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A riesgo de parecer la persona más moñas del universo, antes de salir a currar he bajado a la panadería de enfrente de mi casa para pillarle a Blanca una napolitana de chocolate para que desayune.

Sé que le encantan y espero que la animen un poco.

Al final, vimos diez minutos de una película y se quedó sopa así que la dejé dormir, y así ha seguido esta mañana, a pesar de que me he dado una soberana ostia con la cómoda al intentar no hacer ruido. Debe estar cansadísima de tanto llorar.

Mi ex, Nando, solía quejarse cuando yo lloraba. Si me hacía alguna de las suyas y yo me ponía a llorar, resoplaba y me llamaba cría, como si fuera algo que yo misma decidiera.

También le he puesto una notita encima del móvil para informarle de lo de la napolitana, que es capaz de no darse ni cuenta de que está en la cocina y dejármela ahí muerta del asco.

A veces, cuando no tiene algo justo enfrente de las narices, no lo ve.

Y otras veces, como con Saúl, lo tiene enfrente de las narices, mirándola a los ojos y diciéndole cosas horribles, y aún así no es capaz de verlo.

Suspiro en el metro, de camino a la oficina. Hasta me apetece estar un rato trabajando, aunque sea para olvidarme de todas estas movidas. Cuanto más pienso en el tema, más me enervo y necesito centrarme en otra cosa para relajarme.

En ese momento, y como si hubiera escuchado mis pensamientos, me vibra el móvil en la mano. Bajo la mirada distraídamente, solo para dar un respingo en el sitio al darme cuenta de quién me ha escrito.

«Nando» aparece en la pantalla, aún con el corazón violeta que le puse cuando estábamos juntos.

Un escalofrío me estremece entera, y se me seca la boca.

«¿Qué cojones? ¿Qué quieres, a qué viene esto?» pienso, y es como si toda la nuca se me tensara.

Cojo aire despacio, llenando bien los pulmones y tratando de tranquilizar a mi corazón.

Tengo un instante de duda, pero acabo abriendo la conversación sin miramientos. No se merece que espere para leerle, como si me importara la impresión que le doy. Hace ya más de dos años de lo nuestro, y más de uno que no sé nada de él, así que tengo que tratarlo como lo que es: un conocido. Punto.

Hola, Elenita. ¿Cómo te trata la vida?

Solo por el "Elenita" (que sabe de sobra que me enerva, aunque no descarto la posibilidad de que se le haya olvidado… Tendía a olvidársele todo lo que era importante para mí) se merece la respuesta que tecleo en un segundo.

Hola. Lo siento, no tengo este número, ¿quién es?

Una especie de ronroneo de orgullo me llena el pecho. Aunque es mucho más fácil reaccionar de una manera en la que te sientes orgullosa sin tener delante a tu ex, algo es algo.

Me contesta al instante, lo que ya hace que alce una ceja. Debe estar también en el transporte público porque, si algo caracterizaba a Nando, era que pasaba del móvil la mayor parte del tiempo.

Ah, perdona. Soy Nando.

Esta vez sí que le hago esperar. Entro y salgo de otras conversaciones, para que me vea en línea, pero me demoro unos minutos en entrar en la suya.

Una pequeña vocecita dentro de mí me dice que no me tomaría tantas molestias por alguien que no me importara en absoluto, pero le doy un puñetazo hasta esconderla bien hondo en mi cabeza.

Lo estoy pasando bien, y no recuerdo la última vez que sentí algo medianamente positivo en ninguna situación con Nando.

Anda, hola. ¿Qué tal?

Por supuesto que también me regodeo en ese mensaje, porque no puedo ser la única que odia que le hagan eso. Llevo demasiado tiempo aprendiendo (y sufriendo) a gente como él como para no saber utilizar sus mismas tácticas. Sé exactamente cómo funcionan los tíos como él, y ya no paso ni una.

Hay una parte de mí que se da cuenta en ese momento de que es probable que, si Nando y yo nos hubiéramos conocido ahora en lugar de hace cuatro años, todo hubiera sido distinto.

Porque ahora ya no me dejo mangonear, y eso es algo que a la peña como Nando les pone.

Eso es precisamente lo que hace que te busquen, que se enganchen ellos primero.

¿Cuál es el problema? Que hizo falta pasar por un Nando para convertirme en la que soy ahora.

Paradojas de la vida.

Muy bien, de camino a la academia. Que no sé si te dije que me habían cogido de profe.

No, me dijiste que venías por curro pero no tenía ni idea. Felicidades.

Gracias :) ¿Y tú cómo estás? ¿Trabajas?

Estoy de prácticas en una ONG, haciendo licitaciones. La verdad es que muy contenta.

«Estaría más contenta si saliera una vacante y me contrataran de una vez para tener un sueldo. Mediocre, pero un sueldo» no puedo evitar pensar, pero no se lo digo. En la imagen que voy a darle, no cabe ninguna queja. Mi vida es perfecta sin él y así tiene que llegarle el mensaje.

Oye, me alegro mucho. Parece que han cambiado bastantes cosas en este tiempo ¿Qué te parece si tomamos algo y nos ponemos al día?

Me gustaría poder decir que no me quedo paralizada al leer esto.

También me encantaría poder salir de la conversación, plantarle el tick azul y que sepa que ya hace mucho que dejó de ser una prioridad para mí.

El caso es que mis dedos, mis hábitos y mis instintos son mucho más rápidos que yo, así que antes de que pueda evitarlo, estoy tecleando:

Claro. Un día de estos nos tomamos un café.

Y me siento mal inmediatamente después. Lo recuerdo, y es una mierda saber que mi cuerpo no hubiera podido olvidarlo ni aún empeñándose con todas sus fuerzas: esa sensación justo después de ceder.

Ese control que él pasa a tener sobre mí, porque yo me muestro disponible y solícita siempre.

Por un segundo y aunque creía que esa versión de mí ya no existía, mi yo de hace años ha resurgido de entre los muertos para tomar las riendas.

Sacudo la cabeza y antes de que pueda hacer más tonterías, me llega otro mensaje. Cuando veo que es Marco, una imagen de chaleco salvavidas aparece en mi mente.

Buenos días, señorita. ¿Qué tal ha amanecido su lunes?

«Hola, Marco. Es buen momento para que me hables, porque me hace falta necesitarte un poco más de lo que a ti te gustaría que te necesitara».

Buenos días, caballero. Pues un poco en la mierda, la verdad. Me vendría bien tomar un café o un buen polvo para remontarlo…

Para mi sorpresa, su respuesta no se hace esperar. No es que a estas alturas haya hablado muy a menudo con Marco por WhatsApp, pero a lo que me tiene acostumbrada es a tardar horas en siquiera leer lo que le pongo. Como va acorde con su perfil, nunca ha supuesto un problema, pero…

Me parece bien, ¿te vienes a mi casa después del trabajo? Tengo una cena después, pero estoy libre hasta las nueve.

«Bien. Un polvo y luego me echas. Eso es lo que necesito» Sonrío haciéndole una captura de pantalla.

Se lo paso a Blanca con una carita un poco triste y con la leyenda «Bueno, al menos me quiere para follar...» para después preguntarle qué tal está.

Sé que mi mejor amiga no se va a despertar ni de broma con el ruido del mensaje, porque ya puede estar pasando un tanque de guerra por la calle de al lado que Blanca ni se inmutaría, pero así lo tiene ya para cuando amanezca.

Hablando de eso y de personas importantes, casi no le contesto a mi famoso plan maquiavélico, así que vuelvo a su conversación para teclear:

Venga, va. Sobre las seis y media estoy ahí.

Ven hambrienta ;)