Un error a medida 16.
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Han pasado tres días, vuelve a ser viernes y aún no he tenido noticias de Marco. Decir que todo ha salido acorde con mi plan sería quedarse corto.

A Blanca y a mí no nos apetece mucho salir esta semana (a veces pasa, aunque pueda parecer increíble) así que hemos quedado en su casa para ver una peli y pimplarnos una botella de vermut.

Aunque al final es probable que la peli la veamos más bien poco, porque cuando nos juntamos no hay quien nos calle.

—Tía, me flipa tu piso, ¿te lo he dicho alguna vez?

—No más de mil quinientas.

Su voz me llega desde la cocina, al otro lado del salón.

Normalmente, esa combinación de estancias (salón-cocina) me resulta desagradable, pero porque en las múltiples ocasiones que he tenido que compartir zulo en Madrid, se hace por aprovechar al máximo y tienes que cocinar con la cara en la sartén y el culo en el sofá.

En la casa de Blanca, sin embargo, es una maravilla porque hay sitio de sobra y una gran isla de cocina separa ambos espacios.

Sus padres vivían en Madrid hasta hace un par de años, cuando se jubilaron y se mudaron a Oporto, en Portugal.

Se compraron una casa allí y esta se la dejaron a ella, que lleva siendo la reina y señora desde entonces.

Claro, no todas tenemos tanta suerte, mis padres son unos señores normales que viven en Galicia y no tienen una segunda residencia que me puedan prestar para yo ahorrarme el escandaloso alquiler de la capital.

Por lo que solo puedo agradecer poder acoplarme de vez en cuando y rezar para que, en algún momento, se le vaya la olla y decida que quiere tenerme como compañera de piso gratis.

Nunca se lo pediría, por supuesto, y creo que ella tiene el mismo miedo que yo a que afecte en nuestra amistad, pero soñar también es gratis, por ahora.

—No sé por qué, pero tengo dos botellas de vermut en la nevera, ¿cuál prefieres?

Avanza varios pasos con una en cada mano, alzándolas, y yo finjo que me lo pienso un segundo:

—La de la derecha.

—Claro, cabrona, ¡la cara!

—¡Y para qué preguntas!

Su sonrisa me hace sonreír a mí también y cuando sirve los vasos, dejando la botella en la encimera, me levanto para acercarme a la isla de la cocina, donde los ha dejado. Cojo el mío y lo choco con el suyo con delicadeza.

—¿Por nosotras?

—Y por todo aquel que sea lo suficientemente listo como para disfrutarnos —Me guiña el ojo.

Es un brindis que hacemos siempre, como el primero de la noche. Desde la segunda vez que nos vimos (cuando nos dio por quedar después de habérnoslo pasado de puta madre juntas de fiesta) y hasta ahora, casi dos años después.

—Me tienes que contar qué tal con el italiano —me recuerda, como si no llevara dándome la turra con eso tres días.

Contarle mi follacita ha sido la excusa perfecta para quedar con ella hoy. La intriga nos puede a ambas siempre a un nivel casi animal.

Conformo mi mejor sonrisa angelical y alzo un hombro para esconder ligeramente la cabeza tras él.

—Me da vergüenza.

—¡Tía! —se carcajea— ¡Desde cuándo tienes algún tipo de vergüenza!

—Ay, no sé —le quito importancia con un ademán de la mano—. Es que fue muy bien. Tomamos un par de cafés, me invitó a subir a su casa, follamos…

—¡Ole! ¿Y qué tal?

—Muy guay —Alzo una ceja—. Y con muchas perspectivas a ser aún más guay, que es lo mejor. Mi chichi es más feliz ahora.

—Joder, qué fantasía. ¿Y has seguido hablando con él?

—Bueno… —Un silencio un poco dramático, y me paso la lengua por los labios— Llevamos desde entonces sin hablar, pero supongo que claro, al ser entre semana habrá estado liado.

Ahí está. Ahí, justo. Esa sombra en la cara de Blanca.

Tengo que contenerme muchísimo (no sabes cuánto) para no reaccionar a ella lo más mínimo, porque si fuera por mí me pondría a corear a gritos mi victoria como si acabara de marcar el primer gol.

Sé lo que está pensando: ya empezamos . El tío ya ha follado y por tanto, ha perdido interés.

Y yo misma excusándole tiene que ser su mayor preocupación.

En otras ocasiones, me he tirado a alguno y luego no hemos vuelto a hablar y me ha dado igual.

Desde Nando, todo ha pasado a importarme más bien poco.

Decidí no volver a sufrir por ningún tío y eso he hecho.

Eso sigo haciendo, aunque de forma oficial, bueno…

de forma oficial Blanca se está preocupando, con eso lo digo todo.

—Seguro que te habla este finde —Me anima al final, forzando una sonrisa.

—Claro. Yo creo que hemos tenido conexión —Me encojo de hombros—. Oye, ¿y tú qué tal con Saúl?

Alza la mirada, que tenía fijada en el vaso de vermut ya casi vacío, como si le acabara de preguntar por el precio de exportación de las aceitunas.

Últimamente es como si se sorprendiera de que le pregunte por él, como si no fuera normal interesarme por el capullo que no para de marear a mi mejor amiga.

—¿Con Saúl? Ah, bueno, ya sabes… un poco sin más. Esta semana hemos hablado poco, pero está muy ocupado. Me ha dicho que en cuanto acabe el proyecto que tiene en el curro me avisa y quedamos. Que tiene muchas ganas de verme.

La forma en la que se iluminan sus ojos al decir la última frase me hace saber que en mi rostro se puede apreciar exactamente la misma expresión que ha adornado antes las facciones de Blanca.

Ese « Ya, claro. No hay quien se lo crea » que a veces tenemos tatuadas en la frente.

Pero como hice yo, ella tampoco dice nada al reconocerla.

Igual es por esa cara por la que no me cuenta las cosas. Puede ser.

—Vale, ¿pero tú estás bien?

—Yo estoy perfectamente —Se encoge de hombros—. Cada vez me rayo menos. Si él es así, pues es así.

«No te lo crees ni tú, ni ese temblor en el labio inferior que te delata» pero no digo nada. No es el momento y no quiero que le duela.

—Eso es lo importante. ¿Has escogido peli?

—Hay una tercera parte de esa saga horrible de Netflix que he pensado que podíamos destripar.

—Justo lo que necesitaba hoy.

El sofá de la casa de Blanca también es magnífico.

Es «calidad de padres», como siempre le digo.

Esos muebles que solo puedes disfrutar en tus sueños o en casa de papi y mami.

Tiene forma de ele y es lo más cómodo en lo que he posado el culo en la vida.

Y eso que la cara de Teo, mi crush del instituto, no era como para quejarse.

Ella se tumba cuan larga es; yo hacia el otro lado, entrelazando ambas las piernas en el medio, y pone la película esa de la cual se me olvida el nombre casi al instante.

El vermut sube y con él, mis buenas ideas. Nótese la ironía.

—Le voy a escribir.

—Tía, no.

La mirada que me dedica Blanca, un poco borrosa por el vermut, dice aún más que sus palabras.

—¿Por qué no?  Él me escribió la última vez y soy una mujer empoderada y todo eso, ¿no?

—Eres una mujer empoderada —dice, con tono pacificador—. Y también tienes la experiencia de que los tíos a veces… funcionan así.

—¿Así cómo?

Suspira, y se acomoda en el sofá. Coge el mando para pausar la peli que, de todas formas, no estábamos viendo.

—Así de que se agobian muy fácilmente.

—Joder, pues si se agobia porque le escriba tres días después de haber quedado, vaya pedazo de mierda. Prefiero que se agobie ahora y no después, porque…

Me callo. En el momento exacto, porque soy una actriz de método.

—¿Después? —se le escapa una sonrisita— ¿Qué pasa después?

Hay que tener en cuenta que Blanca solo me conoce como la bruja, la chica de hielo.

Esa que no se pilla por absolutamente nadie y que tiene que, de hecho, hacer un esfuerzo consciente para no ser una cabrona con los tíos.

Puede que sea gran parte de lo que me reconforta en nuestra amistad: me gusta mucho ser esa persona.

Y si pudiera, le diría que la quiero tanto que estoy arriesgando hasta perder esa parte de mí que a veces solo existe con ella.

Me remuevo en el sofá, incómoda, y le doy una ligera patada en la espinilla, lo que provoca su risa.

—Después, pues yo qué sé. Nadie lo sabe.

—Elena se está pillando, qué fuerte.

—No me estoy pillando. Solo le voy a escribir.

—¿Un viernes a las once de la noche? Estará con sus colegas.

Chasqueo la lengua mientras me encojo de hombros.

—Pues que esté con sus colegas. Ya me contestará cuando pueda.

El gruñido de desaprobación de Blanca no me amedrenta.

No soy una chica paciente y además, su preocupación es tan válida que efectivamente hay una alta probabilidad de que el chico pase de mí ahora que ya ha conseguido lo que quiere.

En otra época me daría más bien igual, pero ahora no puedo soltarlo.

Aún no. No cuando no he conseguido lo que me propuse con él.

Así que alargo el brazo para cambiar el vaso de vermut por el móvil que reposaba sobre la mesita de centro y tecleo:

Ey, caballero. ¿Qué tal?

Lo envío sin darme tiempo a pensarlo demasiado.

La clave para ser guay, según mi prima Noelia, es no pensar.

Dice que los pensamientos te convierten en un muermo, porque te hacen parecer insegura y los demás te perciben también así.

Yo siempre la he considerado como la tía más guay del mundo así que hay que darle cierta credibilidad.

Aunque me empezó a parecer guay cuando decir "guay" estaba de moda y los pantalones de tiro bajo, también. Igual debería tener eso en cuenta.

El caso es que lo envío y suelto el móvil como si me diera igual, pero Blanca emite un chillidito que me hace gracia.

A la hora y media, mi amiga me convence para que lo revise y yo accedo, aunque intentando quitarle importancia. A esas alturas, el vermut ya ha conseguido que me importe un poquito, pero es algo que no me reconoceré ni a mí misma, por supuesto. Aunque sea por ego.

Me quedo un poco pálida cuando entro en la aplicación de WhatsApp, y trago saliva sin poder evitarlo.

—¿Te ha contestado? —pregunta ansiosamente Blanca, por encima de mi hombro.

No me hace falta decirle nada, porque ella misma lo ve con sus propios ojos. Esos ticks azules que confirman que me ha leído, pero que no se ha molestado en responder.

Trago saliva de nuevo.

«Ostia, Marco, lo estás haciendo de puta madre».