Un error a medida 22.
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Me llega un mensaje que hace que la mesa del trabajo retumbe con la vibración, y por un segundo pienso que va a ser Marco, aunque no encontrarme su nombre no me sorprende.

Nuestra dinámica no es, desde luego, hablar todos los días.

Y aún menos si hemos quedado en vernos mañana.

¿Qué necesidad hay de dorarme la píldora, si ya vamos a follar?

No puedo decir que no esté de acuerdo con el planteamiento, desde luego.

Para mi sorpresa, son dos mensajes que han llegado al mismo tiempo: uno de Blanca y otro de Curro.

Blanca me pregunta si tengo algo que hacer después del trabajo y el mensaje de Curro está lleno de caritas tristes, pidiendo perdón por la cagada y ofreciéndome una caña en compensación.

Decido tomarme esa coincidencia como un regalo caído del cielo y juntar planes: así, de paso, los presento.

Eso sí, tengo que acordarme de pasarme antes por la mesa de Curro para mirarle con ojos de asesina y asegurarle que, como se le escape algo del famoso "plan maquiavélico" delante de mi amiga, acabaré con todo lo que le importa en su vida.

Como si tengo que localizar y eliminar personalmente a todo el elenco de Star Wars.

No es habitual que Blanca me proponga quedar un lunes por la tarde.

Trabaja de camarera en un bar, pero sus turnos son bastante estables (lo que no es muy normal en la profesión) y los lunes no suele tenerlos libres.

No obstante, tampoco pregunto demasiado porque en cuanto le veo la cara sé que le pasa algo.

No me ha puesto pegas a que se una Curro a nuestra charla porque tampoco es propio de ella. Es de las que piensan que cuantos más mejor, y si me tiene que contar alguna de sus movidas lo hará igualmente, estemos solas o delante de un pabellón entero lleno de gente a la que no conoce.

Cuando la veo, me abraza con un poco más de fuerza que de costumbre, y juro mentalmente matar a cualquiera que se haya atrevido a hacerle necesitar un abrazo.

Le presento a Curro, que se ha colocado a una distancia prudencial tras de mí para dejarnos un segundo de intimidad, y ella se presenta con una sonrisa.

Y la verdad es que, preferencias sexuales aparte, entendería que la vida de Curro no volviera a ser igual después de esa sonrisa.

Mis amigas son las más guapas del mundo, ¿vale? Es así.

Nos sentamos en el bar de al lado de la oficina y justo en el momento en el que nuestros traseros tocan las sillas, Blanca rompe a hablar:

—Me ha dejado tirada, tía.

—¿Eh? ¿Quién?

Me hago la loca, aunque su mirada me dice claramente que no hay quien se trague mi actuación de mierda.

—¿Quién va a ser? Saúl. Me había cogido el día libre hoy porque me dijo que era el único momento en el que podía quedar en toda la semana, y esta mañana me dice que al final se ha liado con el curro.

—¿Conmigo?

El chiste de mierda del chico lo único que recibe son miradas asesinas, así que él levanta ambas manos en señal de disculpa.

—Perdona. Es un tema serio. Me he pasado.

Blanca le saca la lengua y se vuelve a girar hacia mí. A Curro no parece importarle demasiado ser ignorado de esa manera, más bien parece intrigado por toda la situación.

—Tía, pues es un capullo —le suelto, sabiendo que en estos momentos tengo pleno derecho para insultarle.

—Sí, lo es. Porque sabía que me había cogido el día y lo difícil que es conseguir que alguien me cambie el turno —Resopla, y se pasa el dorso de la mano por la frente.

Curro se gira para pedir tres cañas y Blanca ni siquiera se molesta en aclarar que la suya tiene que ser con limón. Está peor de lo que parece.

—¿Y qué le has dicho?

—¿Qué le voy a decir? Que me podía haber avisado antes, o haberse currado una excusa mejor. Me hubiera valido con que me dijera que se estaba cagando por la pata abajo, aunque fuera mentira.

—Igual se pensó que te ofrecerías a ir con un barreño.

Esta vez, el comentario de Curro sí que cuaja y las dos sonreímos.

—Es lo más romántico que te pueden hacer, en realidad —comenta Blanca, haciendo como que reflexiona—. "Para amarte y respetarte, y llevarte un barreño para tus cagaleras, por los siglos de los siglos, amén".

Suelto una carcajada que hace que Blanca se una y Curro sonríe, satisfecho. "Mi trabajo aquí ha terminado" parece decir su expresión y sus ojos entornados. Qué majete es este chico.

—¿Le has mandado a la mierda, entonces? —insisto, aunque sé que estoy jugando al límite.

—Básicamente —Se encoge de hombros—. Pero no sé… me da pena. Osea, cuando estamos juntos es perfecto, os lo prometo.

Ese "os" indica que acaba de incluir a Curro en la conversación, y el chico parece más que feliz. Se echa hacia delante en la mesa como para intentar acercarse más a nosotras.

—Pero no importa solo lo que haga cuando estáis juntos, ¿no? —comenta inocentemente, sin tener ni idea de que estoy a punto de comerle a besos por ello.

Me siento muy agradecida de que sea él quien haga el comentario, relevándome por un momento de mi papel de mala.

Blanca le mira con el ceño fruncido y luego me mira a mí, que le sostengo la mirada para apoyar el comentario.

Al final, deja caer los hombros, como si se hubiera rendido ante la evidencia.

—Sí, supongo que sí. No lo sé. ¿Tú qué tal con Marco?

Me pilla un poco de sorpresa, así que me intento recomponer lo antes posible. Para ganar algo de tiempo, alzo la cerveza y le doy un buen trago, y trato de ignorar la sonrisa que Curro esboza a las espaldas de mi mejor amiga.

—Bien, quedamos mañana. Tengo muchas ganas.

Le sonrío tímidamente, y me pregunto cuánto le estará costando a Curro aguantarse las ganas de descojonarse en mi cara ante el papelón que estoy haciendo. Por su expresión, debe ser mucho.

—Ay, tía, qué guay. Espero que todo vaya bien. Parece un buen tío.

—Bueno… —interviene el chico, como intentando salvar la situación— No sé yo, a mí no me da buena espina.

Blanca se gira para mirarle, y al hacerlo debe darse cuenta de que le está dando la espalda, porque arrastra la silla para abrirse e incluirle más en la conversación.

—¿Y eso?

Hay mucha curiosidad en su voz, aparte de un poco de sospecha.

Yo rezo a muchos dioses en los que no creo porque el idiota de mi amigo no me fastidie el plan justo ahora.

Vale que Saúl ha hecho una señora cagada hoy, pero eso no significa que el malo final haya sido derrotado.

Estamos más bien pisoteando a sus esbirros.

—No sé, es que no habláis mucho, ¿no? Solo quedáis para follar…

«Bueno, no está mal» le concedo mentalmente.

—A ver, va a ser la tercera vez que nos veamos. Y la primera ni cuenta, que íbamos pedísimo —me defiendo, aunque aprovecho un momento en el que Blanca no mira para sonreírle a Curro.

—Eso, por ahora vamos a darle un voto de confianza —me apoya mi amiga, y voltea el cuerpo para poner su mano sobre la mía y apretarla.

Esas amigas que cuando están mal del corazón, se siguen preocupando porque el tuyo sea lo más feliz posible: Esas son las que merecen la pena. Le sonrío de la manera más sincera del mundo y asiento.

—Aunque ahora, Curro, te toca desembuchar a ti —digo para acabar de distraer la conversación. Y un poco en venganza, para qué negarlo— ¿Cómo te va con las chicas?

—O con los chicos —añade Blanca, alzando un dedo con energía.

Curro se pone rojo vermellón, toda su cara con pinta de estar a punto de explotar, lo que nos genera una soberana carcajada a ambas.

—¿Chicas? Eso qué es, ¿se come?

—Sí, y siempre tú primero antes de pedir que te lo hagan a ti. Que hay que ser un caballero.

El comentario de mi mejor amiga solo añade más pisos a la gran vergüenza que está viviendo mi compañero en ese momento y los tres estallamos en unas enormes carcajadas.