Un error a medida 31.
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Cuando llego al portal de Marco, se me ha pasado un poco la angustia.

Después de comer con los otros becarios y de solucionar un marrón de última hora con el Excel de gestión del departamento (no sé qué pasa con ese Excel pero cada vez que lo toca mi jefa, explota), me he distraído lo suficiente como para poder simplemente pensar en el polvazo que voy a echar y lo a gusto que pienso quedarme.

También es que, por primera vez en unos cuantos días, voy a llegar a mi casa con tiempo suficiente para hacerme un puñetero tupper. Que ya va siendo hora. Creo que tengo unos huevos en la puerta de la nevera que son ya mayores que yo.

Cojo aire y armo mi mente para lo que va a pasar: subes, follas, y te vas. «Y después llamas a Blanca de camino, para contarle lo que ha pasado y que a ella se le pase su propio disgusto enfadándose por ti». Suena a muy buen plan.

Cuando abre la puerta de su casa me sorprende su sonrisa, que parece más amplia que de costumbre. También me pregunto cuándo ha pasado a haber una "costumbre" entre él y yo, pero no me da tiempo porque en ese momento me doy cuenta de que lleva delantal.

Frunzo el ceño, porque hubiera esperado que me comiera la boca nada más entrar por la puerta, pero lo que hace es apartarse para invitarme a entrar.

«¿Y ese "Ven hambrienta" con ese guiñito tan guarro? ¿Dónde ha quedado eso?» pienso, un poco molesta.

—Parece que hayas visto a un fantasma, ¿esperabas que fuera otra persona?

Sus palabras hacen que relaje el ceño, aunque sigo bastante alerta.

—Pues un poco. Yo pensaba que había quedado con Marco, no con Jordi Cruz el de Masterchef. ¿Has vuelto a hacer pizza?

Se ríe un poco, suavemente, mientras me conduce a la cocina poniendo una mano en mi espalda. Me quito el abrigo de camino y aprovecho que paso por delante para colgarlo en esa percha que ya conozco bastante bien.

—Realmente el delantal es porque he hecho un desastre en el microondas y lo estaba limpiando. Creo que te vas a reír de mí.

—Reírme de ti suena a planazo.

Desde luego, cuando entramos en la cocina el espectáculo es digno de mención. La escoba y la fregona están amontonadas de cualquier manera contra la pared del fondo, al lado del microondas abierto. De la puerta del aparato gotea lo que parece un líquido anaranjado y todo huele a…

—¿Has hecho bizcocho?

Mi pregunta sale tan sorprendida de mi boca como la siento en el corazón.

—Bueno… lo he intentado. Ha sido una catástrofe, pero lo he intentado.

Se adelanta con dos pasos largos para coger un molde que no me había reparado que reposaba sobre la encimera, y se gira para enseñármelo.

Es un bizcocho, sí… o algo parecido. Está hundido por el centro y la verdad es que tiene una pinta bastante cuestionable.

Huele bien, porque huele a vainilla y a azúcar, pero parece que alguien lo ha masticado antes de volverlo a dejar ahí.

Estoy bastante en shock . Lo noto hasta en las extremidades, que no me responden.

—¿Y esto porque…? —consigo articular, porque él parece esperar una respuesta. Él o esos ojos verdes que llevan un buen rato clavados en mí, como temiendo mi reacción.

Resopla, y deja el molde otra vez en la encimera mientras se pasa la otra mano por la cara, apartándose los rizos de la frente.

Luego ahoga una risa entre los dedos, y es…

Bueno, es atractivo de una manera diferente.

Más íntima. Como si solo se riese así ahora que nos conocemos un poco más.

Y de pronto, me cuesta un poquito respirar.

—Joder, es que es patético. Es decir, si me llega a salir algo decente aún podrías pensar que estoy algo cuerdo, pero con esto que he montado… —Coge aire, resignado, y pone los brazos en jarras— A ver, ¿tú te acuerdas de lo que hablamos el segundo día que quedamos?

—Vas a tener que refrescarme la memoria. Por si no te has fijado, no me callo ni debajo del agua. Me sorprende que recuerdes algo de lo que he dicho, la verdad.

Cuando estoy nerviosa, parloteo incluso más que de costumbre.

Y yo tenía muy planeado este encuentro, estaba muy mentalizada para algo muy simple, así que encontrarme una situación inesperada me ha descolocado por completo.

Y la forma en la que me está mirando, con un brillo divertido en los ojos, no ayuda.

Tengo la sensación de que está pasando algo más grande de lo que había anticipado.

—En la segunda cita, dijiste que tú dejabas los bizcochos para la quinta.

Así que, bueno… esta es la quinta vez que nos vemos, y he intentado hacerte un bizcocho.

Pero lo que ha salido ha sido esta mierda, así que ahora creo que en lugar de como un chaval majete, he quedado como un intenso con unas dotes horribles para la repostería.

El recuerdo de esa conversación, un vacile estúpido de cuando apenas nos conocíamos, lo tambalean todo. ¿Me ha hecho el bizcocho como un gesto… romántico?

Espera, ¿le ha llamado «cita» a lo de hoy?

Parpadeo con fuerza mientras noto cómo todo mi mundo se tambalea. Todo lo que creía de pronto parece no ser cierto y…

«Madre mía, Elena, ¿qué está pasando? Esto no formaba parte del plan».

Cuando baja la cabeza para intentar que le mire a los ojos, con expresión entre culpable y preocupada, me doy cuenta de que tengo que reaccionar de alguna manera. O, al menos, de alguna manera que no sea como lo estoy haciendo. Pero no soy capaz, así que se ve obligado a insistir.

—¿Te he asustado? ¿Me he pasado de idiota?

Me encanta cómo pronuncia «idiota», pero me fuerzo a no forzarme en eso.

La única neurona que me queda tiene que estar enfocada a reaccionar, no bailar la Macarena en su sonrisa.

Fuerzo una risa que suena más a rebuzno, para después cerrar la boca con fuerza.

Alterno la mirada entre el bizcocho, el microondas y él, y entonces me doy cuenta de cuál es la salida más fácil:

—¿Has intentado hacer un bizcocho en el microondas ? ¿No se hace en el horno de toda la vida?

Suspira, estirando la espalda y pasándose la mano por la nuca.

—Mira, no tenía tiempo porque he llegado de trabajar hace como una hora, y de camino he visto que había una receta fácil de microondas. Me ha parecido una solución cojonuda y no lo he cuestionado en ningún momento. Claramente ha sido un error.

Ahí se me escapa otra risa. Es como si mi cuerpo la expulsara hacia fuera, con fuerza y, tengo que reconocerlo, un pelín de saliva que espero que le haya pasado desapercibida.

Primero son dos risotadas potentes, y después se convierte en una carcajada que soy incapaz de detener.

La situación me resulta entre ridícula, surrealista y adorable, y son tres cualidades que nunca hubiera esperado ver juntas.

Marco se une a mí, aunque de una manera mucho más tranquila. Como es él, que no suele alterarse demasiado jamás. Al menos desde que le conozco.

—Bueno, al menos te he hecho reír.

Es un comentario tan dulce que casi se me derrite el alma. Y es en ese momento cuando me doy cuenta de que estoy jodida, porque todo mi cuerpo se lanza hacia delante para engancharme de su cuello y besarle, entre aún más risas.

Y vaya… Quién me iba a decir a mí que un beso en medio de una carcajada y pringarse de masa de bizcocho fueran a ser lo más romántico que me ha pasado en la vida.