19.
Si pensaba que Blanca se iba a olvidar del asunto Marco (como yo misma he hecho durante toda la tarde) estaba muy equivocada.
En cuanto insinué que tendría que irme ya a mi casa (son alrededor de las siete de la tarde y aún tengo que hacerme mi señor tupper para llevarme mañana a la oficina y no sé, barrer un poco aunque sea para que Patricia no se me lance al cuello de manera pasivo-agresiva), me da varios golpecitos en el brazo con urgencia.
—Mira el mensaje del italiano, tía, que yo me quiero enterar.
—Ah, claro —Realmente me había olvidado hasta ese momento.
Saco el móvil del bolsillo y lo desbloqueo con la huella dactilar de mi dedo corazón.
Además del mensaje de Marco, me encuentro uno de un chico con el que estuve enrollada una temporada y varios del grupo de familia, en el que nunca dejan de hablar.
Le enseño el móvil a Blanca alzando las cejas varias veces significativamente.
—¡Ostras, el Juan ese! Pico y pala, eh.
—Ojalá hubiera habido más pico, la verdad.
Me da un codazo y me señala el móvil para que le enseñe lo que realmente le interesa. Pongo los ojos en blanco antes de seleccionar la conversación de Marco.
Ey, damisela. Perdona, que no he podido mirar el móvil, ¿qué tal?
—Joder, macho. Odio cuando pregunto que qué tal y me contestan a las mil horas con otro qué tal. Oye, que te lo he preguntado yo antes —farfullo sin poder evitarlo.
—Bueno… no sé. Seguro que es que se ha despistado.
Blanca parece poco convencida al respecto de sus propias palabras, pero está claro que no quiere desanimarme. Nos quedamos en silencio unos segundos, mirando la pantalla sin tener muy claro qué decir.
—Voy a hacer como que no me doy cuenta —concluyo al final—. Le doy otra oportunidad.
Muy bien, de resaca de domingo, ¿y tú?
—Eso sí, como me responda con otro ¿y tú?, voy a su casa y me lo cargo.
Blanca se ríe:
—Estás buscando excusas para ir a su casa. Ya veo.
Pongo los ojos en blanco y le doy un empujón cariñoso.
—No seas pesada. Solo nos estamos conociendo.
Y entonces, Blanca se queda en silencio, mirándome, y su expresión cambia a una mucho más dulce:
—¿Seguro que estás bien? Ver a tu ex el tóxico no es la definición de un domingo estupendo.
Me paso la lengua por los labios, que se me han secado de repente.
—Estoy bien —Aseguro—. Es como… Es como si escociera, ¿sabes? Pero las heridas, cuando escuecen, es que están curando.
Ella asiente.
—Ojalá te hubiera conocido en esa época. Me gusta pensar que hubiera podido sacarte de ahí antes, o por lo menos apoyarte para que doliera menos. Me jode pensar que te hizo tanto daño. Hay algunos tíos que no merecen nuestro tiempo.
Se me retuerce el corazón, y le doy un abrazo.
—Entiendo perfectamente lo que dices.