30.
No consigo eliminar esta sensación en la boca del estómago.
Es una especie de angustia, como si alguien me hubiera echado un mal de ojo.
Puede ser que de tanto Proyecto Tóxico (he decidido llamarlo así en mi cabeza a partir de ahora, porque Plan Maquiavélico me suena como chungo) haya invocado al malo malísimo, al jefazo supremo de todos ellos: mi odioso ex.
En realidad si Nando vuelve a intentar entrar en mi vida, no me hace falta Marco para nada. Él sí que es el Tóxico Supremo. Fue lo suficientemente tóxico como para que Blanca me diga a la primera que ni se me ocurra quedar con él.
¿Voy a quedar con él…?
Descarto la posibilidad casi en el mismo instante en que aparece en mi cabeza: no lo sobreviviría.
No es la misma sensación que con Marco: con el italiano me metí a sabiendas de lo que había y de lo que iba a conseguir, y con Nando también lo tengo claro…
solo que no estoy tan segura de mi fuerza para superarlo. No otra vez, al menos.
Me considero una tía muy fuerte, en todo salvo en lo que tiene que ver con ese chico.
Y por eso sé que no debo quedar. Que no debo verle.
Toda la mañana llevan peleando dentro de mí dos lobos: uno que me muerde el cuello ante la mera idea de ceder a sus peticiones y otro que aúlla y quiere que el estúpido de mi ex sea consciente de lo bien que me va, lo guapa que estoy y sufra por no haberme sabido apreciar.
Evidentemente, el que aúlla es el idiota. Por desgracia, también es el más grande y fuerte.
Quería tratar de distraerme, ¿no? Pues no lo he conseguido.
A lo máximo a lo que he llegado es a un pelín de calma, en medio de la tormenta que hay ahora mismo en mi cabeza.
Después de presentarnos a la última licitación, estamos en ese periodo de valle donde no hay demasiado trabajo.
Me tengo que conformar con poner el WhatsApp web (solo lo hago cuando hasta mi jefa está mirando el móvil) y chatear con Blanca toda la mañana, que me ha puesto una cantidad absurda de stickers con corazones en cuanto ha visto la napolitana de chocolate.
Luego ha subido una historia a Instagram dándole un buen mordisco y me ha etiquetado diciendo "Con amigas así…
¿quién necesita a nadie más?". Una historia claramente dedicada a Saúl, pero bueno… Algo es algo, supongo.
A lo de Marco me ha contestado con caras enfadadas, que es justo lo que quería recibir.
Son todos iguales… ¿pero vas a ir?
Me pienso un buen rato la respuesta. Tiene que ser algo que le dé pistas de que me estoy dejando tratar un poco peor de lo que me merezco, pero no puede resultar un canteo porque entonces se va a oler, ya a estas alturas, que pasa algo.
Lo he estado haciendo bastante bien hasta ahora, pero no puedo bajar la guardia.
Bueno, yo voy porque me apetece follar, pero si veo que se pasa… pues me piro, ¿sabes?
Casi puedo verla desde aquí levantando una ceja hacia la pantalla de su móvil de carcasa fucsia.
Sé que sigue en mi casa, porque ahora que se ha apalancado a desayunar le va a costar un rato levantarse, así que puedo hasta adivinar en qué postura está tirada en mi cama.
Hasta ese punto de amistad tan absurdo hemos llegado.
Ok, tía, pero si no estás cómoda, ya sabes.
Sí, sí. Lo sé.
«Si el tema no se trata de saber o no saber» pienso, un poco abatida.
Tengo suerte de que solo me interese el sexo en lo referente a Marco.
Mucha suerte porque realmente, esa perspectiva de quedar, echar un polvo y cada uno por su lado, hace unos años me hubiera hecho mucho daño.
No es tan mala idea blindarse de antemano.
O en mi caso, estoy montando un fuerte de arena para destruirlo yo misma a patadas, pero bueno…
es el precio a pagar por proteger a mi princesa particular.
Aunque para hacerlo tenga que cambiar el cuento por completo.