18.
Quien opine que Madrid es grande no ha vivido jamás aquí. Puede que en la teoría lo sea, pero en la práctica el universo conspira para que te encuentres con todo el mundo, como si las casualidades te saltaran a la cara con toda la mala leche posible.
El «tierra trágame» del encuentro es inversamente proporcional a la pinta que lleves.
Si un día te sientes como una diosa, te pones tu mejor outfit y te pintas la raya del ojo hasta que te da la vuelta a la cabeza, lo más probable es que no te encuentres con nadie.
Igual, hasta la persona con la que has quedado te deje plantada.
Sin embargo esos días que te has duchado de casualidad, te has colocado un moño marranero y llevas una mancha en la solapa del chándal…
Ahí te encuentras con un desfile de todas las personas que has conocido durante la totalidad de tu vida.
Hasta tu primer crush se teletransporta de Perú para aparecer por Madrid en ese mismo momento.
Por tanto no debería sorprenderme tanto lo que sucede al plantarme mi coleta baja y mi ropa de deporte del día anterior.
Blanca sí que se ha puesto más mona, porque al fin y al cabo venimos de su casa, pero entre el dolor de cabeza y la pereza yo he salido con la cara lavada y con un grano enorme en la barbilla que no me he molestado en tapar.
Y de todo ello me arrepiento en cuanto aparece él.
Nando.
Mi primer novio. Y mi único ex.
Esa persona con la que estuve dos años de mi vida y que sigue afectando en ella actualmente, porque después de lo que pasó con él decidí no volver a abrirme a nadie jamás.
Si eso es lo que planean hacer con mi corazón, se encontrarán con mil muros, un foso y decenas de cocodrilos dispuestos a arrancar genitales de un gran mordisco.
Es Blanca la que lo ve primero, cuando se está acercando a nosotras.
Ella no lo conoce en persona, porque no era mi mejor amiga (ni siquiera la conocía) cuando estaba con él, pero ha visto suficientes fotos y ha escuchado tantas historias de él que, según la expresión de su cara, es evidente que lo reconoce de manera automática.
Y yo me doy cuenta porque palidece y abre ligeramente la boca mientras mira a mi espalda.
Estoy a punto de preguntarle qué maromo ha identificado, con expresión de burla, cuando me giro y nuestros ojos se encuentran. Y mi corazón se para.
Llevaba casi dos años sin verle. Y de esos, no quiero ni pensar en el tiempo que ni siquiera cuenta porque seguía viéndole, aunque fuera su fantasma. Aunque fuera en las sonrisas de otros.
Una ventaja de vivir en una capital debería ser no tener que encontrarte con esa persona que partió tu vida en dos. No tener que sonreírle mientras se acerca, sin haberte mentalizado de verle y con el corazón queriendo escapar de ahí antes de que vuelva a lanzarse a sus brazos.
Si aquel día había empezado conmigo pensando que la resaca era lo peor que iba a pasar, no podía estar más equivocada.
—Elena, ¿qué tal?
Se agacha a darme dos besos y yo sigo paralizada en el sitio, intentando sacudir a mi cerebro para descongelar esa sonrisa que se me clava en la cara de manera hasta dolorosa.
Carraspeo, y consigo moverme después de parpadear varias veces.
—Eh… bien, bien. Qué sorpresa, hacía mucho que no…
La frase muere en mis labios porque me empieza a temblar el inferior.
Me siento ridícula. Débil, vulnerable, patética.
Se me forma un nudo en la boca del estómago que amenaza con controlarlo todo.
Blanca clava en mí su mirada preocupada, aunque sé que debe estar haciendo un esfuerzo enorme para no parecerlo.
Y para no lanzarse a la yugular de Nando, desde luego.
—Muchísimo tiempo sin vernos, sí —Asiente el chico, con una sonrisa gigantesca y brillante.
Joder, esa sonrisa. Siempre me ha fascinado.
Cómo se le ven hasta las muelas de atrás, en toda su amplitud, con todo lo blanca y recta que puede ser una sonrisa.
Nando sonríe y tú sonríes, es una regla universal.
Menos cuando te está dejando por enésima vez, claro. Ahí no hay quien te levante el alma.
—¿Qué… qué tal te va todo? —Carraspeo para intentar camuflar el tembleque de mi voz.
De repente paso de elefante a hormiga y siento que me puede aplastar en cualquier momento.
Como si el tiempo no hubiera pasado, como si volviese a tener veintidós años y el corazón enganchado a todo lo que él era para mí.
Un latido de corazón me devuelve de golpe a la universidad, a ese bar al que íbamos siempre después de clase.
Otro latido aún más fuerte me recuerda los buenos momentos, y uno que casi me rompe, los malos. Las peleas, los gritos. Los llantos.
Trago saliva.
«Joder, Elena. Tú esto lo habías superado» me recrimino.
—Muy bien, me he vuelto a mudar a Madrid por curro y creo que ya me quedo, al menos una buena temporada. ¿Y tú? Tenemos que tomarnos algo para ponernos al día, ¿no?
Uf.
Uf.
Uf.
Qué haces. Qué dices.
Una Elena antigua, que creía muerta pero que solo estaba agazapada y esperando, se ilusiona.
Vuelve a ver la oportunidad de observar esa sonrisa y quedarme maravillada con todo lo que Nando tiene que contar, durante horas.
Días incluso. Hubo una época en la que no hubiera protestado por haberme pasado la vida escuchándole. Me hubiera parecido una buena vida.
La Elena nueva, que más que nueva se siente vieja, antigua como el sol y todas las puñeteras estrellas del universo, se apresura a aplastar a la otra.
—Claro, vamos hablando.
El orgullo que siento al pronunciar esas tres palabras no me lo podrá quitar nadie jamás.
En su rostro se adivina algo… Que no soy capaz de descifrar.
Pero supongo que dos años sin verse son suficientes como para perder lo poco que sabes de alguien que de todas formas nunca se dejó conocer demasiado.
—Genial —dice, volviendo a su sonrisa radiante. Alza la mano para darme un apretón en el hombro que me genera un escalofrío por todo el cuerpo—. Pues hablamos. Te escribo un día de estos. Eh, y encantado de conocerte.
Lo último lo dice mirando a Blanca, aunque ni siquiera le ha dicho su nombre, y ella le dedica un asentimiento desganado, sin mirarle directamente.
Cuando se va, el silencio se apodera de nosotros, y eso que nunca está invitado cuando estamos juntas.
Nos envuelve y se concentra en el nudo que sigo teniendo en la garganta.
—El famoso Nando —sisea Blanca, cruzándose de brazos.
Me doy cuenta en ese momento que he estado agarrada a mi vaso de zumo con muchísima fuerza, porque suelto los dedos y los siento entumecidos.
Cojo aire y entra atropellado. Casi me atraganto. Cojo aire de nuevo, esta vez con calma.
—El famoso Nando —digo a la que suelto la respiración.
—Vaya cabrón.
Su comentario no puede menos que sacarme una risa, que me pilla de sorpresa hasta a mí misma.
—¿Deduces eso de diez segundos de conversación?
—Deduzco eso de lo que me has contado. Diez segundos de conversación solo me han reforzado lo que ya pensaba.
—Ya veo.
—¿Cómo estás?
«¿Cómo estoy?» me pregunto yo, y reflejo mi propia preocupación en los ojos de mi amiga. Cuando eres una persona que se vanagloria de ser muy fuerte, de no depender de nadie ni dejar que atraviesen sus muros, ¿qué sientes cuando de repente, una sola sonrisa lo derrumba todo?
Supongo que todo en lo que creías se tambalea, o al menos así pretendo justificar el mareo que sigo sintiendo.
—Genial, no te rayes —le quito importancia al final—. Ha sido solo la impresión. Como un fantasma del pasado.
—Lo bueno de los fantasmas es que la palman antes de venir a verte.
—¡Pero qué bruta!
La carcajada me limpia un poco el alma, y ella parece sentirse mejor también al escucharla. Se lleva a los labios su taza de café, risueña. En ese momento me vibra el móvil encima de la mesa y la pantalla se ilumina con un "Marco italiano" que nos sobresalta a las dos.
Me clava los ojos.
—No lo mires aún. ¿No tienes la cosa esa para previsualizar los mensajes?
—Tía, no me fastidies que eres de las que pone el móvil en modo avión y todo ese rollo.
—No, joder, que Whatsapp tiene como un chisme que lo pones en la pantalla y puedes ver lo que te han puesto… pero lo del modo avión es una ideaza, eh.
—Estás loca, chavala.
—Tengo mis recursos.
—¿Lo haces con Saúl?
Se tensa y se envara en la silla, aún aferrada a la taza y con el otro brazo rodeándose el torso, como si tuviera frío aunque en esta cafetería la calefacción está por las nubes.
—A veces —acaba reconociendo, con una sonrisa avergonzada—. Es que sé que él es más despegado del móvil que yo y me da palo contestarle al segundo si él ha tardado tres horas siquiera en leerme.
—Las redes sociales, ¿eh? Como que han creado toda una forma nueva de relacionarse y de calentarse la cabeza.
—¿Verdad? Es alucinante.
Lo reflexiono durante un segundo: si mi intención es imitar con Marco la relación que tiene Blanca con Saúl, lo máximo posible para realizar el "amiga date cuenta" del siglo, deduzco que lo que me toca ahora es hacerle caso y dejar pasar las horas antes de leer su mensaje.
Aunque no esté nada de acuerdo y una parte de mí me insista en que lo lea, que si el chico pierde interés porque le hago caso es que lo acabaría perdiendo de una manera u otra.
«Recuerda que es un medio para un fin».
—Pues ya lo veré luego —le sonrío, y ella me corresponde—. Además, aún no he remontado lo suficiente la resaca como para pensar con claridad.
—Claro, tú escúdate en la resaca…
Nos empezamos a lanzar pullas y yo pienso que, al menos, todo esto me está sirviendo para no volver a pensar en el encuentro con Nando. Y si puede conseguir al menos eso, para mí el plan ya es todo un éxito.