40.
Tengo deberes. Deberes emocionales, diríamos.
Dos, para ser más exactos: Marco, y Curro. O Curro y Marco, porque ese orden me viene mejor.
De alguna manera, y aunque odio las confrontaciones de cualquier tipo, el lunes se me presenta con algo tenso por delante: decirle a mi compañero de trabajo que lo del sábado fue un malentendido y aclararle que no quiero nada con él.
El día parece sonreírme un poco, porque los otros becarios no pueden salir a desayunar, así que parece que iremos él y yo solos.
Una buena oportunidad para hablar, sobre todo si él mismo saca el tema, que no me extrañaría nada.
De lo de Marco… Bueno, aún no he llegado a ninguna decisión.
Pero espero tener tiempo, la verdad. Una parte de mí un tanto insegura piensa que cuanto más tarde en hablarle, más posibilidades hay de que se olvide de que existo.
Y lo peor es que hay otra, pequeñísima pero traicionera, que se alegra de ello. Joder, qué complicada soy a veces.
«Las movidas, una a una» me digo, y le sonrío amablemente a Curro cuando viene a buscarme a mi mesa.
—¿Lista?
—Sí —Y creo que es la mentira más grande que he dicho en toda mi vida.
Cuando nos sentamos en el bar de siempre y nos plantan el pincho de tortilla delante, estoy casi convencida de que no lo voy ni a probar. Los dos euros sesenta más desperdiciados de la historia.
—Oye, Curro… —empiezo, pero él me corta sacudiendo la cabeza.
—No hace falta que digas nada, Mele —me sonríe, con mucha ternura—. Fue un poco precipitado y tú tienes una temporada jodida, así que no te rayes y ya iremos viendo.
—¿Iremos viendo? —repito, porque creo que mi mejor baza en este momento es que él siga hablando.
Se encoge de hombros.
—Claro, nosotros seguimos como siempre y ya cuando te veas con la cabeza más clara, vemos.
—Pero…
«Pero es que no me gustas, Curro. No me gustas y el beso fue un poco por pena y otro poco por compromiso». Y me suena tan crudo, tan horrible en la cabeza, que se me forma un nudo con las palabras que me impide soltarlas.
—Yo estoy bien. De verdad.
«Está bien. Y no tienes por qué lidiar con esto ahora.
Más adelante, ya verás cómo pararlo» me digo, y aunque sé que no es la excusa más convincente del mundo, me la trago con el resto de los argumentos que me traía preparados y que de pronto me han parecido lo más horroroso que decirle a nadie jamás.
Asiento, agradecida por sus palabras y por poder escapar de la situación.
Creo que voy a tener que copiar esta parte de los deberes a alguien, porque soy plenamente consciente de que esto no cuenta como hacerlos y no tengo ningún perro al que achacarle el habérselos comido.