36.
Ya en la discoteca, todo se vuelve un poco borroso.
El alcohol se mezcla con la euforia del momento y con las letras de esas canciones que nunca nos cansaremos de escuchar.
Yo me engancho con mi amiga y por un buen rato, incluso nos olvidamos de que habíamos entrado con más gente.
Ella y yo, mano a mano, lo somos todo. El resto no importa.
Casi me molesta cuando el chico, el "más guapo de los tres", la agarra del brazo para separarla de mí.
Y con "casi" me refiero "estoy a punto de darle una patada en la espinilla", pero recuerdo las ganas que tengo de que olvide a Saúl y me dejo arrastrar por otro de los amigos, que debe haberme fichado sin que yo me diera mucha cuenta.
Fíjate, tan ocupada estaba gestionando el "rechazo" de no gustarle al que me había interesado a mí en un principio que ni siquiera había visto que a otros sí les gustaba.
La historia de nuestra vida, ¿no? No es que nuestra valía la determine la atención de los demás, pero es cierto que a veces solo nos centramos en lo que no tenemos, como si nos definiera mucho más que ninguna otra cosa.
Con lo poco que puedo enfocar, hago un esfuerzo por fijarme en él.
Me gusta el tacto de sus manos en mi cintura, pero la verdad es que me incomoda un poco que tenga la cara tan cerca de la mía.
Es de esos que en lugar de bailar se restriegan contra ti y estoy convencida de que si el tipo me gustara, eso me importaría más bien poco.
El caso es que, aún borracha, no quiero estar ahí.
Y es un poco duro pensar de una misma que es más "fácil" estando borracha, aunque creo que en mi caso es más bien que me suelto más y que cosas que me dan palo, dejan de dármelo, o al menos en tanta medida.
Eso sí, y como con todo, tiene que haber una base de placer, de deseo. Base que aquí, desde luego, no hay.
En cuanto el chaval, que no tengo ni idea de su nombre, empieza a dirigir su cara hacia mi cuello, me aparto para dar una vuelta sobre mí misma y poder hacer hueco entre nosotros.
Miro hacia atrás y busco a Blanca con la mirada, solo para encontrármela enrollándose con el chico.
Una parte de mí suspira de alivio y la otra se angustia al saberse sola con un tío aleatorio en medio de la discoteca.
Y él me mira con ojos juguetones, indicándome que espera algo de mí. Me estremezco.
«Los has invitado tú» me dice una voz en mi cabeza.
«Eso no significa que tengan derecho a besarte si no quieres» me recuerda otra, que he creado en mí no hace tanto tiempo.
Así que me despego de él y le digo que voy al baño con gestos y una gran sonrisa que no siento en el corazón, y en medio de una canción que me encantaría estar bailando sin preocupaciones me hago paso por la discoteca, casi a codazo limpio.
¿Qué pasará los viernes que todo está tan petado de gente en Madrid? ¿Será la libertad después de la semana de estrés? ¿O todos pensamos desde siempre que tenemos que aprovechar cada momento antes de que se nos escape de entre los dedos?
«Estás borracha, para de filosofar».
Los baños dan tanto asco como siempre. Son los mismos en los que nos conocimos Blanca y yo, y por eso seguimos viniendo a este antro de mala muerte que de discoteca solo tiene el nombre y la bola colgando del techo.
¿En qué clase de locales sigue habiendo bolas de discotecas, te preguntarás?
Nosotras hace tiempo que dejamos de hacerlo porque la respuesta no nos convenía para nada.
Me meto en el baño en el que nos conocimos, no por melancolía sino porque es el que está vacío, y cierro la puerta tras de mí con un suspiro.
Incluso dentro de los aseos, el bullicio me revienta la cabeza.
Es alucinante lo rápido que puede pasar la borrachera de tenerte en la cima de la ola a llevarte al borde del abismo.
Y ahora mismo no me apetece nada. Así de sencillo.
¿Solo porque un tío ha intentado babosearme y mi amiga ha ligado con alguien que sí que le gusta? No tengo tiempo de pararme a analizar ese pensamiento, pero supongo que soy más simple que el mecanismo de un botijo.
Aprovecho para hacer pis (yo siempre tengo ganas, si se me presenta la oportunidad) poniendo una cubierta de papel higiénico por encima del váter. Soy incapaz de hacer una sentadilla sostenida cuando estoy borracha, es quizás uno de mis mayores defectos.
Ese, y las veces que me da por hablarle a la peña por WhatsApp cuando estoy borracha.
Como en este momento. En cuanto me subo las medias, cojo el móvil y apoyo la espalda en la pared.
No lo dudo ni un segundo, aunque sé que sobria le hubiera dedicado al menos un trillón de ellos a decidir lo que voy a hacer en ese momento.
Pero me recuerdo que es un experimento y que si sale mal, casi hasta me conviene.
Así que busco el contacto de Marco y le pregunto que dónde está.
Así, tal cual: ¿Dónde estás?
Bueno, voy a reconocer que el mensaje real tiene al menos dos faltas de ortografía y le falta algún que otro signo de interrogación. Y que con los dedazos de borracha se me ha colado un sticker de un gato haciendo surf.
Su respuesta no tarda demasiado en llegar, lo que me indica que debe estar con sus amigos, de fiesta también.
Por Tribunal, ¿y tú?
Tengo que reconocer que gana un punto de mi admiración por ser capaz de mandar un mensaje tan claro. Mis ojos, sin embargo, hacen el trabajo que su borrachera dejó sin acabar y tardan dos pasadas en leerlo.
En realidad, estoy mareada. Bastante mareada.Me paso la mano por la frente antes de contestar.
Sol
¿Estás bien?
Sí, solo aburrida. Mi amiga está con un tío.
Por un segundo soy consciente del cambio de canción, a una que me gusta mucho.
Me doy cuenta de que estoy cantándola en voz alta cuando noto que hay una chica al otro lado de la puerta acompañándome, y ese gesto de sororidad me arranca una sonrisa incluso entre el humo que lo embarga todo dentro de mi mente.
Estos se piran ya, ¿te paso a buscar?
Si estuviera sobria, quizás hubiera tardado más en contestar. O como poco, me hubiera hecho la interesante, hubiera pretendido tener un plan mejor o le hubiera hecho esperar al menos, yo qué sé, cinco minutos. O cincuenta segundos, al menos.
La realidad es que volver arriba para limitarme a presenciar cómo Blanca se come los morros con un pavo y tener que esquivar a su amigo, ese que piensa que como me he quedado sola tengo por contrato que liarme con él, me apetece tanto como cortarme un dedo del pie.
Así que estoy bastante segura de que jamás mis dedos han tecleado tan rápido como lo hacen en ese momento para decirle que sí.
¿Cómo se lo voy a explicar a mi amiga, cuando esto es precisamente lo que le venía criticando hasta el momento?
Ese es problema de la Elena del futuro, supongo. Aunque ese futuro está a apenas diez minutos y muy dispuesto a reventarme la cara.