34.
No sé por qué se lo he contado a Curro. Tengo solo una teoría, y es que le estoy usando como una especie de Pepito Grillo mezclado con cura confesor de pecados que le deja en una posición demasiado poderosa dentro de mi cabeza.
Y desde luego él lo sabe, porque desde que se ha enterado de la movida no me ha dado ni un minuto de tregua.
Nos hemos quedado solos en la oficina. Los viernes hay bastante gente que trabaja desde su casa, pero a los becarios no se nos ofrece esa opción.
De mi departamento en específico solemos estar mi jefa y yo, pero ella está de viaje de reconocimiento de uno de los proyectos que gestionamos, así que la pequeña sala donde trabajo hoy me pertenece por completo.
Y Curro, el chico responsable y listo de la clase, hace ya un buen rato que terminó sus tareas, así que ha venido a hacerme compañía. Una cosa ha llevado a la otra y… me está echando la bronca. Otra vez. Últimamente parece que es lo único que hace.
Pongo los ojos en blanco y me cruzo de brazos antes de recostarme en la silla, empezando a encenderme. No me gusta nada que me regañen, muchísimo menos si es sobre algo que yo sé perfectamente que está mal. Ya me valgo yo solita para fustigarme, muchas gracias.
—Que te estoy diciendo que tenía intención de contárselo. Pero como comprenderás, después de esa conversación ni se me pasa por la cabeza.
—Estás engañando a tu amiga porque te estás pillando del italiano ese.
Esa afirmación aumenta un buen porcentaje mi cabreo, así que frunzo el ceño a propósito, porque parece que el resto de mi lenguaje corporal no le ha dejado claro hasta el momento que no me está haciendo ni puñetera gracia la conversación.
—No me estoy pillando, listillo.
—¿Ah, no? Entonces, ¿por qué se lo querías decir?
—Por hacer lo correcto —miento, y me doy cuenta de que se nota—. Y porque el pavo no es ni la mitad de tóxico de lo que hubiera esperado, y paso de tener que inventarme las cosas. Eso sí que es engañarla.
—¿Y qué vas a hacer?
Por primera vez en los últimos veinte minutos, no noto ningún tipo de ataque en su pregunta, lo que me permite relajarme bastante. Empezaba hasta a dolerme un punto en el entrecejo, que es lo que me pasa cuando estoy incómoda y quiero salir de esa situación lo antes posible.
—Pues yo qué sé, Curro —Cojo aire y descruzo los brazos para apoyar uno sobre la mesa de mi escritorio—. Es que tampoco puedo decirle la verdad, porque Marco está siendo bastante mono y entonces se va a pensar que Saúl también puede serlo.
—Las tías sois muy retorcidas, eh.
—No te pases —le advierto.
—El pobre chaval, que no sabe ni en dónde está metido…
—Curro —alzo un poco la voz, con tono de advertencia. Nada de jugar conmigo, por muy amigo que seas. Y tampoco lo somos tanto.
—Perdona. Es que me imagino al italiano pensando que la cosa va bien y sin tener ni idea de que es un juguete. Y me da hasta pena, fíjate.
—No es un juguete —rebato, chasqueando la lengua—. Tampoco se trata de eso.
—Entonces, te gusta. Significa algo para ti.
Mi parte más leona se está desesperando.
No me gusta tener que convencer a alguien de algo de lo que ni siquiera yo misma estoy convencida, pero si algo tengo claro es que me apetece bastante poco explicarle a Curro los miles de sentimientos que dan vueltas por mi corazón últimamente.
Si me voy a abrir con alguien, tengo bastante claro que no va a ser con él. Y menos después de esta turra.
—No, no significa nada —comento, restándole importancia.
—¿No? Queda conmigo mañana, entonces.
Su propuesta me pilla de imprevisto, y no puedo evitar la sorpresa que se refleja en mi cara.
Él me observa con detenimiento y acaba carcajeándose, y yo no sé hasta qué punto está bromeando o va en serio.
Recordemos que en el fondo, tengo la sospecha de que le gusto.
Aunque lo intente obviar la mayor parte del tiempo.
Curro se mofa de mi silencio:
—¿Qué? ¿Tan raro se te hace?
—Pero quedar… —carraspeo— ¿Rollo amigos?
Pronuncio la pregunta despacio, intentando imprimirle la importancia que realmente tiene.
—Quedar rollo quedar, Mele.
—Curro, somos colegas.
—Que sí, que lo sé —Sonríe, y de alguna manera me tranquiliza esa sonrisa tan afable—. No te rayes, anda. Llevamos meses hablando de ver la última de Disney y mi hermana me ha pagado la suscripción. No tengo acento italiano, pero sí Disney Plus.
—Ah —Me relajo de forma notable, y dejo caer el cuerpo otra vez sobre la silla. En ese momento me doy cuenta de que había tensado hasta la espalda—. Venga, va. Plan de peli de resaca nunca está mal.
—¿Ya tienes planeada la resaca? —se mofa, levantándose y colocándose bien el pantalón.
—La resaca me tiene planeada a mí. Estoy en su camino.
—Nada que no se arregle con unas palomitas. Déjamelo a mí.
Y bueno… A eso me resulta muy difícil decirle que no.