23.
Llego a mi casa demasiado tarde, como siempre.
Demasiado tarde para pasar por el supermercado y poder hacerme un tupper decente para el día siguiente.
Demasiado tarde para evitar coger un sándwich de cualquier cosa en la máquina de la oficina, de esos que saben a chicle pasado.
Demasiado tarde para ver una serie, demasiado tarde para ver nada…
incluso demasiado tarde para ducharme, porque Patricia ha dejado caer que prefiere que me duche por las mañanas porque ella se va temprano a dormir y escucha la ducha desde su cuarto. Que la despierto, dice.
Intento carraspear bajito mientras me quito las enormes botas que he llevado hoy a trabajar y mis pies parecen gritar un aleluya audible.
Me dejo caer de espalda en la cama de matrimonio y miro a mi alrededor a la vez que pienso que espero que la peli esa que voy a ver con Marco sea en su casa de nuevo, porque no me apetece una mierda recoger.
Ya veré cómo le convenzo para que sea así.
Me vibra el móvil en el bolsillo del pantalón, y al estar tan apretado tengo que retorcerme en la cama para mirarlo y encontrarme con un mensaje de Curro:
Igual ya no te hace falta el plan maquiavélico.
Resoplo antes de escribir:
Ah, ¿que crees que no va a volver a quedar con él después de esto? Entonces no has entendido por qué era necesario el plan maquiavélico en un primer lugar.
¿Qué quieres decir?
Dale dos días. Hazme caso.