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—¿Te das cuenta de que estás engañando a tu mejor amiga, no?

El comentario me cae como una piedra gigante en la cabeza.

—¿Qué dices?

—Que le estás mintiendo a la cara. No me parece que eso sea una actitud muy de mejor amiga.

Parpadeo dos veces, incrédula. A ver si voy a estar confiando demasiado en el Curro de las narices.

—A ver, no le estoy mintiendo. Estoy adornando la realidad.

Me he puesto a la defensiva, lo reconozco.

Pero es que la cocina de la oficina no es el lugar en el que quiero tener esta conversación, y Curro parece empeñado en hablar siempre del mismo tema.

Que al principio tenía mucha curiosidad, vale, lo puedo entender.

Aún así apreciaría un poco de variedad, yo qué sé.

Un poco de qué estás viendo en Netflix últimamente.

—Tú puedes decirte lo que quieras, y entiendo que la intención es buenísima —Hace un ademán con la mano como para dejarlo más que claro—, pero esta es la típica trama de película moñas en la que luego se entera la mejor amiga y se monta un pollo gigantesco.

—Eso es porque en esas pelis no le cuentan las cosas bien y no se paran a hablar. Siempre me ha dolido verlo, ¡pero hablad las cosas, panda de idiotas!

Señalo con ambas manos hacia delante, exasperada, antes de cruzarme de brazos.

—Pues ya sabes, retírate si ves que no funciona porque sino… la puedes cagar más.

—¿Y quién te dice que no está funcionando? —Alzo el mentón— Está haciendo que reflexione sobre los tíos tóxicos, que ya es bastante.

—Pero sigue quedando con el tal Saúl, ¿no?

Ladea la cabeza y apoya la mano en la mesa, a mi lado. Ese gesto me confunde un poco, porque no sé qué pretende con ello, pero vuelvo a repetirme que es un tema del que no tengo que preocuparme en ese momento.

—Por ahora.

Mi respuesta es escueta y la acompaño de una sonrisa maligna que le genera a él una carcajada.

—Eres malísima, eh.

—Tampoco exageres. Lo que pasa es que comparado contigo, todo el mundo es malo. Que eres un cacho de pan.

—¡Oye! Me siento personalmente ofendido por ese calificativo, ¡yo no soy un niño bueno!

—Eres el típico friki adorable de la primera fila que se gana a todas las mamás.

Lo digo con un tono de cachondeo, pero eso no significa que no lo piense de verdad.

Curro es el típico chico que lo conoces y piensas «Ojalá me enamorara de él», porque sabes que si pasara y él te correspondiera, nunca sufrirías y tendríais una familia preciosa con un chico que te va a cuidar, tres hijos y una pecera.

El problema que tenemos muchas chicas es que nuestro corazón prefiere comerse a veinte Saúles que a un Curro. Y eso es una auténtica mierda. ¿Qué tienen los tóxicos que nos gustan tanto? O más bien, ¿qué tienen los buenos, que no nos gustan nada? Me cago en la leche.

—Pues no quiero ser ese tío. Ese tío no liga una mierda.

—Te voy a tener que dar clases de maldad, entonces.

—¿Vas a ser mi profe?

Esa última pregunta es la que me devuelve a la realidad, y eso que ni estaba siendo consciente de que me había alejado de ella.

A veces, la línea entre bromear y tontear es tan fina que cuando me quiero dar cuenta, ya ni siquiera la veo.

No voy a negar que me resulte agradable aquel juego con Curro, pero sé que no debo permitirlo demasiado.

Porque le gusto, aunque sea un poco, y no lo debería fomentar si no quiero nada con el.

Y tengo claro que no quiero nada con él.

Así que toca ser buena y cortar el rollo.

—Depende, ¿cómo me vas a pagar?

«Vale, puede que esto no sea cortar el rollo» me reconozco mentalmente.

—No lo sé, ¿qué me pides?

«Elena García, detiene esto ahora mismo. Te estás metiendo en un pantano del que no vas a poder salir».

Ahí está. El silencio, la ilusión en la expresión de Curro, que tiene las mejillas coloradas y está inclinado hacia mí.

Yo me echo hacia atrás de manera instintiva, para crear un poco de distancia.

Estoy incómoda, no sé por qué no lo he parado a esas alturas.

Comparo ese momento con el de ayer, con Marco en la cama, y no son mariposas lo que revolotean en mi estómago esta vez.

Lo único que habita mi estómago ahora mismo es el risotto de la comida, que puede que me haya sentado mal.

—Una caña. Soy una profe barata.

Me encojo de hombros y decido levantarme, dando por finalizada la conversación. También me prometo a mí misma en ese momento no dar más pie a Curro de que se piense cosas raras. Una caña puede ser de amigos, y ahí aún estamos a salvo.

«Deja de hacer tonterías, Elena, antes de que hagas daño a alguien de verdad».