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Llevo un buen rato hablando con Marco. Después de mi mensaje, se conectó al segundo para responderme y nos estuvimos un rato burlando el uno de la resaca del otro.

Mi expectativa hubiera sido que la conversación muriera después de eso, pero de alguna manera parece que surge de manera natural y casi he llegado a casa cuando me dice:

¿Cómo tienes tu apretada agenda esta semana?

Sonrío para mí, satisfecha con que haya sido él el que haya propuesto vernos. Es una buena señal.

Depende de lo que me propongas.

«A ver si se va a pensar que él es el único que sabe jugar».

El planazo de tu vida.

Por supuesto. No hay tío tóxico en este mundo que no se crea que te está ofreciendo una oportunidad de oro solo con pasar cinco minutos con él. Un clásico.

No creo que seas capaz de llevarme a hacer surf en el Caribe esta semana.

Esa era mi segunda opción.

Sonrío.

¿Ah, sí? ¿Y cuál es la primera?

Algo mucho mejor como por ejemplo, ver una película conmigo.

Me fastidia que sea tan tópico como para proponerme el Netflix and chill , pero tengo que recordarme por enésima vez que es a lo que voy.

Aprovechando que la verdad es que me da un poco igual la conversación, lo dejo en leído y me pongo a recoger el salón, porque me toca limpiarlo y Patricia debe estar al caer.

Al llegar a la cocina con intención de tirar el polvo del recogedor, frunzo un poco el ceño al encontrarme que la bolsa de basura está a reventar.

No le cuesta nada sacarla a la que se va a visitar a su novio, digo yo.

Me estoy convirtiendo en ella poco a poco y a base de acumular rencor.

Todo lo malo se pega, lo dice siempre mi abuela.

Cuando vuelvo a mirar el móvil, la conversación sigue igual que la había dejado.

Vas a tener que añadir al menos una pizza al plan, o no me convences.

Veo tu pizza y subo unas cervezas.

Mmmm… Supongo que si me lo pides así, puedo hacer un esfuerzo.

Recuérdame tu dirección.

Lo que hace una por amor… A sus amigas. Aunque este domingo triste y feo acaba de subir unos cuantos puntos.