Un error a medida 37.
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Me despierto de golpe, sobresaltada.

No debe ser el espectáculo más bonito del mundo verme alzar la cabeza, que hasta entonces tenía pegada a la almohada que he notado húmeda y mirar a ambos lados como si fuera un cervatillo deslumbrado por las luces de un coche.

Tardo muchísimo en ubicarme. Aunque paseo la vista varias veces por la habitación, se me hace como si de repente me hubieran metido en un hotel o algo parecido. No es tan extraño: al fin y al cabo no he estado tantas veces aquí. Aún no me consideraría familiarizada con ese entorno.

De todas formas, al final consigo unir las piezas del puzzle que se ha reventado en el fondo de mi mente, al menos lo suficiente como para deducir que estoy en casa de Marco. Y claro, en ese momento sí que se me hace todo muy familiar.

No está en la cama conmigo, y no sé si es mejor o peor.

Si lo tuviera ahí al lado, esperando algo de mí, con este dolor de cabeza que me está reventando ahora mismo…

No sé, no sabría ni qué hacer con mi vida.

Es como si me estuvieran repicando con un pequeño martillo en cada una de las sienes.

Trago saliva, y tengo la boca seca y ese sabor amargo del alcohol y del… ¿vómito?

«Vomitaste».

Es como si el pensar en la palabra me trajera los recuerdos a la cabeza. Marco sujetándome el pelo en su baño y yo dejándome hasta la primera papilla, tirada en el suelo y gimoteando.

«Lloraste».

Joder. Joder, joder. ¿Se puede dar un espectáculo más lamentable que el mío?

Recuerdo de manera vaga encontrarme con Marco en la puerta del bar, lanzarme a besarle como si fuera una botella de agua en medio del desierto, y que él mismo tuviera que apartarnos del camino del resto de la gente.

¿Me despedí de Blanca? Eso no lo recuerdo.

Tanteo la cama en busca de mi móvil, que suelo dejar a mi lado cuando duermo, mientras rememoro el camino a casa de Marco y cómo todo empezó a darme vueltas. Para cuando subimos a su casa, ya estaba tan mal que salí disparada directa al baño.

No sé ni cuándo entró él ni por qué no me pidió un taxi a casa.

Me doy cuenta de que el móvil está en la mesilla, enchufado a un cargador que evidentemente no es el mío. No le dedico demasiado tiempo a ese pensamiento, porque lo desenchufo y miro la aplicación de WhatsApp, un tanto desesperada.

Ningún mensaje de Blanca. Lo último que tengo de ella fue cuando nos anunciamos mutuamente que habíamos llegado a Sol, a las diez de la noche.

Un escalofrío me recorre la espina dorsal y le escribo:

Tía, dime que anoche me despedí de ti. Por favor. Y que estás bien.

Me siento casi peor por haberla dejado sola con esa panda de desconocidos que por haber desaparecido sin decirle nada. Es bastante probable que por esto último se enfade (y con razón) pero lo primero me hiela la sangre.

Aprovecho para mirar la hora: las doce y cinco. Madre mía, llevo durmiendo toda la mañana. Normal que Marco se haya levantado ya. Estará haciendo algo productivo con su vida.

No me atrevo ni a bloquear el teléfono: me limito a mirar fijamente la conversación con Blanca, esperando que ella también esté despierta y sea capaz de contestarme. Y de decirme que está bien, que se ha tirado al pavo ese o lo que sea. Pero necesito que me diga algo .

Los tres minutos que tarda en contestarme me pasan helados por la sangre, como si fueran el equivalente a tres siglos.

Nos despedimos, creo. Yo tampoco me acuerdo bien. Me va a reventar la cabeza, tía.

Decir que suelto el aire sería quedarme corta.

No lo suelto, se me escurre por las fosas nasales.

Me desinflo como un maldito globo. La resaca es literalmente lo mejor que le puede haber pasado a mi amiga, al menos ni siquiera entraba en el top 20 de escenarios truculentos que han podido aparecer en mi cabeza en esos tres minutos que ha tardado en responderme.

Y no está enfadada. Eso es un plus estupendo.

¿Te fuiste con el tío ese?

No, tía. Al final me dio la bajona y me fui a sobar. Creo que eran las cuatro o las cinco. ¿Y tú cómo llegaste a casa?

No estoy en casa…

Ajá…

¿Te fuiste con Marco, a que sí?

Me reconozco en ella. Es curioso porque así es exactamente como hubiera reaccionado yo si Blanca se hubiera pirado con Saúl, y mucho más después de todo ese discurso empoderante que nos marcamos diciendo que íbamos a pasar de los dos.

Del uno y del otro, respectivamente. Pues es obvio que yo no me he aplicado el cuento.

Me dan ganas de ponerme a recitarle una a una todas las veces que ella me dejó tirada estos últimos meses por largarse a casa de Saúl, y muchas de ellas yo ni siquiera estaba con ningún tío al que pudiera poner de excusa.

Muchas veces, el hecho de que Blanca decidiera pirarse con Saúl implicaba que yo me tenía que pirar también, pero a mi señora casa.

No obstante, no saco nada de empezar una discusión por todas las implicaciones que una pregunta tiene dentro de mi cabeza, así que me trago todos esos pensamientos con bastante esfuerzo de mi alma.

Sí, tía. Y creo que le he potado el baño entero. Qué vergüenza, no sé ni dónde está él.

¿Se ha largado? Joder…

No le contesto. Creo que las palabras de mi amiga son la señal que necesito para tratar de averiguar dónde está el italiano, así que trago saliva de nuevo, me lamento de todo corazón por no tener un cepillo de dientes a mano y me impulso para quedar sentada sobre la cama.

«Mala idea» piensa mi cerebro, y todo mi cuerpo se muestra en disconformidad por ese gesto.

Cualquier cosa que no sea la posición horizontal desagrada enormemente a mi cabeza, que empieza a repiquetear con más fuerza. Resoplo, poniéndome la mano libre sobre los ojos. En la otra tengo agarrado el móvil como si me fuese la vida en ello.

Por un segundo, me planteo la posibilidad de que Marco se haya tenido que pirar y no haya sido capaz de despertarme.

Espero que no, aunque supongo que en ese caso me habría encontrado una nota o algo mucho más actual como un WhatsApp en el que me pidiera que por favor limpiara su baño y cerrara la puerta al salir.

Cojo aire y tomo una decisión más ejecutiva que sentimental: lo primero que tengo que hacer es encontrar mi bolso. Por suerte, lo localizo pronto encima de la cómoda. Lo que pasa es que ahí está también el espejo de la habitación de Marco, y casi me da hasta miedo comprobar las pintas que tengo.

Me levanto y de un movimiento rápido, atrapo el bolso y me vuelvo a sentar en la cama.

Rebusco en él para, primero, comprobar que lo tengo todo (no sería la primera vez que me roban y no me doy ni cuenta) y después, encontrar un blíster de ibuprofenos que llevo siempre para emergencias.

Nunca se sabe cuándo y en qué circunstancias le puede a una venir una regla bien dolorosa, y para mí el ibuprofeno es la diferencia entre llevarla bien o agonizar retorciéndome de dolor en el suelo.

Me meto la pastilla en la boca, dispuesta a tragármela sin agua, cuando reparo que, al lado de donde estaba mi móvil en la mesilla de noche, reposa un vaso lleno.

No me doy tiempo ni a plantearme si ese vaso está ahí para mí (bien podría albergar una dentadura postiza, que me daría igual): lo alcanzo y apuro su contenido.

Cierro los ojos y cojo aire. Ahora, a esperar a que haga efecto y se detenga el martilleo en mis sienes. Por favor.

Me aliso el vestido y me doy cuenta de que sigo llevando puestas hasta las medias, así que deduzco que después del espectáculo me debió dejar en la cama como buenamente pudo. Aún ni he visto a Marco y ya me está dando muchísima pena por lo que ha tenido que aguantar.

Me levanto a duras penas y avanzo hacia la puerta, casi rezando que el chico no esté ahí. No estoy en condiciones, ni físicas ni morales, como para ser una persona medianamente decente en este momento. Pero tengo que verle y darle las gracias antes de poder largarme a mi casa a seguir durmiendo y…

«O no, porque has quedado con Curro dentro de unas horas» me acuerdo de pronto. Cierro los ojos, como si el pensamiento me hubiera golpeado. Quién me manda a mí hacer planes después de una cogorza. Siempre parecen una buena idea antes de cogerte la susodicha.

Cuando salgo de la habitación, armándome de un valor que no tengo, lo veo sentado a la mesa del comedor, detrás de su ordenador portátil plateado. Tiene los rizos despeinados (aunque no es ninguna novedad) y cuando alza la vista para verme aparecer, sonríe de oreja a oreja.

—Vaya, buenos días.

Se me hace un nudo en la garganta y por un segundo deseo haber tenido el coraje de mirarme al espejo para al menos saber con qué clase de estampa se acaba de encontrar el chico.

Trago saliva para intentar bajar el nudo y de paso, el mal sabor de boca con el que he amanecido.

Aunque, ¿se puede considerar amanecer si es más allá de las doce?

—¿Buenos días? —dudo, y me quedo ahí plantada, bastante segura de que no voy a ser capaz de moverme.

—¿Cómo estás? ¿Mucha resaca?

—Me quiero morir.

Las palabras deben salirme muy sinceras, porque estalla en una carcajada con una soltura que no le había visto nunca antes.

Deja una taza (que no me había dado cuenta de que tenía en la mano) sobre la mesa y se levanta para avanzar hacia mí.

Yo contengo el impulso de apartarme, porque lo realidad es que tengo que apestar. Alzo las manos:

—No te preocupes, cojo mis cosas y me piro.

Él ladea la cabeza, y me doy cuenta de que, a pesar de tener mucho mejor aspecto que yo, sigue en pijama.

—¿Otra vez huyendo?

Consigue sacarme una pequeña sonrisa, y me aparto el pelo detrás de la oreja, intentando imaginarme cómo debo de estar.

—Depende… ¿Cómo de lamentable fue mi espectáculo anoche?

Él sonríe de nuevo, recorta con un paso la distancia que nos separa y me pone ambas manos en los brazos, frotándolos un poco. Me parece un gesto tan tierno que me derrito un poquito por dentro.

«Ese corazón frío de bruja, Elena… Algo le está pasando».

—¿Lamentable? No lo llamaría así. Humano, puede.

—¿Humano? —repito, alzando una ceja.

—Un humano con una sorprendente capacidad para vomitar sin descanso, claro.

—¡Noooo!

Agacho la cabeza y alzo un brazo para pegarle en el pecho, muerta de la vergüenza, y sus carcajadas se alzan otra vez mientras me sujeta contra su cuerpo.

—Que es broma, es broma. Estabas súper graciosa. Querías seducirme.

Emito un gemido lastimero por lo bajo, aún con la frente apoyada en su pecho.

—Por Dios… —me lamento, en un susurro.

—Te dejé en la cama, me dijiste que habías venido a follar y acto seguido estabas roncando.

—¡Yo no ronco!

Alzo la cabeza, indignada, para encontrarme con el brillo de sus ojos divertidos.

—Anda que no. Como un perrillo.

Suspiro dramáticamente.

—Mira, déjame ducharme al menos antes de seguir teniendo esta conversación, para no ser un perrillo que además huele a mono.

Hace ademán de olerme pero soy más rápida a pesar de la resaca: lo esquivo rápidamente y es ahí cuando me doy cuenta de que el ibuprofeno está empezando a hacer efecto.

—Las toallas limpias están en el cajón del lavabo —me informa mientras entro en el baño, aún sonriente.

Quince minutos más tarde, estoy duchada, me he recogido los abundantes rizos en una coleta alta que tiene un aspecto más o menos aceptable, y he hecho tantas gárgaras con su enjuague bucal que creo que me he destrozado el esmalte de los dientes.

Salgo del baño enfundada en la toalla y me lo encuentro tirado en el sofá, mirando el móvil y claramente esperándome.

La mirada que me echa en cuanto me ve querría tatuármela en la memoria de por vida.

—Mejor —anuncio.

—Mucho mejor —concuerda—. Mucho mejor que muchas cosas. Te puedo hacer una lista.

—Me la puedo imaginar.

Me acerco hasta sentarme en el brazo del sofá, a su lado, y él se incorpora.

—Lo siento —le digo después de unos instantes en los que parecemos evaluarnos—. Porque hayas tenido que cuidarme, y eso.

—No te preocupes —le quita importancia—. Ya te he dicho, fue gracioso. Y me gustas lo suficiente como para aguantar lo que me eches.

«Me gustas lo suficiente como para aguantar lo que me eches».

Un latido.

Dos.

Tres.

«Joder».

¿Qué es esta sensación en el pecho?

No sabría definirla. ¿Es calor, es agobio? No tengo ni idea, pero sí que me está abrumando. Cualquier cosa, si es demasiado, agobia y duele. Aplasta.

Trago saliva y le miro a los ojos con algo que espero que no sea puro pavor.

«Me gustas lo suficiente como...»

No. No. No. No.

Me va a hacer daño. O se lo voy a hacer yo. No íbamos a llegar a esto.

«… para aguantar lo que me eches».

Cojo aire, intentando disipar todo lo que está batallando en mi pecho. Cierro los ojos un segundo y decido hacer lo que hago siempre.

¿Adivinas?

—Huir es de cobardes. Retirarse es de gente lista —murmura Marco en ese momento, como leyéndome el pensamiento.

—¿Qué? —replico, desubicada.

Él sonríe en respuesta, y es una sonrisa tan calmada, tan como es él, que me descoloca aún más.

—Que estás pensando en irte porque te he acojonado. Así que te voy a permitir retirarte con elegancia, pero quiero que tengas bien claro que estás huyendo.

Se levanta con parsimonia del sofá y se inclina sobre mí para besarme en los labios. Es un beso largo, solo labios contra labios, y después me agarra la barbilla para darme dos pequeños besos más.

—Ya me dices si otro día quieres acabar lo que trataste de empezar anoche —Me guiña un ojo y desaparece en la cocina.

En los siguientes diez minutos, yo me visto en silencio y, sin decir nada, me voy.

Me ha parecido que su última frase era suficiente despedida.