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Cuando entro en casa de Curro mi primer pensamiento es que tendría que haber cancelado el plan.

Por una ristra enorme de motivos: la resaca, que me ha dejado agotada y con el cuerpo hecho una mierda, la escena tan chunga con Marco hace apenas unas horas y la más importante de todas: que sé que, en el fondo, para Curro esto es algo más que para mí.

No tengo tampoco demasiada experiencia en esto de friendzonear a alguien. ¿Cómo se hace? ¿Es suficiente con haberle aclarado que quedamos como amigos, o mi comportamiento puede estar diciendo una cosa completamente distinta?

Curro me recibe bien vestido, y por un segundo casi hasta me siento mal por haberme puesto unas mallas de deporte y una sudadera.

Casi. Porque los acabo de descolgar del tendedero, así que por lo menos voy todo lo limpia que se puede ir.

Sobre todo después del buen cepillado de dientes que me he metido tras zamparme una hamburguesa con queso.

De todas formas, asomo la nariz bajo el brazo para olerme de forma disimulada el sobaco mientras él se adentra en esa casa que comparte con dos compañeros de piso y de la que ya había oído hablar. Según me cuenta, están los dos de viaje, así que no nos van a molestar.

«¿Y qué más da si nos molesta alguien?» pienso, con un deje de pánico.

No es solo que las palomitas ya estén hechas y bien colocadas en un enorme bol rojo en la mesita de delante del sofá, sino que ha comprado cervezas y lo que parecen galletas de chocolate negro.

¿Le he comentado alguna vez que me flipan las galletas de chocolate negro?

Seguramente, al final en los cafés de por la mañana se acaba hablando de todo.

Qué considerado, pero… Me pone un poco más nerviosa que lo sea.

—Vaya, qué despliegue —comento, intentando sonreír—. Yo pensaba que venía a ver una peli sin más, no hacía falta que te esmeraras tanto.

—No ha sido nada —Se encoge de hombros y me indica con un gesto que me siente en el sofá, junto a él.

Yo me cuido bastante de dejar suficiente espacio entre los dos. Lo que menos me apetece ahora mismo es tener contacto físico con nadie. Y desde luego, aunque me apeteciera, Curro no encabezaría la lista.

«¿Y qué haces aquí? Es evidente que se trata de una cita».

Cojo aire despacio, centrándome en el aire que entra en mis pulmones, mientras el chico me pasa una cerveza abierta. Me da tanto palo decirle que no quiero beber más alcohol, porque ya la ha abierto, que la cojo y le doy un pequeño trago. Puaj.

—Bueno, qué —empieza Curro, con su cerveza en la mano y el otro brazo hacia atrás, apoyado en el respaldo del sofá. Se ha girado para quedar orientado a mí y luce una sonrisa enorme—. ¿Qué tal el plan maquiavélico? Que hace tiempo que no te pregunto.

—No hace ni una semana que no me preguntas —peleo, un poco en broma—. Pues… anoche salí con Blanca, como te dije, y ella acabó liándose con un tío. Un tío que no es el tóxico, aclaremos.

—Eso son buenas noticias, ¿no? El plan está funcionando.

—Eso parece.

«Debería estar más contenta de lo que estoy» me digo.

—¿Y tú qué hiciste? ¿Mirar?

Le saco la lengua.

—En realidad, acabé en casa de Marco. Le poté todo el baño y después me quedé sopa. Como ves, soy una invitada magnífica. ¿Dónde decías que estaba tu baño…?

—Wow. ¿En serio?

Me río un poco, porque la verdad es que su cara es un poema y la situación es un poco patética.

Luego, me paso el dorso de la mano por la frente, que me arde un poco a causa de la resaca.

Decido en ese momento que paso de beber más alcohol y dejo la cerveza en la mesa.

Si tengo que morirme de sed para aparentar que no quiero nada, lo haré.

—Sí sí, todo ese glamour. El caso es que esta mañana le he pedido perdón y me ha dicho que le gusto, así que me he pirado corriendo.

—Joder, tía —se ríe—. Qué bruta. Le dices que tú no le ves así y punto, ¿no? No hace falta mudarte de país.

—Supongo que hubiera sido una reacción más normal —admito con la boca pequeña.

«La cosa es que no sé si me gusta, pero si no me lo reconozco ni a mí misma, menos te lo voy a reconocer a ti» pienso al mismo tiempo. El caso es que tengo el cerebro frito por todas las emociones y estoy cansada, así que me limito a callar, lo que reconozco que no sucede muy a menudo.

—Pues nada, Mele, después de la bronca de Blanca, casi mejor que haya acabado así. No has tenido que salir tú sola de la situación, se ha sacado él solo.

—Si tú lo dices…

Sacudo la cabeza, sonriendo porque creo que el tema se va a acabar ahí.

—Ahora, a buscar cosas nuevas —Me guiña un ojo, y estoy a punto de fruncir el ceño, pero logro contenerme a tiempo—. A comer palomitas y a ver la peli esta, que dicen que está muy bien.

Asiento y agradezco a todos los dioses del universo cuando le veo pulsar el mando para que comience a reproducirse la última de Disney.

Dirijo mis ojos hacia la pantalla y mi cerebro agradece no tener que pensar en nada más.

Cojo un cojín y me lo pongo en el regazo, abrazándome a él.

Nunca he sido de quedarme dormida en las películas, pero creo que en este momento sería capaz.

La música leve de las animaciones infantiles, las luces tenues que ha puesto Curro (Curro, en serio, macho, ¿qué haces?), el olor de las palomitas…

Palomitas. Eso es. Buena estrategia para no dormirme: comer.

Llevo la mano al cuenco para coger un puñado al mismo tiempo que Curro, y nuestras pieles se tocan.

Nos apartamos de manera instintiva, nos miramos y soltamos una risa algo incómoda.

Percibo que cuando se vuelve a echar hacia atrás, lo hace un pelín más cerca de mí.

Soy consciente de que todo esto puede ser una gran paranoia mía, así que intento no pensar mucho en el tema ni reaccionar de ninguna manera.

Solo comer palomitas intentando no hacer mucho ruido al masticar y ver la puñetera película de Disney. No es tan difícil. Llevo preparándome toda mi vida para esto.

Sin embargo, la imagen de Marco llena mis pensamientos, y no tardo ni cinco minutos en desvincularme del todo de dónde estoy y lo que estoy haciendo.

Bajo la mirada y le vuelvo a dar vueltas a lo mismo que lleva girando en mi mente desde que me marché de su casa: ¿me he asustado porque sí o porque no ?

Desde Nando no he tenido nada serio con nadie.

Una decisión totalmente consciente, porque me negaba (y me niego) a volver a pasar por lo que pasé con él.

A sentirme vulnerable, a abrirme y que jueguen conmigo.

A pensar que yo doy más y que siempre soy "la pesada", "la dependiente": Esa Elena ya no existe, me he asegurado bien de asesinarla y enterrarla a diez metros bajo tierra.

Desde entonces, diría que solo he tenido un "susto", en el que pensaba que podría estarme pillando de una chica con la que quedé durante unos meses.

Y en ese caso, se resolvió de manera bastante fácil porque la chavala se mudó de ciudad y dejamos de quedar.

Lo cual fue un alivio para mí y creo que también para ella, que siempre decía que yo estaba un poco loca.

Podríamos decir que Marco es sin lugar a dudas, el susto más grande que he tenido en dos años, y si no lo he parado antes es porque no me he dado cuenta de que estaba sucediendo.

Todo el rollo del Proyecto Tóxico me ha tenido muy enfrascada, estaba demasiado enfocada en cómo actuaba él y no he pensado en ningún momento en lo que yo misma estaba sintiendo. Qué bien.

Por eso digo que no sé si me he asustado porque sí que quiero algo con él, porque sí que siento algo intenso que quiero explorar, o porque no lo quiero y voy a tener que llegar a ese punto tan incómodo de soltárselo en persona. Eso también me da cierto pánico, porque rechazar nunca ha sido lo mío.

"Lo mío" es más bien dejar claro desde el principio que no quiero nada y recordarlo cuando las cosas se ponen algo intensas. Y además, desaparecer poco a poco. Sé que no es lo más bonito del mundo, pero funciona en la mayoría de las ocasiones.

La verdad es que Marco tiene algo que no me hubiera esperado encontrar. Es diferente a otros tíos que han entrado y salido de mi vida. Creo que se trata de esa calma que le caracteriza, esa tranquilidad que se contrapone a mi energía explosiva. A mi misil , como dice él.

Se me escapa una sonrisa al pensar en el término, y espero que se pueda confundir con algo de lo que esté pasando en esa película a la que no estoy prestando el más mínimo de atención.

Y es guapo. Muy guapo, de una manera muy objetiva.

Nunca he sido muy de fijarme en chicos con rizos (suficiente con los míos, gracias), pero le encuentro el encanto al desorden que forman en su frente.

Tiene unos ojos preciosos, que parecen estudiarte con la misma calma que él muestra. Y esos hoyuelos…

«Mierda.»

Supongo que lo tengo más claro de lo que pensaba.

O eso o alguien se ha equivocado poniendo estas mariposas en la boca de mi estómago.

Aunque también puede ser la resaca y la mezcla de cerveza y palomitas, que no parece la mejor idea del mundo y que es bastante probable que me haga acabar otra vez en el baño.

De todas formas, no sé si puede gustarme. Es decir, no sé si tengo siquiera la posibilidad, si está dentro del abanico de escenarios que podrían caber en mi vida en este momento.

Para empezar, hay una gran porción de mí que niega con la cabeza de manera obsesiva solo de pensar en involucrarme con alguien. En mostrarme como soy, con mis inseguridades y lo que necesito. «Paso, paso, paso» comienza a amontonarse en mi cabeza, sin dejar mucho espacio a nada más.

Y después está… bueno, lo del Proyecto Tóxico. Que es una liada tremenda.

Ya no solo por Blanca, porque realmente pienso que si ahora de repente me empieza a ir bien con Marco, eso va a hacer que mi amiga tenga esperanzas de que Saúl cambie. Y los tóxicos no cambian.

Los tóxicos que te inventas… esos, puede que sí. Pero los de verdad, no.

No es solo eso. Es que claro, también tendría que contarle a Marco la verdad.

Y según toda película de comedia romántica que he visto en la totalidad de mi vida, eso acabaría mal, fijo.

Sin asomo de duda. Que luego es probable que me perdonara y eso, o al menos eso sucede en las películas, pero el caso es que la confrontación con él me da miedo.

No sé cómo podría reaccionar, porque no le conozco demasiado.

Por eso me gusta más huir. No les da tiempo a abandonarme.

«Qué melodramática» resoplo. Solo me doy cuenta de que lo he hecho en voz alta y no solo en mi mente al notar la mirada de Curro sobre mí.

—¿Estás bien?

Su expresión es de preocupación, y no me puedo ni imaginar la imagen lamentable que estaré proyectando, abrazada al cojín, con mis pintas de muerta viviente y resoplando. Sacudo la cabeza, intentando que con eso se larguen también todas las preocupaciones. Le sonrío.

—Sí, no te preocupes. Solo estoy cansada y… no sé, rayada pensando un poco en todo. Pero lo normal, supongo.

—¿Rayada por lo de Marco?

Me lo pienso un segundo antes de contestar. Supongo que, llegados a este punto, puedo ponerle un poco en situación de lo que me pasa por la cabeza, aunque sin llegar a dar detalles.

—Es… complicado. Me raya cualquier cosa que me recuerde a la posibilidad de empezar algo. Tuve un ex muy jodido y digamos que me dejó bastante tocada.

—¿Un tóxico? —Sonríe, amable. Le devuelvo la sonrisa.

—Sí, uno de los peores. Que, por cierto, me ha vuelto a hablar y me ha dicho de tomar un café un día de estos.

—¿Y tú qué le has dicho?

—Que sí —Suspiro, y me froto el puente de la nariz—. Pero vaya, aunque sepa que no es buena idea, si termino yendo es porque hay una parte de mí que quiere demostrarle que estoy genial sin él. No porque piense que debería.

—Es que en efecto, muy buena idea no es.

—Pero es de este tipo de gente… ¿Tú no tienes ninguna ex de estas que aparecen y desaparecen? ¿Que cuando surgen de nuevo de entre las sombras sientes que nada ha cambiado?

Se lo piensa un segundo, y se acomoda en el sofá. Luego, se inclina hacia mí, apoyando el codo en la pierna y la cabeza en el puño.

—Hay una, que siempre que me olvido de ella aparece dando algún like o poniendo alguna historia en Instagram que sé que va por nosotros. Hace ya un tiempo de eso así que no me afecta demasiado.

—Qué suerte —ironizo.

—Pero vaya, que lo entiendo. Ahora mismo estás jodida, no quieres hacer daño… vamos, lo normal. Anda, ven aquí.

«¿Ven aquí…?» me da tiempo a pensar antes de que se acerque arrastrándose por el sofá y con los brazos abiertos.

Cuando me envuelve con ellos, me siento rara. Por un lado, entiendo que es un gesto amable, pero también me doy cuenta de que jamás hemos tenido contacto físico más allá de algún golpecito en el brazo, así que no llego a estar cómoda.

De todas formas, no veo una manera de salir de esa situación que no sea siendo muy desagradable y antipática, así que estiro los brazos yo también y pongo las manos en su espalda.

—Gracias, hombre —bromeo.

—Nada. Yo siempre voy a estar aquí para ti. Lo sabes, ¿no?

Nos separamos y estoy a punto de hacer algún tipo de broma sobre que no le queda otra porque trabajamos juntos, pero cuando alzo la vista me doy cuenta de que me está mirando de manera muy intensa.

Apenas dos segundos después, se inclina hacia mí con expresión seria, y antes de que pueda siquiera forzar mi resacoso cerebro a pensar en lo que está pasando, me besa.

Y cortocircuito. No sabría describirlo de ninguna otra manera.

Cortocircuito porque estoy cansada, me siento perdida, no sé lo que quiero y por encima de todo, me aterra ser desagradable con este chico que me está tratando tan bien. Viejas costumbres, supongo.

Así que le dejo besarme. Al fin y al cabo el beso no está mal y sus labios son suaves. El beso es tierno. Se separa de mí con una sonrisa que rebosa afecto:

—Perdona. ¿Te ha molestado?

—No… no —musito, frunciendo los labios—. Es que es... No me lo esperaba.

—Lo entiendo —asiente, y me vuelve a estrechar entre sus brazos, apoyando la barbilla en lo alto de mi cabeza—. No te preocupes. Tenemos todo el tiempo del mundo.

Esa tarde, no salgo huyendo porque creo que no podía sobrevivir a dos huidas en un mismo día.

Vemos la película y no me vuelve a besar, aunque noto que quiere hacerlo cuando nos despedimos, en la puerta.

No obstante, ya soy lo suficientemente experta en cobras como para que no se note que hago una, así que creo distancia y le sonrío a modo de despedida.

Me marcho a mi casa sintiéndome demasiado sola como para haber compartido el día con dos personas diferentes.