Un error a medida 33.
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33.

El tiempo hasta el jueves transcurre rápido, como si el mismo universo quisiera acelerar nuestro encuentro.

Voy a desayunar con Curro y los becarios, pero no sale el tema (cosa que agradezco, porque mi amiguito ya se ha ido mucho de la lengua), mi madre me llama porque se le ha vuelto a atascar la impresora y asume que mi año de nacimiento me ha conferido una suerte de superpoderes con la tecnología que, obviamente, no tengo, y mi prima me manda un audio para contarme la última movida del pueblo.

Sigo hablando con Marco, aunque no demasiado, pero las mariposas que se me suben al cuello cada vez que me encuentro un mensaje suyo me recuerdan que tengo que hablar con Blanca con urgencia.

Justo después de salir del trabajo, me cuelgo la mochila a la espalda y me encamino al bar Rocky, que es donde trabaja Blanca desde hace seis meses.

Es bastante mejor que su anterior curro, en un restaurante pijo donde la trataban como el culo, así que digamos que el bar nos cae lo suficientemente bien como para quedarnos ahí a tomar algo.

Eso mientras Blanca no está sirviendo mesas, por supuesto.

Nos tiene prohibido, a sus amigas y a mí, ir al bar cuando ella tiene turno, porque odia la sensación de servir a sus amigos.

El Rocky es un bar de mala muerte que aspira a ser un garito de copas.

Fue mi opinión desde el principio. Con un aspecto que trata de ser fashion pero que tiene demasiados descuidos como para conseguirlo: papel de pared plateado que desaparece en los bordes para dar lugar a una pared color huevo, mesas de plástico que intentaban ser modernas y han quedado cutres y, sobre todo, una cantidad de neón excesiva.

Un poco de neón puede ser guay, pero mucho neón… Bar de mala muerte. Lo dice la ley.

Me recibe ya sentada en una de las mesas del fondo con una caña en la mano, levantando la mirada del móvil.

Sonríe, con esa sonrisa pequeña que todos los que la conocemos sabemos que es la más grande que sabe poner, y no se levanta porque espera que vaya yo a darle un abrazo desde arriba.

Se engancha a mi espalda con la muñeca de la mano que sigue sujetando el móvil y me menea de un lado a otro.

—Qué tardona es mi amiga.

—Perdona, es que me han liado con una cosa y no he podido salir a mi hora.

—¿Cuándo van a dejar de explotar a los becarios? Deberíais amotinaros.

—Lo intentamos una vez, pero se limitaron a hacer las fotocopias ellos mismos. Fue un desastre.

Las bromitas sobre que esté de becaria a veces me cansan, pero no estoy ahí para protestar de lo mío así que no le doy demasiada importancia.

—¿Qué tal estás? —me pregunta Blanca, dejando el móvil en la mesa.

—¿Yo? Bien —me apresuro a responder—. Osea, regular, no sé. Es que te tengo que contar una cosa.

—¡Estás preñada!

—¡¿Qué?! ¡No!

Me horroriza tanto esa pregunta que tardo mucho en darme cuenta de que su compañera está de pie a mi lado, queriendo tomarme nota.

—Ah, ostras Cintia, lo siento, no te había visto. Yo… una caña, como ella. Gracias, eh.

—Nada —murmura ella, visiblemente molesta.

Tiene que ser como una patada en el culo que te ignoren cuando estás intentando hacer tu trabajo, en eso le voy a dar la razón.

—Bueno, pues si no estás preñada, ¿qué te pasa? ¿Es del Marco ese?

Trago saliva. Mirándolo por el lado bueno, ya me ha sacado el tema. La primera en la frente. Quitarse de golpe la tirita y todas esas mierdas. Allá vamos.

—Sí, es sobre Marco. Es que…

—¿Cómo fue el lunes al final? Que habíais quedado por la tarde.

«Blanca, por favor, déjame hablar» pienso, malhumorada. Tampoco quiero decirle toda la verdad, así que lo mejor es irme un poco por las ramas, hasta que pueda explicarle bien lo que he venido a decirle.

—Bueno, bien. Lo esperado, follamos pero luego tenía una cena así que me fui a mi casa.

—¿Ves? Tía, te entiendo tanto.. Saúl es igual. La de veces que me ha hecho eso, no llevo ni la cuenta.

Voy a abrir la boca para decirle que no, que Saúl no es igual, que Marco hizo un bizcocho y la lió parda pero fue un gesto muy tierno y que…

—La verdad es que verte con el Marco ese me está abriendo los ojos, eh.

«Mierda». Las Elenas pasadas, presentes y futuras nos ponemos de acuerdo para pronunciar mentalmente esa única palabra. Y ¿por qué, si era ese en específico el resultado que yo esperaba?

¿De qué se supone que me estoy quejando, si yo misma me lo he buscado?

—¿Qué quieres decir? —pregunto, con cautela.

A ver si lo voy a estar interpretando mal.

—A que no sé, esas cosas no se hacen. —Se pone ambas manos en el pecho, consternada—. No sé, ¿deberíamos estar esperando tan poco? ¿No nos merecemos unos tíos que no nos quieran solo para follar?

—O que si es lo único que quieren, lo dejen claro —completo, sin saber muy bien por qué.

Me he visto un poco arrollada por sus palabras, y por esas ganas tan repentinas que tiene de hablar del tema.

Después de los seis meses con Saúl, a estas alturas yo ya tengo claro que no es algo que le guste abordar.

Que se pone incómoda, muy a la defensiva, y es mejor para nuestra amistad hablar del chico lo menos posible.

Y mucho menos, si la insinuación viene de parte de que igual la está tratando como el culo.

Así que el hecho de que se esté quejando de él me ha cogido con la guardia muy, pero que muy baja. En el centro de la Tierra, para ser más exactas.

«Céntrate, Elena. Tú le ibas a decir a tu amiga la verdad» me convenzo, a la vez que trago saliva.

—¡Eso es! —De golpe parece muy convencida de lo que estamos hablando.

Alza la mano para señalarme con la palma hacia arriba, como dándome toda la razón.

Trago saliva de nuevo— Lo he estado pensando mucho últimamente.

Y de verdad, te tengo que dar las gracias por una cosa, Mele, y es que nunca me has presionado con esto.

Sé que soy un poco cabezota con algunas mierdas y que no me mola que se metan en mis movidas, y no me has dado la murga con lo de Saúl.

Y no te puedes ni imaginar lo mucho que te lo agradezco…

—Blanca…

—No, déjame acabar —Esboza una sonrisa un tanto culpable—.

Has respetado mi espacio con este tema. Y no sé, estoy tan acostumbrada a amigas de mierda que intentan meterse lo máximo posible en mi vida que siento que te tengo que agradecer cómo te has portado hasta ahora.

La paciencia que tienes conmigo. El esfuerzo que haces por comprenderme. Sé que a veces es difícil.

Según ha ido soltando su discurso han ido pasando dos cosas: ella se ha ido relajando cada vez más y a mí se me ha ido toda la sangre del cuerpo. No sé a dónde ha ido ni cómo sigo existiendo sin ella, pero lo que sí tengo claro es que ya está bien lejos.

Joder, Elena, pues menos mal que no le has contado tu puñetera trampa.

«Esto te va a estallar en los ojos cuando menos te lo esperes. Como en las pelis» dice una voz acusadora en mi cabeza.

«En las pelis estalla porque sino, no habría trama. En la vida real, ella no tiene por qué enterarse nunca, ¿no? Además, el plan está funcionando. Algo tengo que haber hecho bien» replica mi yo asustado de ese momento.

—Claro, claro —respondo, con un trémulo de voz, al ver que me mira fijamente.

En esos momentos, no sé si me da más miedo mi amiga o el mero hecho de poder perderla—.

A ver, no te voy a negar que me cuesta porque sabes que yo tengo opiniones muy fuertes sobre casi todo, pero ya vi desde el principio que no te mola que te las diga…

—No, a ver —me corta, con expresión casi culpable—. No es que no me guste que me digas tus opiniones, es que si me equivoco quiero equivocarme solita, ¿sabes? No necesito a nadie que me esté dando la brasa. Osea, yo sé cómo es Saúl, pero no sé… tiene algo diferente. Creo que puede cambiar.

Me trago mis palabras con tanta fuerza que las siento físicamente en mi estómago.

Es probable que ya no me haga falta ni cenar, o que no sea capaz de hacerlo.

Y también que me haya dislocado la mandíbula.

Mi parte más bruja pone los ojos en blanco, pero trato de ser lo más humana posible cuando le digo:

—Blanqui, es que la gente en general no cambia…

—Lo sé, lo sé. No cambia su esencia, lo de dentro —Cierra ambos puños en torno a su pecho—, pero Saúl tiene algo dentro, estoy segura. Bueno, estaba… pero no sé, ver que todos los tíos son iguales me está quitando un poco las esperanzas.

Suspira y deja caer los hombros, abatida. Se aparta el pelo rubio de la cara, como si intentase despejar esos pensamientos.

No lo pensé muy bien a la hora de organizar el Proyecto Tóxico, está claro. Supongo que en algún momento tendré que aprender a pensarme bien las cosas antes de hacerlas y que esto debe ser una especie de intento del destino de restregarme eso mismo por la cara para que no se me vuelva a ocurrir.

Me considero una buena persona, o al menos hago lo que está en mi mano para acercarme lo máximo posible a ello.

Pero de la frase "de buena, tonta", no tengo ni media letra, así que lo que no pienso tolerar es perder a Blanca, o siquiera poner en peligro nuestra amistad, por lo que considero una tontería.

¿Y qué, si todo esto empezó como un juego y ahora se ha ido un poco de madre? La idea era conseguir lo que precisamente estoy consiguiendo: que ella recapacite y vea su situación como la vemos los demás, a los que no nos está traicionando el corazón.

Tampoco es tan difícil conseguir que no se entere de la jugada, ¿no?

Es una de esas situaciones en las que yo sé que no es para tanto, que lo he hecho con buena intención, y que en realidad tampoco tiene verdaderas consecuencias, pero para ella el tema es tan importante que no me lo perdonaría jamás.

He vivido de primera mano sus reacciones cuando se siente traicionada por alguna amiga, y después del discurso que me acaba de soltar…

puedo estar segura de que el Proyecto Tóxico se puede equiparar fácilmente a la más alta traición.

«No, paso. No lo pienso tolerar. Soy lo suficientemente lista como para ahorrarnos a las dos ese mal trago» me digo a mí misma, mientras cojo aire.

Es impresionante lo que puede durar un segundo. En el tiempo que pasa entre que mi amiga acaba de hablar, alza su jarra y se la lleva a los labios, a mí me ha dado tiempo a montarme una película digna de cualquiera de las de Almodóvar.

Iba a ser un juego, solo un juego, y ahora resulta que Proyecto Tóxico no se trata de hacer ver a Blanca lo burro que es Saúl y que está jugando con ella, sino de intentar que bajo ningún concepto descubra que he tratado de manipularla.

Aunque jamás haya sido esa mi intención, al menos de forma consciente.

«Te has metido en el fango hasta el cuello, idiota».

—¿Y qué vas a hacer? —le pregunto a Blanca, cuando noto que ya no tengo más margen de silencio antes de que empiece a sospechar que pasa algo.

—Pues no lo sé. Por ahora, me apetece salir de fiesta y quemar Madrid, así que ¿qué tal te viene mañana, morena?

A pesar de todo, sonrío, porque hacía bastante que no veía a Blanca con tantas ganas de salir. Los últimos meses, siempre que hemos quedado para eso, se ha querido ir antes, o se la veía desganada, como si la estuviéramos obligando.

Que salga de ella es algo tan bueno que, tengo que reconocerlo, se me olvida lo demás.

—Contigo al fin del mundo, rubia.