15.
El sexo es… decente.
Nada del mejor polvo del mundo (ninguna de las primeras veces suele serlo, al menos para nosotras), pero tampoco algo desastroso del que querer salir huyendo.
Subir a su casa fue la parte más incómoda, quizás.
Después de otro café y de charlar de nada en particular, me ofreció ir y yo le dije que me apetecía.
Aprecio bastante la seguridad y el no hacer como que vas a ver alguna peli o a "tomar la última" como si los dos no fuéramos plenamente conscientes de que vamos allí a follar, lo que sumó los últimos puntos a ese recuento imaginario.
Nos besamos nada más entrar, como dicta la norma.
Lo inició él, con suavidad, y yo dejé caer el bolso al suelo para levantar los brazos y cruzarlos a su cuello.
Besa bien, no me puedo quejar. Me encendió al momento y cuando bajó las manos por mi espalda para agarrarme el culo, terminó de prender la llama.
Si Marco es un chico que desprende calma hablando contigo, en la cama es todo lo contrario. Es como si estuviera ahorrando toda esa energía para volcarla en ti, y esa metáfora mental me puso muchísimo. Tengo que reconocer que hizo que yo también fuera mucho más fogosa que de costumbre.
En cuanto los besos se hicieron insuficientes, le agarré para comprobar que el tamaño seguía como en el recuerdo de la mañana del sábado, porque había una posibilidad de que me lo hubiera inventado por falta de sueño.
Pero no, tremenda herramienta se gasta el italiano.
El gruñido con el que recibió mi mano me humedeció al instante, y a él también le flipó encontrarse con esa humedad al tocarme.
Tuve que redirigirle un par de veces, pero acató sin problemas (los hay que protestan) y cuando se puso el condón y entró dentro de mí…
me hizo un poco de daño al principio. Se dio cuenta al instante y me preguntó si estaba bien, a lo que respondí que sí y el dolor se fue a los pocos segundos, cuando mi cuerpo le hizo el hueco suficiente.
Se corrió pronto, pero me sorprendió ayudándome a mí a acabar con la lengua. Ahí también le tuve que dar algunas instrucciones (no todos los chochos son iguales, corazón) y al final, le pedí que me besara mientras me tocaba hasta el orgasmo.
Ahora, tumbados sobre la cama y envueltos en una pequeña capa de sudor, viene el momento incómodo.
Esos momentos me hacen pensar en las relaciones abiertas.
Que dirás tú "a esta pava se le ha ido la olla allá con el orgasmo" pero lo quiero explicar bien.
A cuánta gente (y me incluyo, ojo) nos cuesta tanto aceptar que nuestra pareja (cuando la tenemos) tenga sexo con otra persona, como si fuera lo más íntimo y privado del mundo, pero no aparece en nuestra mente siquiera otra situación como la que estoy viviendo yo ahora.
Es mucho más íntimo ese momento de después, los dos vulnerables, teniendo que rendirnos cuentas emocionales el uno al otro de alguna manera, que el acto sexual en sí.
No obstante, lo único que nos preocupa es el metesaca .
Como siempre. Qué complicado es deconstruirse y esas cosas.
Estoy incómoda y me pongo un poco colorada.
Siento el impulso de taparme con la manta, ya que estoy completamente desnuda, pero sé que es una tremenda tontería después de lo que acabamos de hacer y que además, sería un gesto ridículo.
Y lo sé porque lo he hecho otras veces y soy consciente de cómo queda.
—Bueno, mucho mejor que el otro día —confieso, esbozando una sonrisa algo tensa con los labios fruncidos.
—No se puede comparar ambas situaciones. Ahora estoy en plena forma.
Vuelve esa tranquilidad, como si ese chico que me mordía el cuello mientras me penetraba desde atrás no hubiera existido nunca. Eso, de alguna manera, me hace gracia y consigue destensarme un poquito.
—Muy metódico, señor banquero.
—Banquero no es una profesión real.
—¿Te has dejado el sentido del humor en la puerta?
Esa broma no parece hacerle mucha gracia, porque se queda mirándome sin decir ni una palabra y eso me escuece un poco. Hasta ahora las interacciones con este chico han sido bastante sencillas, si ahora se vuelve un poco exquisito me va a costar más relacionarme con él más allá de follar.
«Se veía venir» me digo mientras chasqueo la lengua y me incorporo:
—Bueno, y con esto y un bizcocho…
—¿Me vas a hacer un bizcocho? —Su tono es desenfadado.
—Ah, no. No te flipes. No soy de esas que hacen un bizcocho ya en la primera cita.
Se incorpora, agarrando una de las almohadas de su cama y poniéndosela tras la espalda y se cruza de brazos, mirándome fijamente. Yo le imito y trato de colocarme de tal manera que mi cuerpo haga los menos pliegues posibles, lo cual es bastante difícil a pesar de llevar años de práctica.
—Mírala, no es de bizcocho fácil.
—Ya ves, me hago la dura.
—Aunque técnicamente esta es la segunda cita —puntualiza, señalando hacia delante con el dedo.
—Es verdad, lo del viernes fue súper romántico porque no vomitamos ni nada. Debería contar. Pero tampoco soy de bizcochos en la segunda cita.
—¿Y cuántas citas me hacen falta?
—Al menos, cinco. Y eso si me pillas con la guardia baja —Sonrío.
Hace como si meditara y yo aprovecho para arrastrar el culo hacia el borde de la cama y empezar a recabar mi ropa, que ha terminado desperdigada por toda la habitación.
—¿Ya te vas?
Su tono de voz es tan despreocupado como siempre, con lo que no puedo descifrar si eso le molesta o le alivia.
—Sí, que mañana curro y tendré que cenar algo.
«Al final tendría que haberme traído el tupper».
—Tú eres muy de huir, ¿eh?
Su afirmación me pilla de sorpresa, porque es evidente que no espera ninguna respuesta, pero me recompongo en un momento. Giro la cara para encontrarme con su sonrisa socarrona, esos hoyuelos que parecen aparecer cuando algo le hace la máxima gracia, y le saco la lengua.
—Huir es de cobardes. Retirarse es de gente lista.
No me contesta, así que me levanto y me subo las bragas por las piernas, tratando de mantener la dignidad.
Cuando me voy a mi casa, mi estómago está profundamente enfadado porque se la hayan vuelto a liar y "quedar a tomar algo" no haya sido nada con un mínimo de consistencia o que se pueda considerar cena.