Un error a medida 25.
44%

25.

Al final sí que se ha retrasado un poco pero ha prometido compensármelo y yo espero que esa compensación tenga que ver con su lengua. Y no me refiero precisamente al italiano.

A las ocho y media estoy en el portal de su casa pensando que lo que más me putea de esa hora y pico más tarde a la que hemos quedado es que es probable que o tenga que cenar con él o llegue a casa con mucha hambre.

Tanta pizza que propusimos en su momento, pero al final la idea es "ver una peli", así, en general.

Que los dos sabemos que acabará siendo follar y follando pues no suele haber comida… nutritiva, digamos.

Subo las escaleras y cuando llego a su piso, ya me está esperando con la puerta abierta y esa expresión serena que le caracteriza. Al entrar, un olor muy familiar me inunda las fosas nasales.

—¿Has pedido pizza? —pregunto, ilusionada.

Él deja escapar una risita mientras se acerca para darme dos besos.

—Hola a ti también. Y no he pedido pizza, estoy haciendo pizza.

—Ostras, ¿tan italiano eres?

Se me escapa la pregunta y a él otra carcajada, poniéndose la mano en el estómago y apartándose para dejarme entrar.

—No. La verdad es que cocino fatal. Pero te he trastocado la tarde y tenía unas masas de pizza en casa, así que vamos a ver qué sale de aquí.

—¿Masas así, en plural?

Avanzo y entro a la derecha a la cocina, que es bastante pequeña pero que está bastante ordenada.

Me sorprende sobre todo por el nuevo filtro (Patricia) que tengo dentro de mi cabeza y que tiende a evaluar esas cosas, cuando antes no lo hacía.

Es de color blanco con encimera de granito, y en vez de placas eléctricas las tiene de gas.

Siempre me ha dado bastante yuyu el gas en la cocina, pero obviamente no lo menciono.

El horno está encendido y hay dos platos grandes de color blanco encima de las placas apagadas.

—Claro, dos pizzas. Una para ti, y otra para mí.

—Ah, estupendo.

—¿Te parece mal?

Al notar la extrañeza en su voz me doy cuenta de que lo estoy observando todo con mucha curiosidad y que, en realidad, no le he prestado demasiada atención desde que he entrado por la puerta. Me giro, esbozando una sonrisa que intento que sea lo más sincera posible, y pongo los brazos en jarras.

—No, no, me parece estupendo, como he dicho. Es solo que normalmente los tíos tendéis a pensar que nosotras comemos poquito y que con una sola pizza basta para los dos, así que me mola que no seas de esos.

—Cualquier persona que se precie, sea hombre o mujer, se come una puta pizza entera. No tiene sentido eso.

Forma el típico gesto italiano con las puntas de los dedos y eso me hace sonreír más. Él no parece darse cuenta porque no hace ningún comentario, solo se acerca a observar el horno.

—¿Y de qué son las pizzas?

—Una Marinara y una Margarita —su acento al pronunciar los nombres me parece bastante sexy, no lo voy a negar.

—Eres un tío simple, ¿eh?

Mi tono de burla no parece afectarle, y yo me doy cuenta de que sigo llevando encima el abrigo y el bolso. De repente, me siento un poco intrusa en esa casa tan ajena, como si mi energía para cumplir ese reto que me he autoimpuesto se evaporara con el calor del horno.

—Las verdaderas pizzas son la Marinara y la Margarita —sentencia, alzando el brazo para coger la manopla de horno. Luego, alza la mirada y me guiña un ojo—. El resto son engaños para turistas.

Mi corazón se salta un latido con ese guiño, porque está muy guapo y porque está al lado de las pizzas, claro.

Chico guapo y pizzas, la mejor combinación del mundo.

Si me das a elegir, no sé qué me comería antes.

Pero mi estómago ruge en voz alta para cumplir un doble propósito: avergonzarme y decidir por mí.

—Parece que hay hambre… Deja el abrigo en la entrada y voy sirviendo esto, anda.

Esa familiaridad me resulta muy cómoda, así que le hago caso y me deshago de todo en el perchero de la entrada. Mientras tanto, me sobreviene una pregunta que no dudo en lanzar al aire desde allí:

—¿Y cómo es que vives solo en un piso tan grande? En el banco deben pagar muy bien.

—¿Siempre eres así de directa?

Por su tono, deduzco que no le ha molestado la pregunta, aunque como siempre está tan tranquilo es difícil saberlo a ciencia cierta. Le sigo hasta el salón, a donde se dirige con una pizza en cada mano y el cortador en el bolsillo de la camisa vaquera.

No me había fijado hasta ese momento en la puñetera camisa vaquera. Qué horterada. Los pantalones blancos le hacen un poco de contrapunto pero, a pesar de que nunca me ha importado demasiado la ropa de los tíos con los que me acuesto, no le daría puntos por vestimenta, desde luego.

—Creo que deberías saberlo ya —apunto, y me siento a su lado en la mesa.

—El piso es de mis padres —Se encoge de hombros—. Soy un niño mimado.

—Menos mal que tú mismo lo reconoces…

Las pizzas están un poco crudas para mi gusto.

A mí es que me gusta que todo cruja y casi hasta que duela en los dientes, pero sé que soy un poco rara a ese respecto y por mucho que disfrute vacilando a la gente, nunca me metería con la forma de cocinar de nadie.

No cuando yo soy la reina de las bolas de fuego a la sartén.

Lo bueno, y me descubro a mí misma pensándolo después, es que por primera vez comerme una pizza entera de cena no me resulta pesado, porque al final media Marinara y media Margarita son pocos ingredientes y bastante ligeros.

Y lo pienso con alivio porque, sinceramente, hubiera tenido ciertos problemas para  follar con la barriga llena.

No sé como lo hacen las princesitas de novela romántica, pero yo justo después de zampar tengo riesgo elevado de cosas no muy buenas si me da por forzarme al sexo.

Y tampoco me suele apetecer mucho, la verdad.

Considero la opción de que Marco sea más listo de lo que parece y haya tenido esto mismo en cuenta.

La mirada que me lanza cuando me ofrezco a recoger los platos y se niega no hace más que confirmármelo, porque parece que me está dejando claro cuál va a ser el postre.

Ronroneo bajito mientras le observo el magnífico trasero a la vez que se aleja con los platos hacia la cocina.

Y eso que no soy muy de culos, eh. Al menos, en chicos.

A los de las tías sí que les veo su encanto.

No obstante, cuando tengo delante uno así de espectacular no le hago ascos.

Me levanto de un salto de la silla, un poco cansada de esperar. La cena ha sido agradable y rápida, pero yo ahora quiero algo aún más agradable y no tan rápido, que al fin y al cabo es lo que he venido a buscar.

Le sigo a la cocina, donde me lo encuentro pasándole un agua a los platos antes de dejarlos en el fregadero. «Patricia da su aprobación» dice mi voz mental, que no se calla ni debajo del agua.

—¿Te ha gustado la cena, entonces?

—Te has quedado cerquita de que te perdone por hacerme esperar.

Espero que con mi tono quede claro en qué dirección quiero mandar la conversación, pero por si acaso, me acerco mucho a él, hasta apoyarme en la encimera, a su lado. Su mirada la envuelve un brillo pícaro y esboza un atisbo de sonrisa mientras me recorre de arriba abajo. Y espera, con paciencia.

—¿Ah, sí? ¿Y qué más tengo que hacer para que la señorita me perdone tan alta ofensa?

—Follarme.

Mi sinceridad le pilla totalmente por sorpresa, lo que se refleja en su cara por un segundo, el tiempo justo que tarda en sonreír de oreja a oreja.

—Ya veo, siempre directa.

—Si prefieres doy más rodeos…

—No —Me alza la barbilla el dedo índice y el pulgar, para clavar sus ojos en los míos—. Si vamos al mismo sitio, lo mejor es atajar. Me gusta.

Y entonces me besa, y una parte de mí aplaude por dentro a la vez que el calor empieza a invadir todo mi cuerpo. Tengo el estómago lleno y voy a echar un buen polvo con un italiano buenorro, ¿qué más se puede pedir?

Ah, sí, no sentir estas mariposas en el estómago. Pero de eso ya me encargaré luego.