Un error a medida 28.
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Blanca me ha llamado llorando. Otra vez.

Me gustaría mucho que fuera la primera, pero el hecho es que ya he perdido la cuenta.

Y eso solo con este tío. Solo con seis meses de Saúl.

Cuando está más tranquila, hasta ella misma te reconoce que no es normal lo mucho que llora por su causa, pero luego parece llegar a la conclusión de que en realidad lo hace por cualquier cosa y se le olvida todo.

Está tumbada en mi cama, no se ha quitado ni los zapatos, y evito decirle que me está manchando el edredón de la tierra de la calle. No creo que esté ahora mismo para sentirse ni un poquito mal por nada que no sea Saúl.

—¿Ya te ves con fuerzas para contármelo?

Se lo pregunto en el tono más dulce que puedo (recordemos que soy más bruja que hada) mientras le tiendo una taza de té.

Yo no bebo té (me parece agua sucia), pero le he pedido un sobre a Patricia, que me ha dicho que sí en cuanto se ha parado un segundo a escuchar los gimoteos desesperados de mi mejor amiga.

Después, me ha apretado el hombro y me ha dicho que la avise si necesitamos algo.

Al final, da un poco igual que no cuajes con una persona, todas nos entendemos en momentos como este.

Blanca sorbe por la nariz y se limpia con la manga de su sudadera, lo que me parece una absoluta guarrada. La observo con cierta expresión de pavor cuando agarra con torpeza la taza y está a punto de quemarse.

—Cuidado… cógela por el asa —susurro, intentando mantener la calma.

Pasan los minutos, ella bebe a sorbos el té y yo me doy cuenta de que sigo con las manos extendidas en su dirección, como si tuviera miedo a que se fuera a romper. Aún más de lo que ya está, claro. La mayor parte del daño no solemos verlo con los ojos, sino que lo sentimos con el corazón.

—Es una chorrada —«Como siempre» pienso «Siempre son chorradas, ¿no, Blanca?

»—. Es que me ha dicho de quedar el sábado y como yo ya había quedado con unos amigos le he dicho que si…

que si se quería venir. Yo qué sé, que es el primer plan en más de seis meses que le propongo que no es de los dos solos, que tampoco se trata de que esté siendo una pesada intentando presentarle a todo el mundo.

—Es normal, tía —la tranquilizo, y me acomodo a su lado poniéndome un cojín bajo el trasero—. Y tampoco es un evento enorme, no sé. No le has pedido matrimonio.

—Claro. Y es que ni lo pensé. Estábamos como de muy buen rollo últimamente y dije, pues que se venga. Ni siquiera me hacía especial ilusión, fíjate. Así estábamos un rato con ellos y luego nos íbamos, a follar o lo que fuera. Más logística que otra cosa.

—Todo el sentido del mundo. ¿Y qué te dijo?

—Estuvo como dos horas que no me contestaba —emite un sollozo, y trata de cortarlo así que resulta en un hipido un poco triste—, ahí con los dos ticks azules de los huevos.

Rollo "quiero que sepas que lo he leído pero que no quiero contestar porque me he rayado".

Que ya me lo conozco. Así que le dije que no tenía por qué venir, que solo era una propuesta pero que si tal ya nos veríamos otro día.

—Entiendo.

Sorbe por la nariz, y eso ya roza el borde de mi paciencia así que me echo hacia atrás para rebuscar en el cajón de mi mesilla de noche y tenderle un paquete de pañuelos.

La quiero mucho pero no sé si podría soportar ver otra vez cómo se suena los mocos en la manga de la sudadera. No me da el estómago.

—Y coge y me dice que se ha rayado, que esas cosas le agobian, que él no está preparado para tener nada serio y me lo dijo desde el principio…

La interrumpe el torrente de lágrimas, que salen disparadas sin control, y se pone el pañuelo (lleno de mocos) en los ojos para ocultarlas. Yo me echo hacia delante hasta caer encima de ella para abrazarla, y le acaricio la espalda, mientras dejo que se deshaga del todo.

Ahora mismo, iría a casa de Saúl y le arrancaría los huevos de golpe.

—Joder.

Solo me sale esa palabra, porque no quiero cagarla. No sé si ha terminado de hablar y me ha llegado el turno de dar la charla motivadora, así que dejo unos segundos de silencio para darle margen. Y efectivamente, hago bien:

—Es que me duele, ¿sabes? Porque ahora me dice eso, pero la semana pasada me soltó que quería hacerse un viaje conmigo, que nunca se había sentido así con nadie…

y que seguro que a su padre le caería genial.

Osea, ¿es que te parece normal? ¿Esas son las cosas que le dices a alguien con el que no quieres nada serio? Es lógico que me confunda, ¿no?

—Es totalmente normal.

Me aparto con cuidado y dejo que se suene otra vez, dedicando solo un momento a pensar en la cantidad de mocos que tendré ahora mismo en el hombro del pijama. Me recuerdo a mí misma que eso no es importante y que por muy maniática que sea, la prioridad es mi amiga, y carraspeo.

Sugerir que deje de verle está fuera de toda consideración, porque ya lo he intentado dos veces y ha acabado fatal.

Blanca odia que le digan lo que tiene que hacer, y de ahí viene todo el puñetero plan maquiavélico.

Como no se dé cuenta ella sola, no dejará a Saúl nunca.

Antes muerta que reconocer que se está equivocando en su forma de actuar.

Y cuanto más le digan que deje de verle, más se va a enrocar en él, lo sé.

La quiero mucho pero todos tenemos nuestros fallos, y el suyo es ese. Y que le gusta la pizza con piña, eso también.

—El caso, que no le he contestado —suspira, y es un suspiro tan débil que me estremece el corazón—, porque paso. Ya cuando me serene pues… no sé, veré qué le digo. Si en el fondo yo tampoco quiero nada, eh, pero es que esa reacción me ha jodido.

—Normal que te joda. A mí me destroza ver que te hacen eso.

Lo digo con cautela, suavemente. Tanteando un poco el terreno y ganándome un ceño fruncido. Por suerte, dura un segundo, porque luego me sonríe.

—Si quieres ir a pegarle, te doy permiso.

—¡Venga! Pero me lo firmas, que luego nunca vas en serio.

Compartimos una pequeña risa y luego otro abrazo.

—¿Te quieres quedar a dormir hoy aquí? —le propongo cuando nos separamos.

—Vale. Tengo la mañana libre así que ya me iré contigo cuando salgas para la oficina.

—Si no, quédate durmiendo. Patricia se va como a las seis y la casa estará vacía. Te vendrá bien dormir, para una vez que no te toca currar de madrugada...

Me sonríe con tanto agradecimiento que estoy a punto de escribirle a Marco y pedirle por favor que me deje todo lo plantada que pueda, que necesito a toda costa que mi amiga se dé cuenta de que así no puede estar.