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Me ha propuesto que me quede a dormir, pero yo sé que lo dice con la boca pequeña y porque al final se nos han hecho casi las dos de la mañana.

No obstante, una es mujer de costumbres y prefiere mil veces dormir en su cama que despertarme una hora antes para pasar por mi casa y cambiarme de ropa.

A él no se lo voy a decir así, por supuesto, pero paso.

—No hay que perder las costumbres de huida —Y le guiño un ojo mientras me pongo la camiseta y luego el jersey. Siempre he sido de ponerme antes la parte de arriba al completo y después, los pantalones.

—Lo entiendo. Yo también prefiero dormir en mi cama.

—¿Siempre eres así? —le pregunto de repente, siguiendo un impulso y tanteando el suelo en busca de mis zapatos.

—¿Así, cómo?

Me giro para encontrarme su mirada de curiosidad desde la cama.

—Así de tranquilo. No sé, eres todo paz y calma… menos cuando follas, claro.

Se ríe, y luego se pasa ambas palmas por la cara, descendiendo.

—Podríamos decir entonces que guardo la energía hasta que tengo que usarla.

—Es una buena excusa, desde luego.

—¿No te gusta la gente tranquila?

«¿A dónde está yendo esta conversación?» pienso «Deduzco que a un sitio que no nos gusta a ninguno de los dos». Me pienso un poco la respuesta, aprovechando que estoy ocupada atándome los cordones.

—Tiendo a desesperarlos —digo al final, resuelta—. Porque soy todo energía y eso.

—Entiendo. Eres algo así... como un misil.

—¿Un misil?

Se transparenta en mis palabras la curiosidad que me provoca lo que acaba de soltar.

Él sonríe de medio lado y da unas palmadas a su lado, indicándome que me siente con él.

Yo entiendo que no debe ser muy cómodo intentar entablar una conversación con alguien que básicamente ya está saliendo por la puerta, pero es que son las puñeteras dos de la mañana, me muero de sueño y no voy a dormir una mierda.

Resoplo y arrastro el culo para acercarme más a él, quedando con la espalda apoyada en el cabecero.

Él parece satisfecho por haberlo conseguido, porque sonríe de oreja a oreja.

Tiene los rizos castaños tan despeinados que me pregunto si se lo he hecho yo, enredándolos entre mis dedos.

Por un segundo, ese argumento me parece suficiente como para quedarme allí hasta que amanezca, pero no me dejo llevar demasiado por la locura.

—¿Un misil? —repito la pregunta, con poca paciencia.

No me contesta enseguida, como a mí me gustaría, sino que me observa con atención.

Se le desvanece poco a poco la sonrisa y pasea sus ojos por toda mi cara, de arriba abajo, deteniéndose en mi boca.

Luego vuelve a subir a los ojos y joder, qué color más bonito.

Es un verde que parece renacer con cada parpadeo.

Cojo aire, y me sorprendo al ver que se me queda un poco atascado en el pecho.

Exhalo con dificultad porque me sigue mirando, y sigue siendo muy intenso.

Este silencio debería ser incómodo, pero no lo es, y eso es lo que me está poniendo nerviosa.

—Como un misil —repite por fin, saboreando cada palabra—. Directa, con un objetivo claro y destrozando todo lo que se atreva a ponerse en tu camino.

Sonrío, y me sale del corazón. Nunca me habían definido así.

La verdad es que jamás se escucha a ningún tío definir a una mujer como un arma.

La literatura se esfuerza en colocarnos como el motivo de las guerras, como eso bonito que se quiere conseguir al otro lado pero que permanece inmóvil, maquiavélico, atento.

Siempre lo he odiado con fuerza. Y nunca hubiera pensado que me iba a parecer bonito que me compararan con un misil, pero ahora mismo no querría ser otra cosa.

Un misil, una fuente de destrucción con las cosas claras y a la que nadie va a desviar jamás.

—¿Consideras que te he destrozado? Porque yo diría que aún tienes fuerza para un polvo más…

Me da un codazo amistoso y de repente, la magia se disipa y somos colegas otra vez. Colegas que follan, nada más.

Me voy de esa casa convencida de esto mismo y decidiendo que bueno, voy a tener que distorsionar un poquito la realidad para contarle a Blanca algo que sirva a los propósitos del plan maquiavélico.

No puede saber que ha cocinado para mí ni que me ha propuesto quedarme a dormir.

Saúl nunca lo hace, nunca lo ha hecho. Y recordemos que estoy intentando hacer un Saúl 2.

0 solo que fuera de su cuerpo. En versión italiana.

Me vienen a la mente todas esas veces que ha llorado por él y me juro a mí misma que no puedo permitirme fallar.