35.
Ver a Blanca feliz me hace feliz. Es probable que eso signifique que soy más simple que el mecanismo de un botijo.
No obstante, hacía demasiado tiempo que no presenciaba esa sonrisa tan genuina.
Y Blanca es una persona bastante cascarrabias en general, por lo que cuando se dedica a emitir luz, ilumina estadios enteros.
Hemos pasado de Teresa y de Ana. De manera literal, además, porque nos han propuesto un plan y hemos hecho como que ya teníamos otros compromisos que nos impedían salir de fiesta.
¿Que es porque nos apetece salir a nosotras solas, a nuestra bola?
Sí. Pero no hay manera de decirles "mirad, es que preferimos que no vengáis" de forma delicada, así que toca recurrir a las muy bonitas excusas.
Y a bloquearlas de las historias de Instagram para que no nos descubran, por supuesto.
No es la primera vez, ni será la última que lo hagamos.
Como se puede comprobar, tampoco es que seamos las mejores amigas del mundo, menos entre nosotras… O eso me gusta decirme a mí misma.
Aunque aquí puede venir cualquier iluminado a decirme que si ella me oculta a mí la mitad de lo que yo a ella, es probable que tampoco seamos tan buenas la una con la otra. El caso es que no es así como lo siento, así que ni siquiera me permito pensar en ello.
Nos hemos ido al bar de verdad, al que nos gusta: el Malaspina.
Sin postureos y sin mierdas. Es un día especialmente ajetreado y hemos tenido que esperar alrededor de una hora en la barra a que los amables camareros nos dieran mesa, pero una vez aposentamos nuestros traseros en una, de ahí no nos mueve ni un huracán.
Van ya tres tintos de verano y una caña (fatal combinación, no se la recomiendo ni a mi peor enemigo) y las risas se suceden tras rememorar todas y cada una de las anécdotas de siempre.
Esas que contamos cada vez que nos vemos, pero que nos siguen haciendo exactamente la misma gracia.
Tengo una sensación en el pecho que me dice que esto es lo único que necesito.
Una amiga de verdad y unas horas de risas.
Se pueden ir a tomar por culo los tíos, las tías, el trabajo y todo lo que me pueda preocupar en esta vida.
Si pudiera congelar en el tiempo esta sensación, sería feliz para siempre.
Tengo la teoría de que estos momentos los vivo de manera un tanto más intensa que el resto del mundo. Quizás por eso me jode tanto que Saúl me esté quitando a Blanca, no lo sé. No me paro mucho a pensarlo. Prefiero vivir la vida en latidos como este.
No me acuerdo exactamente cómo nos hemos puesto a hablar con los tres tíos que hay en la mesa de al lado. Los chicos, que diría yo que nos sacan unos cinco o seis años, se unieron con entusiasmo a nuestra conversación y nosotras aceptamos encantadas. En aquel sitio siempre acabamos haciendo amigos.
Hay uno que no está mal. No es demasiado alto, pero sí moreno de piel (otra de mis debilidades) y tiene una sonrisa enorme.
No obstante, veo que Blanca también le está poniendo ojitos y mi prioridad, esta noche, es que ella se distraiga.
Y si puede follarse a alguien que no sea Saúl, mejor que mejor.
Aunque me gustaría poder hacerle un examen al pavo ese para ver si es igual de tóxico, porque no vamos a salir de Guatemala para caernos en Guatepeor, ya te lo digo yo.
Por un segundo, me siento un poco de lado.
Es esa sensación que te entra cuando el chico en el que te has fijado tiene la atención puesta en tu amiga.
Como si de repente, por no haber podido captar su mirada, te volvieras menos válida, pequeñita.
Y a mí no me gusta sentirme pequeñita. Así que en cuanto puedo, propongo un brindis y todos los ojos se vuelven hacia mí.
Es algo que solo me permito hacer cuando llevo dos copas de más, y en este caso nos hemos topado con tres.
Blanca me mira con expresión radiante y yo subo aún un escalón más en la escalera de mi felicidad. Sin pensarlo demasiado, les invito a venir con nosotras a la discoteca a la que teníamos pensado ir después del bar, que también es la que ocupamos siempre con nuestros gritos y bailes estúpidos.
—Tía… —Blanca me agarra del brazo y me susurra al oído— ¿En serio? Pensaba que íbamos a ser tú y yo.
Se me hace un nudo en la garganta, porque no era eso lo que había percibido por parte de mi amiga y temo por un segundo haberla cagado.
—Oh, ¿quieres que les diga que no? Voy ahora mismo y…
—No —se apresura a decir—. Bua, es que hace tiempo que no salimos de este rollo.
—¿Y es malo?
—¿Tú no estabas en serio con el italiano?
—¿Qué dices, tía? —me escandalizo— Qué va, si no sé ni lo que quiere… me marea.
No me había planteado seguir mintiéndole.
Prometo que no. Juro que ha sido el alcohol y también, probablemente, las pocas ganas que tengo de confrontación.
Estoy tan contenta de haber recuperado a mi amiga y esta felicidad que me embarga el pecho, que cualquier cosa que lo haga peligrar me estremece el alma.
No obstante, ella se limita a darme un apretón lastimero en el brazo y luego a dedicarme una gran sonrisa.
—Bueno, tía, pues que se jodan los dos. El italiano y Saúl, ¿o no?
Se me hincha tanto el pecho que creo que voy a reventar de un momento a otro.
—¡Exactamente! ¡Que se jodan!