17.
La resaca de este sábado en concreto es una de esas leves pero tristes, porque emborracharte con tu mejor amiga sentadas en el sofá sin enteraros de la mierda de peli que habéis elegido en el momento parece buena idea hasta que a la mañana siguiente te arrepientes de no haber movido un poco el culo para bajar aunque sea un pelín el alcohol.
Me he quedado dormida en el gran sofá de Blanca, aunque supongo (no lo recuerdo bien) que se habrá empeñado en trasladarme a alguna cama de las varias disponibles que tiene la casa.
También deduzco que a mí no me dio la gana de moverme, porque cuando quiero dormir no hay absolutamente nada que se pueda hacer para convencerme de lo contrario.
El olor a café es el que me acaba de despertar.
—Le estás poniendo difícil el impresionarme a cualquier persona que quiera conquistar mi corazón —gruño, aunque tengo que carraspear al principio para que me salga algo de voz.
—Es que el corazón es de las amigas, Mele. El chocho ya si eso…
—¡Tía!
Me interrumpo a mí misma con una carcajada ronca que termina en un carraspeo de camionera retirada. Madre mía, el alcohol…
—¿Cómo puedes estar como una rosa, Blanca?
—¿Como una rosa blanca? —bromea ella, acercándose con la taza humeante.
Se sienta en el sillón que está enfrente del sofá para mirarme con una sonrisa mientras me la tiende.
—Idiota —le digo cariñosamente—. Pero en serio, no es justo que a ti no te afecten las resacas.
—Es que también bebí bastante menos que tú, cariño. En cuanto el italiano ese te dejó en visto parece que te entró muchísima sed…
Deja morir la frase en sus labios a la vez que esboza una sonrisa un poco preocupada. Claro, si es que estoy actuando tan bien que es normal que se preocupe. Hasta mi borrachera ha ayudado.
Me pellizco el puente de la nariz, a ver si así remite un poco el dolor de cabeza.
—Qué va, es que ya sabes que el vermut me puede.
—Claro, claro…
Parece tan poco convencida que le dirijo una mirada que pretende ser de desprecio, aunque siempre que lo intento lo único que hago es ponerme bizca.
—¿Quieres que vayamos a comer a algún lado?
Las palabras de mi mejor amiga sacuden todo mi mundo. ¿Cómo que comer?
—¿Comer…? Pero, ¿qué hora es?
—Casi la una de la tarde, colega. Que duermes como una marmota vaga.
—¡¡Tía!! —me levanto de golpe y me mareo, así que tengo que volver a sentarme— Pero, ¿cómo me dejas dormir tanto?
—Se te veía tan en la mierda que no quise despertarte.
—Gracias, encanto —bufo—. Y tú habrás tenido la mañana más productiva de tu vida, imagino.
—Pues he puesto una lavadora, la he tendido, he aspirado media casa…
—¿Has aspirado y no me he enterado? Estás de coña.
—¡Que te digo que estabas en el más allá!
—Madre mía…
—Entonces, ¿te hace comer? Ya no creo que te toque desayuno.
Finjo pensarlo durante un segundo, aunque mi estómago responde por mí con un soberano retumbar que nos deja a las dos mudas.
—Mi cuerpo dice que sí. ¿Me puedo dar una ducha antes?
Ella se levanta, probablemente a hacer otras veinticinco cosas productivas mientras yo aún sigo reviviendo.
—Te lo agradecería, que ya empiezas a oler.
—La confianza da asco.
—¡Y lávate los piños, que te canta el pozo! —chilla mientras desaparece por el pasillo.
Niego con la cabeza, divertida. Amistades así hay que conservarlas como sea. Si tuviera una espinaca entre los dientes, Blanca tardaría una milésima de segundo en decírmelo. Como debe ser.