Un error a medida 32.
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32.

Tirada en mi cama, con los brazos detrás de la nuca, soy incapaz de dormir.

Después de un señor polvazo y la primera sesión de…

¿a eso se le pueden llamar mimos, si han sido menos de diez minutos?

con Marco, todo el Proyecto Tóxico se me está poniendo patas arriba.

Casi casi, tan patas arriba como estaba yo hace apenas unas horas.

Está claro que Marco no es quien esperaba. O al menos, no del todo. Es evidente que por un bizcocho no puedes cambiar tu opinión completa de una persona pero… También lo es que hay una alta posibilidad de que me haya equivocado al escoger al sujeto de mi experimento.

Porque ¿qué clase de tóxico se acuerda tan bien de lo que le has dicho, hasta el punto de tratar de hacer repostería solo por tener un detalle mono contigo?

Después de eso, ha sido como si no solo él fuera alguien distinto, sino que yo también me sentía diferente también.

De pronto, la dinámica entre los dos era la misma pero al mismo tiempo… Algo más.

No sé qué habría pasado si él no se hubiera tenido que ir a esa cena… ¿me habría quedado ahí a dormir? Una parte de mí me susurra que si él me lo hubiera vuelto a proponer… no sé, quizás hubiera dicho que sí. Y eso me preocupa. Muchísimo.

A mi favor, debo decir que me ha pillado completamente desprevenida y con la guardia baja.

No es solo el hecho de que tenga un detalle tan atento conmigo, es también que…

Bueno, al ser una persona que no se calla ni bajo el agua, de costumbre tengo en mente que la gente no me presta atención el cien por cien del tiempo.

Y me parece normal,  siempre digo que con un sesenta o setenta, me conformo.

Por eso tiendo a repetir las mismas anécdotas o a asumir que mi interlocutor no se acuerda del rollo que le he soltado hace semanas.

Y de normal, acierto. Por eso he flipado tanto con que Marco se acordara de una broma de mierda de nuestra segunda cita.

Ya solo el hecho de que me preste tanta atención me asusta.

Me asusta muchísimo. Porque soy una persona que se acostumbra bastante rápido a esa atención.

Me flipa y me vuelvo adicta a ella, y el caso es que esa muralla que me he empeñado en construir por si acaso con Marco…

pues de repente, parece tener menos piedras que antes.

Como si le hubiera dado una patada con fuerza.

Lo del bizcocho ha sido, objetivamente, una monada.

Una moñada, quizás, si me apuras y le ponemos el gorrito a la "n".

Yo no soy una tía demasiado moñas, pero he de reconocer que me ha gustado.

Mucho. El bizcocho no, porque ni lo hemos probado (no era como para atreverse, con la pinta que tenía), sino el gesto.

Nunca me habían hecho un bizcocho. Si me paro a mirar atrás, nadie nunca me había cocinado y Marco lo ha hecho ya dos veces.

O una y media, si nos ponemos quisquillosas.

«Me podría acostumbrar», y ese pensamiento me preocupa incluso más.

Hacía mucho que no pensaba eso de un tío.

Que no tenía ganas de… Más. De hecho, hacía mucho que no pensaba nada ni remotamente parecido.

Y eso es una absoluta mierda. Porque en las últimas horas he tenido que reconocerme a mí misma que empiezo a ver a Marco como algo más que un Proyecto Tóxico para ayudar a salir a mi mejor amiga del pozo en el que está metida. Y eso me hace sentir fatal.

Por ambos lados. Ahora, de repente, hasta los sentimientos de Marco empiezan a importar. Qué mal.

«Igual deberías hablar con Blanca» dice una voz, muy parecida a la de Curro, en mi cabeza. Es la misma voz que se siente culpable desde hace más tiempo del que me gustaría admitir.

«Si se lo cuentas ahora, puedes explorar qué es esto que te pasa con Marco sin sentirte mal», y esa voz se parece más a la mía.

Esa voz es la que, por el contrario, se muere de ganas de hablar con su mejor amiga con sinceridad porque quiere desgranar estos sentimientos con alguien.

Quizá sea aún más egoísta que la anterior.

Pero es que la forma en la que me ha mirado hoy…

Resoplo antes de agarrar la almohada de al lado y ponérmela encima de la cara, que de pronto noto roja y caliente. ¿Me he puesto colorada? ¿Yo, la bruja piruja? Por favor…

Creo que esto es lo que pasa cuando montas la muralla hacia un enemigo y te ataca otro por detrás, otro que no te veías venir.

O más bien, es como prepararse para un ataque por tierra y que vengan con aviones de caza.

El caso es que son demasiadas metáforas de guerra desde que Marco me llamó misil . Y sigue gustándome que lo hiciera.

«Puf… en vaya lío te estás metiendo. Se suponía que esto iba a ser facilísimo» me paso las manos por la cara a la vez que trago saliva.

Cojo aire con fuerza y tomo una decisión:

Se lo voy a decir a Blanca. El jueves hemos quedado para tomar una caña en un hueco que tiene entre turnos.

Me voy a ir a buscarla al bar y la tomaremos allí, y le seré sincera.

Nos reiremos, seguro. Me dará un puñetazo en el brazo que me dolerá más de lo que admitiré, y todo se pasará. No se sentirá engañada, estoy segura.

Solo tengo que pensarme muy bien cómo se lo voy a plantear, pero creo que se me da lo suficientemente bien la dialéctica como para dejarlo caer de manera suave y que no se enfade conmigo.

Al decidirme por eso, es como si un peso dentro de mi pecho se disolviera, desapareciendo. Dejo salir el aire de mis pulmones y cierro los ojos, por fin tranquila para poder intentar conciliar el sueño. Todo saldrá bien, estoy convencida.