21.
El domingo ya salí de casa de Marco con la promesa de repetir.
Esto está genial, porque encaja a la perfección con lo que tiene que pasar: al principio de una relación tóxica, siempre se queda mucho.
Se hacen huecos, os veis mucho más de lo normal.
Es ahí cuando empieza a enraizar el veneno porque…
Bueno, porque como es normal, te ilusionas.
No te cabe en la cabeza que la otra persona no pueda estar sintiendo lo mismo que tú: Que por fin ha conocido a una persona muy, pero que muy especial.
Ha sido un poco complicado cuadrar agendas, pero al final el martes nos venía bien a los dos.
El caso es que el lunes en la oficina es un horror.
La fecha de presentación de propuestas era a las tres y hasta entonces, no hemos parado.
Esta vez pensábamos que llegábamos mejor a la fecha, pero la impresora ha decidido no colaborar y hacernos imprimir la propuesta seis veces. Viva conservar el Amazonas, ¿eh?
Y claro, hay que imprimirlo porque los organismos internacionales son muy ecológicos y todo lo que tú quieras pero las propuestas tienen que salir por mensajero e impresas en papel. Y tres copias. Eso sí, por las dos caras, para ahorrar papel. Tócate los ovarios.
Me paso la mano por la frente. Aunque aún estamos en invierno, la primavera empieza a aletear en Madrid y sumada a la calefacción que aún tienen puesta a todo trapo en la oficina, yo estoy sudando como un pecador en la iglesia. Siempre me ha gustado esa expresión.
Estoy sentada en una de las mesas de la cocina con una de mis "jefas" (así, entre comillas, porque no tiene un puesto de poder pero tiene un puesto, que ya es más de lo que tengo yo como becaria) charlando y protestando todo lo que podemos del trabajo que acabamos de tener que hacer, cuando entra Curro con su taza de Star Wars en la mano.
—¿Star Wars? —me mofo, antes de que pueda siquiera saludarnos— ¿Tan estereotípico eres?
—¿Estereotípico porque me gusta Star Wars?
Alza una ceja y se acerca al fregadero para lavar la taza con parsimonia. No parece afectado en absoluto por mi intento de burla hacia su persona. Lleva una camisa azul oscura, que se arremanga, y unos pantalones negros que evidencian lo poco que le gusta verstirse formal.
—Eso es. Las gafas, Star Wars… añade Pacman y tienes el pack completo.
—El pack...man —susurra mi compañera, con una sonrisa culpable por el chiste de mierda que se acaba de marcar.
—Ser original está sobrevalorado —replica Curro, alzando la cabeza con dignidad—. No todos nos esforzamos tanto en intentar aparentar que nos la suda la moda.
—¡Pam! Vaya zasca.
Las palabras de la chica retumban en mi cabeza y yo no puedo reprimir una sonrisa. Me gusta que me den caña, hasta cierto punto. Me muerdo el labio para no reírme (porque eso le hubiera dado demasiados puntos de victoria) antes de contraatacar:
—No me la suda la moda, es que la moda empieza conmigo, nene.
Lo digo con un tono exageradamente seductor y cuando gira la cabeza para mirarme, le guiño un ojo.
Me sorprende (aunque en el fondo no demasiado) reconocer un cierto rubor en sus mejillas ante ese gesto.
Le pego una buena bofetada a esa vocecilla que se asoma en mi mente para indicarme que a Curro le hago tilín, antes de que pueda empezar a creérmelo.
No quiero arruinar mi única amistad verdadera de la oficina.
—Vaya flipada —acaba susurrando, aunque después de carraspear.
Se seca las manos con el trapo que hay colgando del fregadero y se acerca hacia nosotras. Arrastra la silla de forma sonora para apoltronarse ahí, con los brazos cruzados.
—Mírale, el acoplado —sigo la burla.
—Si estás encantado con mi presencia. ¿Qué tal ha ido la licitación?
—Encantadora —responde mi compañera, con una sonrisa exagerada. Luego pestañea, teatral—. Agradable como una brisa de verano.
—En Madrid a cuarenta y cinco grados, ¿no?
—Exactamente.
—¿Y tu plan maquiavélico cómo va?
Abro mucho los ojos al escuchar las palabras de Curro, y le indico con la mirada que ese no es un tema del que quiera hablar en público. Durante dos segundos, él parece no pillarlo y la chica se llena de curiosidad, como es lógico:
—¿Plan maquiavélico?
—Nada —me apresuro a asegurar—. Que este se piensa que todo lo que hago es con malas intenciones.
Puedo ver en los ojos de Curro el momento exacto en el que se da cuenta de que la ha cagado, porque se le abren exageradamente, lo cual es peor para intentar desviar la atención.
Mi compañera carraspea y, levantándose con una actitud que denota "estoy muy mayor para esto", me da una palmada en el hombro antes de decirme:
—A saber qué os traéis entre manos. Yo me vuelvo a la mesa, que sino se me acumulan las cosas.
—Voy contigo.
Me uno a su iniciativa, más que nada porque no puede ser que la becaria se tome más tiempo libre que la empleada fija, y fulmino con la mirada a Curro antes de desaparecer. El chico esboza un «perdona» con los labios, lleno de culpabilidad.