Un error a medida 39.
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Blanca ha tardado toda la mañana del domingo en hacerme confesar que me pasa algo, pero lo ha acabado consiguiendo.

Todo empezó porque no he sido capaz de responderle a sus memes con la misma intensidad que de costumbre (lo bien que se me da mentir en algunos aspectos de mi vida, y lo mal que se me da en otros), así que se ha puesto súper pesada con que le cuente.

Que le cuente, que le cuente, que le cuente.

Que me puede ayudar. Que es mi amiga. Y todas esas verdades estúpidas en las que siempre tiene tanta razón.

Así que he optado por hablarle del único tema del que puedo: de Curro y de lo que pasó con él ayer.

Obviamente, de lo de Marco no puedo decirle ni pío. El italiano no me ha hablado y eso me rasca un poco por dentro, pero soy consciente de que necesito tiempo y que tengo que comérmelo yo sola. Al menos hasta que decida qué hacer.

No obstante, le cuento a Blanca lo de Curro porque supongo que con eso sí que me puede ayudar.

Tras un par de stickers alucinados, decide que va a venir a mi casa.

Yo le digo que está Patricia y que igual no es la mejor idea del mundo, pero le da igual.

Y estoy demasiado cansada como para insistir.

No me vendría mal el abrazo de alguien que yo realmente quiera que me abrace.

Entre la casa de Blanca y la mía hay una media hora en metro, una distancia más que razonable para Madrid. Tengo gente de mi entorno que tarda más en ir al gimnasio, y yo siempre que les escucho pienso que a mí a veces me cuesta ser constante teniéndolo a apenas cinco minutos andando.

Aviso a Patricia de que va a venir una amiga y mi compañera de piso asiente, como si tuviera que asimilar la información.

Ahí no le culpo: está acostumbrada a mi presencia, pero a mí también me pasa a veces que, depende de lo asocial que me sienta ese día, si me dicen que va a venir alguien con el que no contaba, lo tengo que procesar.

Y luego tarda apenas dos minutos en encerrarse en su cuarto. En el que, por cierto, creo que está su novio. Que a veces se pasa días enteros en casa y yo ni siquiera le veo.

Blanca llega como una exhalación, y opino que nos parecemos en eso.

Para nuestras cosas, somos bastante paraditas y no las afrontamos de forma directa, sino que tratamos de evadirlas en la medida de lo posible.

Por el contrario, cuando se trata de apoyar a la otra persona, nos falta tiempo para aparecer con toda la energía y las soluciones del mundo.

Y me ha traído una botella de yogur de beber. De fresa y plátano, porque sabe que me anima.

Le pongo un puchero de la emoción cuando me la tiende, y luego veo cómo saca de la mochila la suya, que es de piña y coco.

Siempre tenemos la competición sobre cuál es el mejor sabor, por lo que acabamos cada una con un yogur diferente.

No sé, hay una parte de mí a la que le gusta mucho compartir esas chorradas con mi mejor amiga.

—¿Quieres que vayamos a tu cuarto, mejor? —me pregunta, evaluando a su alrededor.

El salón de la casa es muy pequeño y tengo que reconocer que lo usamos más bien poco.

Me he dado cuenta estos meses de que tiendo a ocuparlo solo cuando Patricia no está, y tengo la sospecha de que ella hace lo mismo.

No obstante, cuando coincidimos las dos lo dejamos como terreno neutral.

Al fin y al cabo, cada uno de los cuartos están a ambos lados del salón, así que es una especie de tierra de nadie que está justo en medio de nuestros reinos y en la que se escucha hasta si te suenas los mocos.

Asiento y ella me sigue, casi dando saltitos, hasta sentarse en mi cama deshecha.

No dice nada de mi desorden, aunque es bastante pulcra en general.

Es algo que me gusta de ella: por mucho que pueda ser de manera diferente a ti, nunca te va a echar en cara esa diferencia.

Nunca le va a parecer mal que no veáis las cosas de la misma manera.

—Venga, cuéntamelo todo.

—Si ya lo sabes —suspiro, apoyando la cara en la mano.

—Sé la versión resumida de WhatsApp —replica—. Ahora toca la versión extendida. No he traído palomitas porque no me ha dado tiempo, que conste.

Se me revuelve el estómago solo de pensar en las palomitas. Resoplo de manera dramática completamente a propósito, y desvío la mirada antes de comenzar:

—Pues nada, que Curro me propuso ver una peli en su casa el sábado, es decir, ayer… Y de hecho cuando me lo propuso le dije que en qué plan, ¿sabes? Que si era rollo amigos. Y me dijo que no me rayara, así que ahí yo estaba pensando que bueno, que yo ya lo había aclarado, ¿no?

Los primeros dos segundos de silencio, Blanca piensa que voy a continuar, y luego se da cuenta de que la pregunta no era retórica.

—¿No? —insisto.

—Ah, bueno —Sacude la cabeza—. A ver, podrías haberlo dejado más claro pero creo que ya el simple hecho de que preguntes en qué plan, pues da a entender que no quieres que se piense nada más allá.

—Eso creía yo —Asiento, satisfecha—. Pues nada, cuando llego todo estaba preparado: luz tenue, se había puesto mono, las palomitas recién hechas, me había comprado esas galletas que me flipan…

—¿Las de chocolate negro?

—Esas. Debo hablar a menudo de ellas, eh.

—Como diez veces al día.

—Y yo en la más pura mierda, en chándal, que al menos me había duchado porque sino ya sí que me hubiera sentido fatal —Hago un ademán, como intentando pasar por esa parte rápido—. Y claro, estaba distraída, entre la resaca, que no sabía dónde meterme y lo de Marco…

Se me escapa, y trago saliva de manera inconsciente al darme cuenta.

—¿Lo de Marco? —Alza una ceja.

—Lo de potarle toda la casa y tal —le recuerdo, aliviada por mi capacidad de reacción.

—Ah, ya —Sonríe—. Menudo panorama, tía.

—Lamentable —Me tapo la cara con las manos—. Y luego me piré y ni siquiera hicimos nada, así que imagina la imagen que debí dar.

—Si el tío no te vuelve a hablar, es un capullo y le odiamos.

«El tema es que estoy convencida de que él está esperando a que le hable yo… si es que puedo» me callo, y las palabras parecen gritos en mi mente.

Quizás cuanto más tardamos de acallar algo, más volumen alcanza en nuestros pensamientos.

Carraspeo antes de continuar:

—El caso es que estaba distraída, y me dice que qué me pasa y tal… le cuento un poco por encima, que estoy rayada y eso, y me dice…

Hago memoria, intentando recapitular cómo narices llegó a abrazarme después de eso. No me tiene mucho sentido y aunque fue el día anterior y no ha pasado tanto tiempo, no me tiene mucho sentido cómo se desarrollaron los hechos.

—¿Te dice…? —me anima Blanca, impaciente.

—Joder, no me acuerdo. Pero vamos, que me dijo algo rollo Mister Wonderful y de repente como que me estaba abrazando. Y en medio del abrazo, todo dramático me suelta que siempre va a estar ahí para mí.

—Joder, qué intenso el Currito.

—Ya ves —Abro mucho los ojos y asiento, agradecida por la comprensión—. Quién lo iba a decir.

—¿Y te besó?

—Al separarnos, me acuerdo que le iba a hacer alguna coña por eso de hacer distancia y me plantó un beso.

—¿Y te apartaste?

—No —reconozco, mordiéndome el labio con culpabilidad—. Osea, sé que tendría que haberme apartado pero yo qué sé, le tengo cariño, trabajamos juntos, me estaba tratando muy bien… y ya estaba mal como para añadirle montar una escena.

—Fue más sencillo dejarle hacer —resume Blanca, asintiendo.

Dejo escapar el aire de mis pulmones, resignada.

—Sí, creo que sí. Por suerte, luego no intentó nada más. Acabamos la peli en silencio, aunque me estuvo cogiendo de la mano todo el rato.

—Uf.

—Sí… Uf.

Se hace el silencio y podría jurar escuchar los pensamientos de mi amiga.

Creo que hay una parte de ella que, de manera inconsciente, me culpa por la situación.

Como parte de la sociedad, se nos mete en la cabeza una especie de chip que nos incita a pensar que si hay un acercamiento por parte de un tío, la chica lo iba pidiendo de alguna manera.

Y eso sucede tanto en temas más serios y peligrosos como en temas del día a día.

Más de una vez me he sorprendido a mí misma pensando eso.

Algo habrás hecho para que se lanzara . Luego he tardado relativamente poco en echarme la bronca mental por ese pensamiento de mierda, pero sí que es lo primero que me aparece en la cabeza.

Yo misma lo pensé, volviendo anoche a mi casa en metro.

Agarrada a la barra de metal, y apoyando la mejilla sobre ella (a ver si el frío me devolvía un poco a la realidad), hice un análisis completo de todas las interacciones que había tenido con Curro desde que empezamos a coincidir en la oficina.

Cada comentario malinterpretable, el colegueo que ¿quizás había sido demasiado?

Al final, me rendí. Sea lo que sea, no hay nada que haya hecho lo suficientemente evidente como para que se me lanzara de esa forma.

—No lo entiendo, la verdad —Rompo el silencio, melancólica y frotándome las manos, que de repente noto frías—. ¿Qué parte de hablarle de Marco le ha hecho pensar que quería algo con él?

—Pues yo qué sé, como es un cabrón pues igual Curro es el típico tío que va de superhéroe que te quiere salvar de él.

—¿Es un cabrón?

Alzo una ceja, y la cara de Tierra trágame que pone Blanca es para enmarcarla y colgarla en el cabecero de mi cama. Me reacomodo en la cama, mirándola con escepticismo.

Una parte muy mala de mí misma quiere responder: Si Marco es un cabrón, Saúl que te ha hecho cosas diez veces peores durante más tiempo, ¿en qué categoría lo ponemos?

. No creo que haga falta, así que me callo.

Mi mejor amiga ha venido a apoyarme, y lo que menos quiero es otra movida más este finde. Paso. No podría con todo.

—A ver… Cabrón igual no es la palabra —recoge cable, con cautela, en un tono mucho más suave que el que ha estado empleando hasta el momento—. Pero te ha hecho algunos feos. Entonces alguien puede pensar que no te trata todo lo bien que te mereces.

—Puede ser —admito.

Me muerdo el labio, pensativa.

—Tienes que aclararle las cosas, tía —dice Blanca en ese momento.

Pronuncia esas palabras con tanta seguridad como si me estuviese enumerando una ley que se hubiera aprendido de memoria.

—Lo sé —reconozco, y bajo la cabeza—. No se vaya a hacer ilusiones y todo eso. Ya es lo que me faltaba.

—¿Y no te gusta ni un poquito?

La pregunta de mi mejor amiga me pilla de sorpresa, y la miro con incredulidad.

—No, tía. Osea, es mono y majete pero ya está. Ahí se queda.

—Pues ya lo tienes. A él está visto que le flipas, y se puede pegar una soberana leche como no le pares los pies a tiempo.

—Tienes razón.

Blanca se agacha para coger del suelo la botella de yogur de beber, y me la pasa, con una sonrisa amable.

—¿Te apetece que veamos algún reality donde la peña gestione sus emociones aún peor que nosotras?

Y me saca la primera sonrisa amplia que he sido capaz de formar durante todo el día.

—Por favor.