del local.
Siempre le ha dado más bien igual dónde nos encontráramos, parecía incapaz de dejar el enfado para luego, o de bajar el tono.
El pecho de Marco se sacude y la boca se le tensa. Hasta que se le escapa una sonrisa. Parece llena de algo que tiembla, no lo sé.
«Está en shock» pienso automáticamente. No sé por qué, más que nada porque quizá me vendría mejor callarme, pero sigo hablando:
—La idea era echar un par de polvos y ya está, pero te empezaste a portar tan bien conmigo que esto ha dejado de tener sentido.
Despega los labios, y vuelve a cerrar la boca una vez antes de decidirse a hablar:
—Por eso dices que parecía un chulo. Creías que era un tóxico de mierda.
Suspiro, mordiéndome el labio para que no me tiemble a mí.
—Sí, la verdad. Como al principio… yo qué sé, no tengo ganas de explicártelo. El caso es que no lo eres. Eres un buen tío y ante todo, súper sincero, así que te mereces al menos la misma sinceridad por mi parte.
—¿Qué soy para ti? ¿Un plan?
Las preguntas me atraviesan como si pudieran hacerse sólidas a través de mi pecho. Me lo merezco, por supuesto, pero eso no hace que duela menos.
—Eras un plan —reconozco—. Y con Blanca estaba… bueno, está funcionando bien. Pero ya no…
—Ya no te sirvo porque soy buena gente.
Y esta vez sí que sonríe de manera más amplia. Se gira para detener a la camarera que está pasando en ese momento por su lado, y me imagino que va a pedir la cuenta para largarse de allí.
—Yo quiero un café con leche y ella… —Me mira— ¿otro?
Asiento, sorprendida.
—Dos cafés con leche, por favor.
La camarera se aleja y yo estoy flipando con lo que estoy escuchando:
—¿No quieres mandarme a la mierda?
—¿Por ser sincera? Te mandaría a la mierda si me hubiera enterado por otro lado, creo. Y aún así, te voy a reconocer que me hubiera costado —Se encoge de hombros—. Es difícil alejarme si realmente me interesas.
—Aún así, me puedes mandar a la mierda si quieres. Un poquito. No me voy a enfadar.
Llegan los cafés, a una velocidad increíblemente rápida, y Marco fija su mirada en el humo de la taza, pensativo. Ahí vuelve la calma, esa paz que emana de él de la misma forma que el café emana su calor.
—Mira, yo mismo he conocido a gente una noche que me apetecía solo follar, y me parece una situación un tanto parecida. De hecho, considero hasta mona la intención de salvar a tu amiga sacrificándote tú, aunque apostaría a que ella te va a matar cuando se entere.
«Si se entera» pienso de manera automática.
—Por si te sirve, al final no ha sido tanto sacrificio.
—Desde luego, yo no te he visto pasarlo nada mal…
Lo dice ronroneando, y eso hace que me pase la lengua por los labios y no pierda de vista los suyos, que siguen entornados en una sonrisa.
—Podría haberlo pasado peor —reconozco.
—Vale, pero dime una cosa, ¿yo te gusto?
¿Sabes cuando alguien te ilumina el camino, y antes de eso tú ni siquiera veías que había un puto camino?
Así me siento después de escuchar su pregunta.
Está tan tranquilo y le da tan pocas vueltas que consigue que yo tampoco se las dé.
De una situación estresante, de un reconocer que la he cagado y que he hecho algo malo, ha conseguido que me relaje.
Y nunca me había sentido tan relajada hablando con alguien, así que eso solo puede significar que…
—Sí. Mucho.
—¿Mucho?
—Me he embalado, me gustaría retirar esa última parte si estoy a tiempo.
Se me enrojecen las mejillas tanto que de repente parece que estamos en plena ola de calor del mes de agosto en Madrid. Me pongo las manos frías sobre las mejillas para intentar descender la temperatura de mi cara mientras él sigue riéndose.
—Qué alivio, joder —No suele soltar muchos tacos, así que me maravilla un poco—. Pensaba que el otro día te había acojonado.
—Ah, me habías acojonado —aclaro, con más tranquilidad de la que me hubiera creído poder expresar—. Muchísimo. Hasta ese momento no me había planteado que pudiera haber nada más.
—¿A pesar del bizcocho? —Alza una ceja— ¿Tú crees que voy por ahí haciendo bizcochos a cualquier chica?
—Lo del bizcocho podría interpretarse como que me querías envenenar y lo sabes.
—Fue un detalle romántico, y tú sí que lo sabes.
Le miro tratando de no enrojecer, aunque por la manera en la que me arden las mejillas juraría que no lo estoy consiguiendo. Cuando vuelve a hablar, creo que es para echarme un cable:
—Y ahora, ¿qué vas a hacer con tu amiga? ¿Le vas a decir la verdad?
—No lo sé —reconozco. Luego cabeceo, y añado:—. Se me hace un poco raro hablarlo contigo.
—¿Por qué?
—Porque, no sé… porque eres un tío. Con el que me acuesto, y eso.
—Con el que te acostabas —corrige y un escalofrío me recorre de parte a parte—. Porque entre la pota del otro día y el drama de hoy, aquí hay mucho sentimiento y muy poco sexo.
Me toca a mí proferir una sonora carcajada. Es el tipo de humor que me gusta, no sé por qué. Me flipa que me pille tan de imprevisto con sus comentarios. Está muy tranquilo hasta que, ¡zas! te suelta un puñal gigante.
«Podría llegar a enamorarme» me reconozco, y de repente ese pensamiento ya no me da tanto miedo. Si he podido hablar de esto con él y sentirme a salvo, supongo que no sería el fin del mundo.
—Pero venga, si insistes podemos posponer un poco más el sexo y me puedes contar lo de tu amiga con más detalle. Total, yo creo que ya ni me acuerdo de cómo se follaba…
El tono con el que lo dice, distraído, como si no le importara nada pero mostrando que sí, y esa media sonrisa, me hacen soltar otra pequeña carcajada.
—Si quieres, te hago un curso acelerado.
—Acelerado, ¿por qué? Tenemos toda la noche.
Me guiña un ojo y justo ahí me doy cuenta de que me gusta la persona que soy cuando estoy con él.
Que aunque parezca increíble, soy capaz de visualizar una especie de futuro.
No le conozco mucho, y aún me falta un buen trecho para poder confiar en él, pero si no ha salido huyendo con todo esto…
No sé, ¿es posible que pueda acostumbrarse a mi locura?
Desde luego, yo empiezo a acostumbrarme a su paz.